Fantástico streap tease de las necesidades humanas / Díalogo en Viva el rey. Dogma 4.
Juntos decían palabras, pero no hablablan entre sí / Diálogo de Kanana.
El movimiento cinematográfico Dogma 95 se ha convertido en una fuerza innegable en el cine mundial. Conforme se exhiben sus películas en México, el cinéfilo tiene la oportunidad de ver el desarrollo de esta corriente estética. Es obvio que los postulados de Dogma 95, expresados en su famoso Decálogo, están enfocados contra Hollywood y su manera de producir cine. Al mismo tiempo establecen parámetros para las producciones que quieren adherirse a esta corriente.
Dogma 95 es pues sólo una de las estéticas que han surgido en la historia del cine y la más reciente. Mientras sea una alternativa entre otras para hacer películas y no se convierta en una preceptiva tendrá vigor para cumplir su ciclo normal como otros movimientos anteriores. Mientras los cineastas que fundaron esta corriente, y los que se adhieran a ella después, piensen que su manera de filmar es la más adecuada para sus fines, pero no la impongan a otros como la única posible para hacer cine, Dogma 95 será una corriente fructífera. En el momento en que sus reglas se vuelvan una preceptiva que ahogue la creatividad entrará en decadencia.

The King is Alive / Viva el rey. Dogma 4 muestra que este movimiento cinematográfico deja una huella cada vez más profunda en la historia del cine. Adecuándose al Decálogo del movimiento, Kristian Levring logra una película dura, fuerte, que expone distintos recovecos del alma humana.
En ese sentido, temáticamente, el film es fiel heredero a la tradición escandinava de análisis profundo, cortante y doloroso del ser humano. Sus propias formas de producción y filmación le permiten retomar esta preocupación y exponerla en forma contundente.
También la película de Levring está emparentada con Festen, la celebración (Vinterberg) por tres vías esenciales: ambas películas aislan grupos humanos y dirigen su mirada escrutadora sobre los individuos que lo componen; los grupos están aislados, lo que permite que los conflictos humanos afloren con toda su energía y, dichos conflictos terminan en tragedia.
Para aislar a un grupo de seres humanos en su cinta, Levring coloca a sus personajes en el desierto. Son turistas acostumbrados a las comodidades occidentales que de pronto se encuentran varados en un pueblo minero fantasma, después de que su autobús pierde el rumbo.
Desde el inicio, el director plantea el carácter de cada uno de sus personajes y, a partir de él, como serán sus relaciones con los otros en una situación extrema: la sobrevivencia individual en un grupo lleno de tensiones internas.
Para tomar distancia frente a los acontecimientos, frente a los personajes, Levring usa la figura de un observador externo que no interviene en los hechos pero los captura en su mente: se trata de Kanana. Otro personaje decisivo es Jack, quien da al grupo cinco reglas esenciales para sobrevivir.
Una vez marcados los límites, Levring suelta a sus personajes para que interactúen.
El grupo se subdivide y se crean las alianzas temporales, que no respetan los lazos anteriores ya preestablecidos, ni de matrimonio ni de parentesco. Las compulsiones primarias, necesidades psicológicas, rencores, ambiciones y viejas deudas sobrepasan poco a poco la necesidad grupal de sobrevivencia y terminan por imponerse en el conflicto que proyecta la película.

A partir de las pequeñas conversaciones diarias, de los pequeños gestos, cada uno de los personajes va mostrando su interior en un proceso de deterioro y corrosión imparable. En esta óptica, el trabajo del guión es impecable.
Para mantener una cierta unión dentro del grupo Henry (David Bradley) propone que se haga un montaje del Rey Lear, de William Shakespeare, con los diálogos que él recuerda y vierte escribiéndolos a mano. Así, literalmente, le redacta a cada persona su papel.
