lunes, 29 de diciembre de 2008

Tropa de élite, ópera prima de José Padilha

Paxton Hernández





Junto con la argentina, la cinematografía brasileña es una de las más saludables del continente. Lo mismo produce comedias románticas comercialotas, fastuosas súper producciones de época, hiperviolentas cintas de acción o rarezas de cine ultraindependiente. Sobre todo, a diferencia de México donde el productor de cine mexicano es apaleado sin piedad tanto por exhibidor como por distribuidor, el cine no sólo se piensa en términos artísticos sino como un negocio redondo, por completo exportable a otras latitudes.

El caso de Tropa de élite (Brasil, EUA), bombástica ópera prima del documentalista José Padilha, no resulta excepcional y se une a la larga lista de trancazos de la taquilla nacional brasileña, exitosamente vendidos a la mayoría de los territorios del mundo a través de una transnacional gringa, en este caso la Universal. Quizás la diferencia ahora radique en una serie de controversias suscitadas desde la concepción misma de la película, que sufrió intentos de bloqueo de producción por las organizaciones policiacas que retrata, nada contentas por supuesto por la imagen de su brutalidad. La cereza en el pastel fue el Oso de Oro conseguido en Berlín 2008, con críticos desgañitándose porque el jurado “progre” comandado por Costa Gravas había decidido premiar una cinta que según ellos era un apología descarada al fascismo.

Para empezar, Tropa de élite elabora el retrato de la brutalidad de la policía sin ningún recato ni pudor. No necesita de la cursilería ultrañoña del viejecito manco de El violín (Vargas Quevedo, 06) para dar a entender lo cruel y despiadado de la policía militarizada, y sobre todo, del grupo de élite, en donde aunque es cierto que no tiene cabida la corrupción tampoco la tiene la compasión ni el decoro ni ningún asomo de humanidad. Se tratan de auténticas máquinas de matar, eufóricas, excitadas, a imagen y semejanza de la película misma.

Se ha dicho que Tropa de élite intenta ser cine de corte sociológico. Más bien se trata de un estudio de personajes, cine psicológico en el más puro sentido de término; un relato de crecimiento invertido, un enfrentamiento de mentalidades (el pragmatismo y el idealismo) en donde el Capitán Nascimiento (Wagner Moura absolutamente sensacional) y el recién egresado a las fuerzas policíacas Matías (André Ramiro) emprenden la carrera hacia la pérdida del último vestigio de su humanidad; quizás sólo sea el instinto de conservación que late en el endurecido Capitán, por el inminente nacimiento de su primer bebé, lo que le hace desear encontrar tan rápido como sea posible un sucesor que le permita salir del BOPE. Esa pulsión de paternidad provee la única dimensión emotiva y sentimental del filme.

Ante los estándares del cine de acción actual, el filme de Padhila es sumamente contenido. La cámara contempla en lugar de acosar a lo bestia a golpes de zoom y barridos; la edición es frenética aunque nunca desciende a los niveles de hiperfragmentación de un videojuego con actores de carne y hueso como Bourne: El últimatum (Greengrass, 07); la fotografía tiene una límpida textura documental.

Lo insólito es que todavía haya gente que se ofenda porque una película se “regodea en la salvajada por la salvajada” cuando el siglo pasado y lo que va de este han exhibido la cara más cruel y sádica del hombre. Y es que después de todo, ¿qué se puede esperar de una película con narcos hiperviolentos y policías ultrasádicos? Ciertamente nada de nobleza ni de buenos sentimientos, porque la intención aquí nunca es elaborar un discurso edificante ni redentorista.

Una devastadora épica urbana-descenso a los infiernos donde siempre es noche a pesar de que brille el sol, un impactante filme neo-noir/action film sin asidero moral concebible, una nihilista fábula sobre la degradación humana llevada hasta sus últimas consecuencias, una acezante búsqueda de los valores negativos y su resultante estado de gracia patas para arriba. La mayor virtud de Tropa de élite será dispersar esa alevosa ambigüedad aplastante “que cuestiona a todo y a todos” (Ernesto Diezmartinez), ahí donde “el narco mata pero protege a una ONG que ayuda; los policías son corruptos pero al mismo tiempo mantienen la tranquilidad; los de élite combaten a los corruptos pero lo hacen con las peores técnicas de abuso y tortura” (Alfredo Mora). Y el remate formidable, de escopetazo seco e inhumano al espectador agotado, en que todo se eleva a dimensión metafísica, conflicto shakespeareano y poesía dura, en el mismo instante: “Necesitaba ver el corazón de Matías para saber si había encontrado mi reemplazo y poder regresar con mi familia”.


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