Francisco Peña
“Ya no puedo trabajar más como actor en el nivel que me gustaría”, dijo el actor Paul Newman el pasado 25 de mayo. Se encontraba en una entrevista frente a las cámaras de la cadena estadounidense ABC, en el programa Good morning America. Aunque ya se esperaba su decisión de retirarse definitivamente del cine, no por eso dejó de ser un momento triste y nostálgico para los cinefilos, en especial para las generaciones de mujeres que lo admiraron en los 60 y 70.
Sus ojos azules, claros y expresivos, se plasmaron por última vez en Camino a la perdición (Road to Perdition – 2002) en un duelo de actuación con Tom Hanks, ambos dirigidos por Sam Mendes: protagonizó al gangster John Rooney con un señorío que llenaba la pantalla. Todavía su voz dio un paso más que su rostro en el mundo del cine: en 2006 participó en la cinta de dibujos animados Cars, de John Lasseter, dando su voz y personalidad al viejo auto Doc Hudson, mentor del personaje Lightning McQueen. Hizo este papel porque es un apasionado de las carreras de autos en donde participó como piloto. Pero el actor, hoy con 82 años de edad y que nació en Shaker Heights cerca de Cleveland Ohio, el 26 de enero de 1925, será recordado por muchos otros personajes a los que dio vida.


“Siempre fui un actor de carácter pero tenía la cara de Caperucita Roja”, dijo alguna vez Paul Newman burlándose del comienzo de su carrera, que fue meteórico. La autoparodia contenía algo de verdad. Newman encarnaba una combinación ganadora: cuerpo atlético, perfil clásico atractivo, ojos azules expresivos. Le sumó una selección muy inteligente de papeles y un sentido del humor cautivador. En los 60 y 70 fue una estrella preferida por críticos, público y taquilla. Sus características físicas, que lo destacaban, a veces provocaron que no se le tomara en serio como actor pero siempre peleó contra los estereotipos.
Fue nominado nueve veces al Oscar, pero su postura política de militante demócrata de ala liberal fue un impedimento invisible para que lo ganara. Hasta 1986 y 1987 fue reconocido con el Oscar. El primero honorífico, el segundo al Mejor Actor por El color del dinero, de Martin Scorsese, secuela de otra de sus famosas cintas, The Hustler (Robert Rossen, 1961), por la cual también fue nominado sin ganar. “Fue como perseguir a una bella mujer como por 80 años. Finalmente, cuando se te rinde, le dices: lo siento mucho, pero estoy muy cansado…”, comentó entre risas luego de ganarlo.

The Hustler (1961)
Dos de sus películas más populares las hizo en mancuerna con Robert Redford. La primera es la clásica Butch Cassidy y Sundance Kid (George Roy Hill, 1969, con secuencias filmadas en México), donde compartieron créditos con Katharine Ross (famosa por El Graduado y que después sería protagonista de la original cinta de culto The Stepford Wives). Se recuerda la escena donde Newman y Ross montaban una bicicleta al ritmo de la canción de Burt Bacharach “Raindrops keep falling on my head”. Fue tal el éxito que la pareja de actores se reunió con el mismo director en 1973 en El golpe (The Sting, Roy Hill), acompañados de la música ragtime de Scott Joplin, que se volvió famosa en la época. Cuando Newman coqueteaba con un retiro previo, se abstuvo porque deseaba hacer una nueva cinta con Redford: el proyecto no llegó a tomar forma.

“Me gustaría ser recordado como alguien que luchó, que trató de ser parte de su tiempo, que trató de ayudar a la gente a comunicarse, que trató de tener decencia en su vida, que trató de crecer como ser humano. Alguien que no fue complaciente, que no cedió”, aseveró en alguna ocasión Newman. Precisamente así como lo recuerdan –y recordarán- los cinéfilos por sus actuaciones más logradas. Entre ellas está la de la mencionada The Hustler, donde es el clásico joven solitario (Eddie Felson) que se enfrenta a sus propios demonios y al campeón de billar Minnesota Falls, actuado por el extraordinario cómico Jackie Gleason en una de sus apariciones dramáticas. También destacó como el alcohólico Brick Pollitt frente a la hermosa Elizabeth Taylor en Un gato en el tejado caliente (Richard Brooks, 1958), basada en la obra de Tennessee Williams. De Williams también llevó al cine Dulce pájaro de juventud (1962) de la mano del mismo director Richard Brooks. Aquí unió sus dos pasiones actorales: teatro y cine.
La vena anarquista de su personalidad tuvo rienda suelta con un director con la misma mentalidad: John Huston. En La vida y tiempos del juez Roy Bean (1972), Newman encarna al juez tejano que fue “la ley y el orden” arbitrarios en varios condados. Newman y Huston cantan una elegía al Viejo Oeste que desaparece con la modernización mecanizada de Texas a finales del siglo XIX y principios del XX. Es inovidable la escena cuando Roy Bean conoce en persona a su mítica actriz favorita Lily Langtry: es un encontronazo actoral entre Paul Newman y Ava Gardner, cuya belleza felina merecía su lema de “el animal más hermoso del mundo”.
Como ser humano, Newman mantuvo su vida privada al margen de escándalos, tragedias y excentricidades del tipo de las que asolaron a su contemporáneo Montgomery Clift o a las actuales Britney Spears y Lyndsay Lohan. Su matrimonio con Joanne Woodward es un arquetipo de fidelidad ya mítico en Hollywood; pronto celebrarán 50 años de unión en 2008. “¿Por qué buscar hamburguesas en la calle cuando en casa tienes un filete?”, llegó a decir Newman en plan sarcástico a un periodista que lo cuestionó sobre su matrimonio. Lo mismo puede decirse de su obra fílmica frente a algunos autonombrados “estrellas del cine” actuales. Todos estos años ver a Paul Newman fue un placer de primera clase. Ahora que se retiró en definitiva se pierde algo del corazón del cine y, sí, ¡lo extrañaremos!