23 de dic. de 2008

Violín rojo, El / The Red Violin, de Francois Girard

El violín rojo: un gato por liebre

Por Francisco Peña

El violín rojo, película del director François Girard, es el clásico film que quiere dar al cinéfilo gato por liebre.





En apariencia El violín rojo tiene todos los elementos para pretender ser una buena película. Un tema en apariencia interesante, una narración de cinco épocas históricas enlazadas por un objeto cultural de prestigio: un famoso violín italiano.

Además, se reviste de una fotografía “bella”, locaciones y ambientaciones que buscan reconstruir adecuadamente dichas épocas, la música clásica, y una narración fragmentada con saltos en tiempo y espacio, pero que esconde una extensa y aburrida historia lineal bajo ropajes modernistas.

El violín rojo es el gato que quiere pasar por la liebre de una buena cinta. La liebre verdadera y auténtica está en otros cines y se llama Hilary y Jackie.

El violín rojo cuenta la historia de un violín, objeto artístico de inestimable calidad, que puede reproducir otro arte: la música. A lo largo de cinco etapas históricas, el violín atraviesa por toda clase de vicisitudes, de dueños y de músicos que lo tocan o lo desean. Esas cinco etapas son:







1. El siglo XVII, en Cremona, Italia. El artesano Nicollò Bussoti crea su obra maestra, dedicada a su mujer y al niño que nacerá de su vientre. El resultado es el violín rojo.

2. Algo así como el final del siglo XVIII en Austria. Un niño que es huérfano -Kaspar Weiss, con resonancias de Hauser- se revela como prodigio y va a Viena para su educación musical y en busca de una carrera semejante a la de Mozart como ejecutante. Claro, toca el violín rojo. Se habla de la Revolución Francesa y de Mozart como únicas referencias históricas.

3. El siglo XIX en Inglaterra. En una parte indeterminada de la Era Victoriana, un extraordinario ejecutante se hace del violín rojo, el cual toca mientras su amante, una escritora a lo George Sand, le hace el amor.

La escritora Victoria parte a Rusia para seguir las huellas de un personaje de la novela que escribe. Al regresar, descubre a su amante haciendo el amor mientras toca el violín. Victoria no le dispara a su amante ni a la otra mujer... ¡le dispara al violín rojo!

4. El violín rojo va a parar a Shanghai, China, durante la Revolución Cultural. Ya se llegó al siglo XX. Todos los violines son considerados objetos culturales de Occidente, y ´por lo tanto decadentes. Lo posee una mujer que participa en dicha revolución, pero que decide deshacerse de él para evitar la destrucción del objeto.

Esta es una sección torpe, absurda y totalmente prescindible del film. Pocas veces, en los últimos años Hollywood había mostrado tal torpeza y estupidez en sus afanes propagandísticos anticomunistas.

5. El violín rojo aparece luego en Canadá. Allí, un experto en instrumentos de cuerda debe precisar que tipo violín es para entregarlo a una subasta, es decir, tasarlo económicamente en forma adecuada para su venta.




El experto –Samuel L. Jackson- descubre que es el auténtico e inigualable violín rojo de la leyenda, y busca la manera de quedarse con el objeto.

El medio para enlazar todas estas épocas históricas es curiosamente ahistórico: la lectura de 5 cartas del tarot. Los arcanos que corresponden a cada era son : la luna, el ahorcado, el diablo, la justicia y la muerte (carta que aparece volteada). Cada vez que la cinta va a dar un salto en el tiempo, se regresa a la lectura del tarot y a la aparición de una nueva carta. Un guiño complaciente a esa Era que se autonombra Nueva.

El resultado en la pantalla es tan gélido y frio como el témpano de hielo que hundió al Titanic. La película El violín rojo jamás comunica emociones al espectador: ni artísticas ni sentimentales.

Hilary y Jackie tiene raíces firmes en el universo de la cultura, entre las bambalinas del mundo real de la música clásica; El violín rojo jamás llega a adentrarse en el mundo musical. Su mundo más consistente, no tan curiosamente, es el de las subastas de objetos.

Hilary y Jackie es un retrato objetivo pero hecho con amor y simpatía. Recorre las etapas de autodestrucción y enfermedad de la virtuosa del cello Jacqueline Du Pré a través de los ojos de su hermana Hilary. La cinta tiene tres bloques definidos en donde algunas situaciones son vistas por los ojos de las dos hermanas de manera alternada.

El violín rojo no toca ni la piel de sus personajes. El director y co-guionista Girard desea mostrarlos con profundidad, pero los trazos que describen sus personalidades son burdos y superficiales.

Girard sólo muestra un rasgo humano en todos los personajes como punto de su definición: la posesión obsesiva del violín como objeto fetiche (es mío, mío y nada más mío).

Hilary y Jackie muestra la humanidad y el alma de dos hermanas al recorrer sus distintas elecciones entre el mundo de la fama musical y el mundo de una familia. Enmedio de vidas en apariencia tan dispares, la música como factor vital de unión entre los humanos está siempre presente.

Son ejemplos el juego de adivinanzas musicales en familia, las tocadas entre Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim que comienzan con Beeethoven y terminan con el rock. En Hilary y Jackie hay un equilibrio respetuoso entre ejecutante, instrumento y la música en sí misma como arte: la combinación de los tres es lo más importante, lo que da verdadera fuerza a esta película.

El violín rojo muestra la música como una masturbación personal. Se toca como signo egoista para reforzar el ego, jamás para compartir sinceramente los sonidos del violín rojo con el Otro, con el público.