Poco a poco la línea que divide el montaje de la obra con lo que ocurre en la realidad del aislamiento se desdibuja. Los personajes toman características de su papel en la obra en la vida diaria, mientras que en los ensayos imprimen su propia personalidad al papel que tienen asignado.
Conforme se desarrolla la película surgen varios momentos en que obra y vida se mezclan, cada vez más profundamente, dejando ver de que están hechos los seres humanos en su interior.
Al inicio, las peleas entre las parejas se dan en ámbitos cerrados mientras que los ensayos se respetan.

Un ejemplo se da en la chica francesa Catherine (Romane Bohringer) y su interacción con el director Henry y con la estadounidense Gina (Jennifer Jasón-Leigh). Catherine es la Cordelia perfecta y ella lo sabe, pero rechaza el papel que le ofrece Henry porque no implica un acercamiento con él. A partir de ese momento, desde la periferia, Catherine verá los ensayos entre la burla, la crítica y el deseo de participar. Como último intento de acceder a la intimidad del actor escuchará la cinta que él graba para despedirse de su verdadera hija. Catherine rechaza todo contacto porque no se da conforme a lo que ella desea.
Henry se vuelve entonces hacia Gina y le ofrece el papel sabiendo que no es la mejor. Catherine le dirá en francés lo que piensa de ella, con toda la sinceridad y crueldad posibles, y obtiene a cambio una especie de aplauso. Esta conversación es apenas la primera de las que intercambiarán los personajes, donde Levring atestigua lo que puede contener un alma humana: de la podredumbre a la dignidad, de la lujuria al respeto.
Los personajes seguirán dos caminos esenciales de acuerdo a lo que tienen dentro de si mismos y que aflora ante esta situación de sobrevivencia y aislamiento.
El primer camino será de negativo a positivo. Algunas personas encontrarán en su interior autorespeto y humanidad para los otros.
Gina es el caso más claro: de ser la mujer que atrae el deseo de todos los hombres, pasa a firmar un pacto sucio para salvar el montaje de la obra: será el objeto sexual de Charles, el padre de Paul. Hacia el final de la cinta, Gina sostiene un monólogo ácido, cortante y frío en donde le dice a Charles lo que piensa de su manera de hacer el amor, de su egoísmo innato, de su desprecio hacia los demás, de su enamoramiento estúpido. Este monólogo de Jennifer Jasón-Leigh es un momento de la cinta al cual el cinéfilo debe prestar toda su atención: es uno de los momentos más logrados de Viva el Rey y de las cintas basadas en el Dogma 95.
Otro personaje que sigue este camino de menos a más es Amanda (Lia Williams), la esposa de Paul, aunque sin la intensidad que se expresa en Gina.
El segundo camino es de positivo a negativo. Estos personajes comenzarán con una careta de respetabilidad, son afables al inicio, pero terminan arrojando la careta y mostrando su verdadero interior.
El cinéfilo debe seguir a Charles y a Paul, padre e hijo. El primero refinado, el segundo brutal, pero ambos hermanados en un profundo egoismo, en el uso de los otros para su propio placer. Ambos coronados con un profundo desprecio por los demás.
De Charles ya se ha hablado, pero el espectador debe poner atención a la frase con que sella el trato con Gina para ser su amante e intervenir en la obra salvando el montaje: “te cogeré hasta que esta locura termine”. Esta lo pinta de cuerpo entero. El proceso de corrupción que muestra Charles es uno de los logros del guión y de la película.
Paul, en cambio y a diferencia de su padre, es el bruto sin conciencia. Por racismo, es capaz de asumir la afrenta hecha a la hombría de otro personaje, y golpear al chofer negro porque supuestamente se atrevió a tocar a una mujer blanca. Su proceso de deterioro es digno de observarse.
Finalmente está Liz (Janet McTeer), la esposa de Ray. A lo largo de la cinta destruye primero a su esposo forzando una relación con el chofer negro.
Esta relación, no deseada por el chofer, tiene dos momentos culminantes en pantalla, en los cuales debe fijarse el cinéfilo.
