31 de may. de 2009

Crónica de un desayuno, de Benjamín Cann

Francisco Peña

Crónica de un desayuno no es un bache sino una coladera sin tapa que desemboca directo al desagüe de aguas negras.

La película de Benjamín Cann, exhibida en el XV Festival de Cine Mexicano de Guadalajara y en la XXXV Muestra Internacional de Cine es un texto cinematográfico desgarrado por la incoherencia de los elementos que lo componen. Un guión –basado en obra de teatro- narrado a saltos entre escenas inconexas con un coctel de formas cinematográficas que Godard y otros probaron hasta la saciedad… hace treinta años.








Zoomarazos, paneos a lo loco de una cara a otra en los diálogos de los personajes, aberturas y cierres del diafragma de la cámara para obscurecer o quemar con luz la escena, cámara en mano temblorosa y otras cosas semejantes marcan una elección consciente de un estilo “sucio” de filmar al que no le importa el caos visual.

Esta podría ser una elección estética válida y coherente si estuviera en bien relacionada con la historia que se narra, o sea, los patrones conductuales, psicológicos y sociales de los miembros –estereotipos- de una familia mexicana: la madre abnegada, el padre opresor, el hermano mayor gandalla, la hermana semirebelde, el hermanito “incestuosito” que en plena formación machista y edípica.

A esto, se suma una construcción de escenas donde se narran situaciones –por ejemplo, algunas de la madre, Luzma (María Rojo)- en donde el personaje sale de una situación dramática y reacciona llorando, luego se repite en edición el comienzo de la escena pero ahora en lugar de llorar hay risa. Así, con este mecanismo se pretende mostrar primero la interioridad atormentada del personaje y luego su reacción social frente a la familia.

Lo que parece intentar Benjamín Cann con esta estructura narrativa de historia y estilo ha de ser mostrar lo caótico de los patrones familiares mexicanos. El problema es que historia, realización, puesta en escena y elementos cinematográficos como edición y fotografía luchan entre sí y no trabajan en conjunto. El resultado es el caos ante el espectador y no la idea de caos en la conciencia del espectador.

Si se trataba de desconstruir una forma anquilosada de hacer cine con una mezcla de lo que, en su momento, fueron innovaciones y ahora no son más que parte de un estilo “alternativo” también anquilosado, el resultado de Crónica de un desayuno es la crónica de un fracaso.


A esta visión –de alguna manera hay que llamarle- de una familia mexicana y los miembros que la componen, se unen dos historias secundarias que no se mezclan realmente con la de la familia.
En una de ellas, Ernesto (Héctor Bonilla) protesta sin saberse contra qué y se coloca una pistola en la boca mientras su novia, amante, o compañera, lo besa (Arcelia Ramírez). Esta subtrama es totalmente prescindible y no aporta nada a la cinta.


La segunda es todavía peor. Un vecino del edificio, Roberto (Odiseo Bichir) invita a un travesti (Eduardo Palomo) a quien seduce mientras le presenta una maqueta con trenes eléctricos. Al descubrir que es hombre en realidad, le cercena el pene con un cuchillo de cocina y lo arroja por la ventana… pero no por enojo ni por el engaño, sino porque intenta seguir haciéndole el amor.
La liga con las otras tramas narrativas es que todos viven en el mismo edificio y algunos personajes se ncuentran en la tienda de la esquina. El travesti, se supone que ya con primeros auxilios, se presenta a la mañana siguiente –Crónica de un desayuno- a buscar su pene en la basura y le ruega a su mutilador que le diga donde lo arrojó.


El resultado es una severa golpiza donde poco importa la problemática de ambos personajes: la estrella de la escena es la sangre que brota del travesti, especialmente de su entrepierna -con todo y acercamiento en close up, para que se note y no quede duda al espectador, si es que no se ha salido ya del cine-.


Para ver una cinta que aborda el tema de la homosexualidad con coherencia y veracidad, basta ver Los muchachos no lloran, de Kimberly Peirce. Después el espectador puede hacer sus propias comparaciones.


Fuera de esta trama de homosexualismo, que no aporta nada nuevo a dicha problemática en el cine mexicano, el resto de la cinta concentra en la familia.


Aquí ya poco importa el planteamiento de la cinta, porque la acumulación insistente de detalle tras detalle conductual de los personajes no lleva mostrar a la incoherencia interna de los mismos sino a la incoherencia global del texto cinematográfico.


Cann quiere mostrar la violencia jerarquizada a través de la cadena social de los machos, con las mujeres siempre como víctimas.


