
En la mayoría de los casos se trabajan remakes basados en obras clásicas por dos razones: uno, por el ánimo mercenario de tener un éxito facilón, supuestamente garantizado, que es el caso de la tendencia que ha infectado Hollywood durante la última década; o dos, por la arrogancia que supone que todo se puede (o necesita) actualizar (se) a los estándares del presente. La mayor parte del tiempo, los resultados, qué duda cabe, son vomitivos estropicios, véase si no el caso de esa basura que fue el remake de una obra seminal como Wicker Man, producido por la Reina de TV Azteca, Elisa Salinas. Todo reducto de superioridad moral que el mexicano supuestamente siente frente al gringo o el chino, reyes de las copias, prontó será derruido porque justo para allá va que vuela.
Con una aparatosa campaña publicitaria llega Hasta el viento tiene miedo (México, 2007), la ópera prima de Gustavo Moheno, el eternometraje de tan sólo ¡88 minutos! que refritea -perdón, "reinterpreta"- la trama de la película original de Taboada, por supuesto destrozándola.
Después dos intentos de suicidio, Claudia (Martha Higareda idéntica a su Adela León) es recluida en la Casa Alquicira, institución para el tratamiento de muchachas con problemas de anorexia, bullimia o drogas, dirigida por la severa doctora en psiquiatría Bernanda (Verónica Langer), pero sucesos extraños terminarán por afectar a ella y a sus compañeras.

De manera sorpresiva, la película efectúa un saqueo impune a otras tres cintas, como sigue.
La historia de cinco muchachas babas, cada una representante de un estereotipo diferente, que pasan una temporada en una prestigiosa casa para el tratamiento de sus diversos trastornos, con severa directora amargada, ya fue estrenada en las pantallas nacionales...hace 6 meses.
Filmada por el vilipendiado Fernando Sariñana, Niñas mal, en tono amable de babosa teen comedy, era el retrato de la teen angst con 5 creciditas adultas que ya no estaban para esos dengues. Hasta el viento tiene miedo es la misma crónica, en la que el tono del relato supuestamente cambia a horror gótico, aunque las adultas creciditas siguen ahí.
El segundo saqueo, es el que acomete con mayor descaro. Lo hace a Historia de dos hermanas de Kim Ji-woon, con la metáfora que elabora en torno a la sangre menstrual como símbolo del mal lacerante y de la violencia entre damas. Incluso hay por ahí una escena idéntica, calcada de aquella obra maestra del K-horror, cuando Claudia se encuentra en su cama y observa a un espectro, por cuyas piernas corre un chorro de sangre. Pero Hasta el viento tiene miedo es incapaz de siquiera mimetizar el complejo rompecabezas mental de aquella, y el mayor conflicto recae en fantasmitas vengadoras que vienen a cobrarse los aburridos líos de faldas entre lesbianas de clóset. Ajúm.
Y curiosamente el tercer saqueo es a una de las películas más aborrecidas del año, Cañitas, film que curiosamente allá por marzo, para sorpresa de todos, estableció la línea estética dominante de la mayor parte del cine nacional del 2007: ese regodeo por las penumbras medianoche, en un principio símbolo de un mal demoníaco, y por una textura visual por completo monocromática. El film de Moheno también homenajea la escena de la invocación y el final de aquél filme con tormenta y puertas azotándose incluidas. Sin embargo, aquí el saqueo se consuma sin sorpresa: Julio César Estrada, director tanto de Cañitas como de Espinas fungió como productor de Hasta el viento tiene miedo.

Hasta el viento tiene miedo es el remake que destroza una obra clásica del cine de terror mexicano, una machista fantasía húmeda lesbianoide ultrasoft, un ejemplar de cine de denuncia social que pierde piso de inmediato, en donde lo que da más miedo es el hecho de que ya somos igualitos a los gringos o a los chinos. Felicidades.