El sermoneo clasista
La zona (México-España, 2007), ópera prima de Rodrigo Plá (justo antes de que su Desierto adentro 08 arrasara con los premios del Festival de Guadalajara), nunca emociona ni apasiona pero qué bien sermonea.

Los habitantes de una exclusiva zona privilegiada de la ciudad de México se encuentran en vilo porque un hamponcillo (Alán Chávez) ha sobrevivido el aparatoso tiroteo por mano propia y se encuentra prófugo. Así, iniciará la búsqueda brutal y las operaciones para encubrir hacia la policía (representada por Mario "Ojete" Zaragoza y Enrique "Que hueva me da esta bodrio" Arreola) los crímenes cometidos para conservar los privilegios.
Los olvidados 2.0 o el sermón continúa intacto. Mientras que en la churrealista cinta de Buñuel los pobres jodidos no tenían remedio, ni salvación, ni futuro, pues nacían marcados para la ojetez, la traición y la vileza, a lo que se agregaba de pilón una vocación moralizante (porque "¿qué hubiera pasado pasado si Buñuel le hubiera dado la cámara al Jaibo, a Pedro y al Ojitos para que se filmaran a sí mismos?" Jorge Ayala Blanco en La herética del cine mexicano), en La zona el maniqueísmo alcanza niveles patológicos: sólo existen jodidos-víctimas (aunque sean propiciatorias) y privilegiados-verdugos. Qué asco. "La idea de un guionista escribiendo lastimeramente sobre los pobres en una laptop, en un café de la Colonia Condesa con Wi-Fi, me parece o demagogia o un mea culpa de clase" dice Juan Carlos Romero en El perro café, agregando que podría equivocarse. Pero acá nos inclinamos a estar de acuerdo con él.
Las relaciones entre clases se han tornado insalvables, irreconciliables, plasmadas de manera tan burda que ni el Sariñana en Amar te duele (2002). A diferencia de una película de avanzada como Parque Vía (Rivera, 08) que brillantemente y de manera casi milagrosa retrataba con inmejorable tino lo complejo y multifacético de las relaciones de clase, aquí sólo hay una galería de monigotes: o nacidos para joder o para ser jodidos. Y adolescentes huecos como salidos de cualquier Elite Way School de la TVserie Rebelde.
Tiene razón Leo Galicia al afirmar que se trata de "una película efectista sin ser efectiva". Mucho ayuda para que esto pueda lograrse: la inepta cámara amorperruna que sólo sublima la confusión de las acciones, confusión causada por los saltos ultraelípticos que cancelan toda posibilidad de suspenso auténtico; ánimo moralizante; situaciones de plano estúpidas (en lugar de reducir los cadáveres a cenizas ¡¡¡los ponen en el camión de la basura!!!); diálogos acedos ("¡¿Cuánto cree que vale la vida de mi hijo?!"); CGI de pena ajena (¡esa caída del anuncio espectacular que desafía las leyes de la física!) con mariposa cursilona.
No resulta extraño entonces el espíritu autosaboteador de Plá: la única relación verdaderamente entrañable, que es la de la complicidad e identificación entre el adolescente riquillo Alejandro (Daniel Tovar magnánimo) y el hampocillo prófugo, es enviada al carajo por el linchamiento. Un brutalidad oportunista marca Tláhuac en otro estrato social pero que confirma el discurso hipócrita de la película: el que nace podrido, así se queda.
Una inflada subfábula mameluca (dice un comentario de la IMDb que es ¡Hitchcock con una conciencia!), un sermón cansino y retrógrada, un esperpento dizque simbólico y denunciatorio: ¿Esta cosa es el cine del futuro? Que nos cojan confesados.