Francisco Peña
Rascacielos entre brumas, calles heladas, nieve en banquetas: Nueva York en invierno durante otro tiempo pero en el mismo espacio. Es apenas 8 de febrero y el Mayo francés, el fin de la primavera de Praga, la invasión de Checoslovaquia y Tlatelolco están aún en el futuro de ese 1968. Los espectadores esperan a las afueras del cine sin saber que ya son parte de la historia por asistir al estreno de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner).

Es el comienzo de una franquicia de películas, series de televisión y parodias hilarantes que ahora son de culto. En el principio de los tiempos (dirían las escrituras sagradas de los simios), la película es una metáfora crítica del racismo estadounidense encarnada en una buena película de ciencia ficción basada en la novela homónima del escritor francés Pierre Boulle. Para 1973, cinco años después, “el planeta de los simios” se vuelve sólo un espejo apenas velado de las peores pesadillas de los fundamentalistas blancos: la revolución simia, su toma del poder y la esclavitud de los humanos esconde la posibilidad de que los negros (como hoy los latinos) controlen la sociedad y acaben, de una vez por todas, con los valores WASP (blancos, anglosajones y protestantes). Un giro temático de 180 grados del liberalismo inicial al conservadurismo más rancio.

Pero todo está en el futuro de 1968. En pantalla se ve a Charlton Heston, entonces ajonjolí de todos los moles fílmicos, que después de ser profeta (Moisés), esclavo redimido (Ben Hur), el Cid Campeador, Juan el Bautista y el mismísimo Miguel Angel, ahora se convierte en el humilde astronauta George Taylor. El planteamiento, muy conocido, es una inversión total de roles: los simios hablan y son civilizados, los humanos son mudos y esclavos. Taylor sorprende a la “ciencia/religión” de nuestros primos primates al hablar y razonar. El final es una buena “vuelta de tuerca”, ya clásica en el género de la ciencia ficción cinematográfica.

Taylor: “¡Quítame tus apestosas garras de encima, maldito simio asqueroso!
Taylor: “Oh Dios mío. He vuelto. Estoy en casa. Todo el tiempo era… Finalmente lo hicimos. ¡Maniáticos! ¡La volaron! ¡Malditos! ¡Dios los maldiga en el infierno!

Simio: No entiendo a estos psicólogos. ¿Qué quiere probar la Dra. Zira?
Zaius: Que el hombre puede ser domesticado.
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Taylor: ¿Un planeta dónde los simios evolucionaron de los hombres? Tiene que haber una respuesta.
Zaius: No la busque, Taylor. Puede que no le guste lo que encuentre.
No es poca cosecha para cualquier película el llegar a esta edad rodeada de fans (entre ellos Matt Groening), homenajes de Tim Burton y rostros en la vida real que copian su maquillaje (¡la cara actual de Michael Jackson como homenaje a la chimpancé Dra. Zira!). No son pocos logros para una cinta de 1968 porque, ¿quién se acuerda hoy de El tesoro de Moctezuma o Atacan las brujas, del mismo año y protagonizadas por El Santo? Quizás algún filmópata enclaustrado que repite los diálogos “santescos” como mantra para olvidar lo que le dijo su chava acompañante a la salida de El planeta de los simios hace 40 años; algo así como (palabras más, palabras menos):
Taylor: Doctora, me gustaría darle un beso de despedida.
Dra. Zira: Está bien pero, ¡es que eres tan feo!
