Paxton Hernández

Tienen razón los que mencionan que El hombre elefante (The Elephant Man, Reino Unido-EUA, 1980), largo 2 de David Lynch (Cabeza borradora 77), parece más un filme de los 1950 que uno ochentero. Y es que aunque es cierto que la mayor parte del filme no fue rodado dentro de estudio sino en locaciones auténticas en Londres, visualmente reproduce el ambiente de una época en que la mayor parte de las cintas se filmaba dentro de los sets.
Si hay algo que criticarle al cine de David Lynch es que frecuentemente se torna demasiado cerebral y/o sensorial. No es el caso con El hombre elefante, un fascinante circo lacrimógeno, y la que probablemente sea su cinta más conmovedora y humana, donde no se escatima en el despliegue de emociones y sentimientos.

Desde que el Dr. Frederick Treves (Anthony Hopkins imbécilmente ignorado en los Oscares de 1981) tiene su primer encuentro con John Merrick (John Hurt en una actuación magistral), Lynch establece ese tono amable, cuasi-fantástico, emotivo que dominará el relato biográfico de un hombre nacido con una terrible deformación física. La cámara no lo enfoca a él sino la reacción de Hopkins, en una escena que debería formar parte del curriculum de las estudios de actuación de cualquier escuela.
De manera curiosa, la película nunca se vuelve una cretinada melodramática, gracias a que Lynch es fiel a su estilo narrativo a pesar de que este trabajo era "por encargo". Apoyado en la magnífica editora Anne Coates, desarrolla la película a base de segmentos que bien podrían ser vistos de manera autónoma y sabe cortar cuando es necesario, justamente antes de que lo sentimental se transforme en un exceso.

Visualmente no podría ser más brillante, constituyendo la película más wellesiana que Lynch ha filmado. De ahí la cantidad de recursos expresivos tomados del buen Orson, particularmente de su Ciudadano Kane (1941) con esa delirante profundidad de campo en los pasillos del hospital, las tomas a contrapicada con techos filmados, los frontgrounds y backgrounds perfectamente enfocados al mismo tiempo, esos planos secuencia perfeccionistas, muy breves, los travellings hacia adelante y la maniática cinematografía posexpresionista de Freddie Francis, con pleno dominio del claroscuro.
Para un servidor, que se declara cínico y pesimista, el optimismo y la fe en la humanidad presentada en El hombre elefante podrían resultar irritantes. No lo son tales, dado que la buena fe de la película es genuina, elaborando el retrato, sin patetismos ni condescendencias, de ese hombre desafortunado en lo físico pero poseedor de un gran y noble espíritu.