El padre (José Alonso) jode a todos; el hermano mayor Marcos (Bruno Bichir) jode a todos menos al padre y desea incesto con la madre Luzma y su hermana Blanca (Fabiana Parzabal); la hermana soporta las agresiones de los hermanos y huye de la casa pero se queda en la puerta del edificio sin saber que hacer; el hermanito menor Teo (Miguel Santana) aprende todas las gandalladas del mayor y sufre ser su esclavo, fastidia a la madre y sueña su propio “incestito” con la hermana.


Total, si el espectador quiere ver una narración seria y dramática sobre el incesto, puede ver The War Zone / Zona de Guerra, del inglés Tim Roth, y hacer su propia comparación entre ambos filmes. Yo le aconsejaría ver sólo la cinta inglesa y evitarse este descenso, no a los infiernos, sino a la coladera.


De todo este conjunto sólo se desprenden escenas estereotipadas que, para que avance narrativamente la historia, se repiten una y otra vez con ligeros cambios. Las escenas cotidianas pretenden mostrar las pequeñas humillaciones que se infringen unos a otros a diario: gritos por los calcetines, la comida, el reloj, las medias, la toalla, el radio, el licuado, la ropa, el desayuno, la salsa, el pan –intercortado todo con la historia del travesti mutilado-.


Dejo al final al personaje de Luzma (María Rojo) en donde se concentran los esfuerzos narrativos, actorales y fílmicos. Es el obscuro objeto de deseo de la puesta en escena del realizador.


A Luzma –y por ende a María Rojo- la suben en una montaña rusa emocional en que lo que se autoproclama como el retrato de la mujer y madre mexicana. Sometida emocionalmente al esposo a pesar de todas las humillaciones, dispuesta a ser su objeto sexual aunque sea allí donde más se le rechaze, llorar en escenas imaginarias y sonreir en la escenas reales, parecer una enferma del mal de Alzheimer porque todo se le olvida, pretender el orden enmedio del caos, y ser objeto del desprecio y deseo incestuoso de todos los machos menos su marido.


En este rompecabezas no aparece un personaje coherente, en este espejo no hay una Luzma sino una María rojo sobreactuada todo el tiempo y sin límites de dirección, como en la escena donde ríe y llora mientras José Alonso toca la trompeta (y no es albur). Otra escena por el estilo, que raya en el humor involuntario a pretender ser un momento de imaginación, es cuando canta el bolero mientras sueña que es una cantante de vestido negro con todo y trío –con bongos- en la cama marital.


A pesar de contar con los mejores actores ícono del cine mexicano de los 70, 80 y 90, en lo que se supone un repartazo del cine nacional, la mezcla es detonante porque cada actor muestra su propio estilo individual de actuación pero que choca uno contra otro porque se carece de unidad en la dirección. Así, los actores se ven más ellos –en su trabajo- que en sus personajes. Este es uno de los ases bajo la manga del director que llegaron podridos a la mesa del juego cinematográfico, lo cual es uno de los mayores fracasos de la cinta.


En síntesis, mientras el resto del cine mexicano avanza al contar historias propias con un manejo coherente del lenguaje cinematográfico tradicional, para después romper con él e innovar buscando formas propias sin arriesgar la coherencia general y la comunicación con el espectador, Cann se lanza directo a recorrer la cuerda floja y sin red. El resultado es una caída al fondo.
Crónica de un desayuno se vuelve reiterativa, aburrida y finalmente incoehrente, por lo que se convierte en la Crónica de un Fracaso.


Producción: Producciones Escarabajo, FFCC, IMCINE, Bruno Bichir. Dirección: Benjamín Cann. Guión: Benjamín Cann y Sergio Schmueler, inspirado en un libreto teatral de Jesús González Dávila. Año: 2000. Fotografía en color: Serguei Saldívar Tanaka. Música: Jacobo Lieberman. Edición: Carlos Bolado y Benjamín Cann. Intérpretes: María Rojo (Luzma), Bruno Bichir (Marcos), Héctor Bonilla (Ernesto), Roberto Sosa Martínez (Juan), Salvador Sánchez (Pedro), Angélica Aragón (Estela), Jesús Ochoa (voceador), Damián Alcázar (chofer), Fabiana Parzabal (Blanca), Miguel Santana (Teo), Odiseo Bichir (Roberto), Adriana Roel (doña Lupe), Julieta Egurrola (señora de la fonda). Duración: 120 minutos. Distribución: Imcine

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