martes, 27 de enero de 2009

Sangre iluminada, La, de Iván Ávila Dueñas

Paxtón Hernández

El melodrama transmutante


En La sangre iluminada (México, 2007), segundo golpe de genio del polémico estilista zacatecano Iván Ávila Dueñas (tras la desafiante provocación bisexual de Adán y Eva todavía 04), un puñado de seres presta sus cuerpos para el tránsito del alma de un "transmutante", siempre inmostrable, alterando severamente sus vidas cotidianas y dejando a todos con un halo de nostalgia, al borde del vacío.








El melodrama transmutante es una taciturna fábula que transita de manera espectacular en la ambigüedad genérica del cine fantástico y el cine de ciencia ficción, ambos informulables, o del gran melodrama mexicano y la comedia rural, apenas formulables.

El melodrama transmutante opta por una narración cálida con sentimientos y emociones a flor de piel, en el opuesto exacto de la frialdad y cerebralidad del fascinante tedio eterno de Adán y eva todavía, aunque haciendo gala de la misma contención formal y control maniáticamente calculado de sus recursos expresivos: ya experto panning a 90° y 180°, travellings hacia adelante o hacia atrás elegantemente casi imperceptibles, time lapses en la encrucijada de caminos rumbo al cambio de cuerpo, arrebatos que interrumpen la narración para insertar segmentos de cine experimental con objetos y formas abstractas.



El melodrama transmutante recurre a un elenco sensacional, quizás el mejor armado del cine mexicano en años, con el Joustein Roustad por igual ingenuo y aventajado, con Gustavo Sanchéz Parra dolientemente cotidiano, con Enoc Leaño ásperamente atolondrado, con Flor Payán exquisitamente erótica, con Jorge Zárate calibradamente serio y timidón, con el Ari Brickman aventándose una brillante personificación de sí mismo y así.

Y el melodrama transmutante constituye el bálsamo de la fantasía escapista paradójicamente dolorosa , que tenía que producir el cine mexicano después del foxato depredador, ante sus desastres económicos, sociales y culturales: la posibilidad de abandonar todo lo conocido para habitar en los zapatos de alguien más, dejando tras de sí la agridulce ambivalencia de la excitación y la tristeza, por igual, compartidas.



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