Hilary y Jackie detalla la relación amor - odio entre Jacqueline Du Pré y el instrumento que le permite hacer música: el cello Davidof. Du Pré lo expone al sol y a la nieve en sus momentos de crisis personal, pero reitera su relación pasional con el instrumento y la música misma en su último concierto, en el cual ya no podrá pararse a agradecer los aplausos.

Este retrato cinematográfico de las hermanas Du Pré, complejo en sus luces y sombras, es mucho más rico que cualquiera de los personajes de cartón de El violín rojo.

El rasgo distintivo de quienes habitan el mundo narrativo de El violín rojo es la posesión privada del violín. No se le considera un extraordinario vehículo para crear música en manos de un virtuoso. Lo que interesa en El violín rojo no son las personas ni sus tragedias sino resaltar la importancia de poseer el violín en todo momento de sus vidas.

El niño Kaspar Weiss duerme “tiernamente” junto al violín e incluso lo arropa en la cama. Muere por la tensión creada por la amenaza velada de separarlo del violín.

El violinista inglés sólo puede poseer a una mujer o dejarse tocar por su amante cuando toca el violín. El fetichismo es evidente: se ha desplazado el objeto obscuro de deseo de la fémina al instrumento musical. Sólo así puede entenderse la escena donde Victoria no le dispara a los amantes sino al violín rojo. El resultado es predecible, el violinista se suicida cuando se daña a su verdadero objeto de deseo.

La mujer china que guarda el violín durante la Revolución Cultural, en la cuarta historia, es la única que "cede" el objeto a otra persona pero paralelamente es la única de los dueños que no lo toca en pantalla.




Hay que añadir que la mujer china salva el violín rojo de la destrucción en el fuego ideológico y real no por sus cualidades intrínsecas para crear música en sus manos, sino como objeto simbólico de una cultura occidental que ella posee y que está amenazada.

Aunque se invoquen los nombres de Beethoven y Prokofiev, no por la boca de quien posee el violín sino de quien lo recibe en la secuencia china, es evidente que esa cultura occidental amenazada debe salvarse y... curiosamente... el lugar adecuado es la cultura norteamericana representada por... una subasta.

Aquí remata la historia de El violín rojo, tramposo ejemplo de capitalismo salvaje, disfrazado bajo los ropajes de una cultura "de prestigio".




Pero el mensaje capitalista de posesión privada de los objetos -al grado, claro, de volverlos fetiches- sigue machacando a los espectadores. No basta con mostrar una moderna subasta "de categoría" a lo Sotheby´s o Christie´s. El colmo es que los "herederos" actuales de cada uno de los protagonistas de las historias anhelan poseer de nuevo al objeto fetiche, al instrumento musical.

Los frailes del monasterio donde creció Kaspar Weiss entran a la subasta vía telefónica; la fundación que lleva el nombre del violinista inglés lo desea recuperar: el hijo de la mujer china puja ofreciendo una fuerte cantidad en la subasta.

El tiempo actual está representado por un violinista famoso que tiene al menos otros 10 violines, pero que desea obtener para sí mismo el instrumento musical, que pasaría a ser otro objeto fetiche dentro de su colección privada. Nadie más que él puede tener el violín rojo.

El otro representante de la sociedad capitalista actual es el investigador encarnado por Samuel L. Jackson. Es un personaje que se pinta más liberal porque desenreda la historia del barniz del violín, que contiene la sangre de la esposa del artesano Niccolò Bussoti.

Gracias a la investigación del barniz, el público entiende porque la tarotista Cesca leyó la historia del violín y no la de la esposa de Nicollò. La espesa sangre de la mujer es la que dá la coloración roja tan especial del instrumento. Mujer e instrumento se fundieron en un solo objeto el violín rojo.

Esta es la última vuelta de tuerca del maridaje entre la ideología capítalista y la ideología de la Nueva Era. Las profecías de la Nueva Era, por medio de la tarotista, predicen que el viaje trágico del violín rojo y la cultura que representa por fin tendrán un final feliz en las manos privadas, capitalistas y posesivas del investigador negro.

Lo que permanece a lo largo de El violín rojo no es la cultura musical sino la cultura capitalista de la posesión privada del objeto artístico, de la obra de arte. El violín rojo es mío, mío y nada más mío.

El personaje de Samuel L. Jackson no tiene ni siquiera la excusa de que el violín rojo terminará en manos de su hija -a la que nunca se ve en pantalla-, porque a lo largo de todas sus acciones sólo ha mostrado el deseo de poseer el violín para sí mismo. Un deseo de posesión tan salvaje y brutal como el de cualquiera de los otros personajes involucrados, que ignora la música en su dimensión humana y se concentra en la lucha feroz por un objeto fetiche y mágico.

La moraleja de El violín rojo es que, a pesar de los cambios históricos, el capitalismo seguirá reproduciéndose a sí mismo por los siglos de los siglos porque existe fuera de la historia. Así lo profetiza la Nueva Era en su deseo de trascendencia ahistórica. El violín rojo es el gato capitalista que se ofrece en lugar de la liebre. Basta ver Hilary y Jackie para sentir cual es la verdadera calidad y esencia de la liebre humanista.

THE RED VIOLIN / EL VIOLIN ROJO. 1999. Producción: New Line Cinema. Director y co-guionista: François Girard. Director de fotografía: Alain Dostie. Solos de violín: Joshua Bell. Música: John Corigliano (toda original, no se toca ninguna pieza de compositores clásicos). Edición: Gaètan Huot. Escrita por: Don McKellar y François Giraud. Intérpretes: Greta Scacchi, Jason Fleming, Irene Grazioli y Samuel L. Jackson, entre otros.

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