El melodrama transmutante
En La sangre iluminada (México, 2007), segundo golpe de genio del polémico estilista zacatecano Iván Ávila Dueñas (tras la desafiante provocación bisexual de Adán y Eva todavía 04), un puñado de seres presta sus cuerpos para el tránsito del alma de un "transmutante", siempre inmostrable, alterando severamente sus vidas cotidianas y dejando a todos con un halo de nostalgia, al borde del vacío.

El melodrama transmutante es una taciturna fábula que transita de manera espectacular en la ambigüedad genérica del cine fantástico y el cine de ciencia ficción, ambos informulables, o del gran melodrama mexicano y la comedia rural, apenas formulables.
El melodrama transmutante opta por una narración cálida con sentimientos y emociones a flor de piel, en el opuesto exacto de la frialdad y cerebralidad del fascinante tedio eterno de Adán y eva todavía, aunque haciendo gala de la misma contención formal y control maniáticamente calculado de sus recursos expresivos: ya experto panning a 90° y 180°, travellings hacia adelante o hacia atrás elegantemente casi imperceptibles, time lapses en la encrucijada de caminos rumbo al cambio de cuerpo, arrebatos que interrumpen la narración para insertar segmentos de cine experimental con objetos y formas abstractas.
El melodrama transmutante recurre a un elenco sensacional, quizás el mejor armado del cine mexicano en años, con el Joustein Roustad por igual ingenuo y aventajado, con Gustavo Sanchéz Parra dolientemente cotidiano, con Enoc Leaño ásperamente atolondrado, con Flor Payán exquisitamente erótica, con Jorge Zárate calibradamente serio y timidón, con el Ari Brickman aventándose una brillante personificación de sí mismo y así.
Y el melodrama transmutante constituye el bálsamo de la fantasía escapista paradójicamente dolorosa , que tenía que producir el cine mexicano después del foxato depredador, ante sus desastres económicos, sociales y culturales: la posibilidad de abandonar todo lo conocido para habitar en los zapatos de alguien más, dejando tras de sí la agridulce ambivalencia de la excitación y la tristeza, por igual, compartidas.