El primero es cuando Liz le propone una relación sexual al chofer, quien luego de colocarla en el piso, se niega a poseerla por dignidad. El segundo es durante los ensayos de la obra, donde Liz con pretextos repite tres veces la escena para besar al chofer y humillar a Ray, su esposo.
Es precisamente esta escena en donde la línea divisoria entre obra teatral y realidad de los personajes ha quedado totalmente borrada. A partir de este punto, los diálogos de El Rey Lear expresarán mejor lo que sienten los personajes. La obra de Shakespeare no es ya ajena a los personajes de Levring sino que ya forma parte de ellos.
Bajo esta óptica, el texto de Shakespeare cumple una doble función en la narración de la cinta. Primero prefigura lo que son o esperan cada uno de los turistas perdidos en el desierto, comentando en los ensayos lo que ha ocurrido entre ellos antes. Luego, en segundo término, el texto teatral se convierte en el diálogo real de los turistas, la mejor manera que tienen de expresar lo que sienten o son ante el hecho de su propio deterioro.
Esta mezcla texto teatral – diálogo real es uno de los mayores aciertos de la cinta.
Otro punto que debe observar el cinéfilo se concentra en el personaje de Henry. Las interrelaciones que sostiene con los demás, tanto en los ensayos como en su tiempo libre, funcionan como un espejo. Si se conoce mucho de él, pero se adivina más de la gente que se le acerca o lo rehuye. Su psicología permite que frente a él los otros desnuden sus propias necesidades, o las oculten. Este conocimiento que tiene de los demás le permite ir puliendo su propio Lear hasta que las fronteras entre realidad y ficción se borran.
Su llanto final, su dolor ante Cordelia / Jasón-Leigh cuando termina por encarnar a Lear repitiendo sus diálogos, condensan en una escena toda la fuerza del film.
Por otro lado Levring, fiel al Decálogo de Dogma 95, usa atinadamente los recursos del cine bajos las premisas de esta corriente cinematográfica para exponer el interior de sus personajes.
Pero, a diferencia de Festen, estilísticamente su cámara se mueve menos, lo que le permite un mayor grado de concentración en sus actores y no tanto en las acciones. El resultado es un fuerte impacto de la cinta en el público.
También hay que señalar los momentos en que Levring deja por momentos a sus personajes y se abre para contemplar el desierto. Por un lado el sonido de la toma cambia radicalmente al silencio (ver punto 2 del Decálogo), mientras que la cámara logra imágenes inéditas que recuerdan a las que antes obtuvo el alemán Werner Herzog en el ambiente desértico.
Viva el Rey. Dogma 4 no es una cinta para quien prefiere Hollywood sino para el espectador que desea remar a contracorriente en compañía de los cineastas de Dogma 95. Es para el cinéfilo que no le asusta pensar, sentir y conmoverse frente a una pantalla de cine.
Esa es la fuerza actual del Dogma 95, esa es la intensidad que comparte con sus espectadores en esta película en especial, una de las mejores de esta Muestra Internacional de Cine.
VIVA EL REY. DOGMA 4 / THE KING IS ALIVE. Producción: Zentropa Filmbyen, Newmarket, Good Machine International, Patrica Kruijer, Vibeke Windelov. Dirección: Kristian Levring. Guión: Anders Thomas Jensen y Kristian Levring, basado en la obra "El rey Lear" de William Shakespeare. Año: 2000. Fotografía en color: Jens Schlosser. Edición: Nicholas Wayman Harris. Con: Miles Anderson (Jack), Romane Bohringer (Catherine), David Bradley (Henry), David Calder (Charles), Bruce Davison (Ray), Brion James (Ashley), Peter Kubheka (Kanana), Vusi Kumene (Moses), Jennifer Jason Leigh (Gina), Janet McTeer (Liz), Chris Walker (Paul), Lia Williams (Amanda). Duración: 109 mins. Distribución: Arthaus.