viernes 28 de octubre de 2011

Contacto en Francia: el viejo narco "con estilo"... cumple 40 años de su estreno

Hace 40 años se estrenó la cinta de William Friedkin, que planteaba una soberbia partida de ajedrez entre un policía y un narcotraficante. Hoy ambos están jubilados.

Francisco Peña

Combatían entre sí como enemigos implacables pero acatando una regla esencial: cero menosprecio y mucho respeto por la inteligencia del adversario. El policía antinarcóticos Jimmy “Popeye” Doyle y el capo Alain Charnier escenificaron en Contacto en Francia I (1971, William Friedkin) uno de los duelos más complejos entre policía y delincuencia que registra la historia del cine.




Basada en un hecho real, la incautación de 60 kilos de heroína y la desarticulación de la “conexión francesa” en 1961, la cinta renovó los arquetipos fílmicos del narcotráfico con bases documentales: el consumo se reducía a negros y blancos marginales, la mafia italiana cometía los errores, la persecución y el triunfo eran resultado de la inteligencia.


Tres secuencias pasaron a la historia. El “ballet” en el metro de Nueva York donde Charnier (el soberbio Fernando Rey) le gana la partida a Popeye (el extraordinario Gene Hackman). Ambos se observan, dejan pasar trenes, entran y salen del vagón hasta que, en una jugada magistral, Charnier mete el mango de su paraguas entre las puerta (en close up) que se abren y sale. Popeye sale y voltea para que no lo reconozcan y pierde de vista un segundo a Charnier… que da dos pasos atrás y sube al vagón. Punto para Charnier que se despide por la ventana diciéndole adiós con la mano al encabritado detective (ver el trailer empotrado arriba, del minuto 1:17 segundos al 1:44 segundos).


Después Popeye desmantela un auto Lincoln pero no detecta la heroína hasta que, por la deducción inteligente de su compañero Russo (un prometedor Roy Scheider) que detecta la diferencia en el peso entre el modelo de fábrica y el auto real, la encuentra: punto para el policía. El final entre estos grandes maestros del ajedrez del narcosuspenso decreta tablas: Popeye incauta la droga, atrapa a los mafiosos, pero Charnier escapa a Francia y vive toda su vida en libertad.


Charnier se convirtió el arquetipo del capo europeo en el cine: gourmet exquisito en comida y bebida, elegantemente bien vestido con sobriedad y cero ostentaciones, ambicioso sin desbordarse, culto, con una sola mujer, eso sí joven y muy elegante.


Lo importante para Alain Charnier como “jefe de jefes” era el “estilo” en su vida diaria: su forma de vivir y disfrutar de la vida. Era un nuevo rico pero sus gustos eran refinados y aristocráticos: jamás confundió “lo grandioso con lo grandote”.

A 40 años ya nada es igual. Las películas reflejan las situaciones de las sociedades que las crean y mucho ha cambiado. Popeye y Charnier están fuera. El cambio en el cine, como en la realidad, empezó en Colombia en la era del capo Pablo Escobar: parte del cambio apareció en Rodrigo D, no futuro y La vendedora de rosas (ambas de Víctor Gaviria) que iban de las pandillas al narcomenudeo. El cine se decantó por la situación social y el capo era figura mítica marginal.

El narco latinoamericano y mexicano, la vida de sus capos (gustos, mujeres, negocios, nivel de vida) ahora empapa la cultura popular de nuestros países al entrar por la periferia de las imágenes de “homevideos” y, sobre todo, los videos musicales como, por ejemplo, los del Movimiento Alterado. Estos últimos reflejan en sus imágenes una mezcla entre el mito, el vestuario y la forma aspiracional de vida de los capos (hummers, mujeres modelos, armas, whisky –sólo Buchanan-, alhajas y dólares en abundancia: generosos con sus amigos, con la gente del pueblo en el territorio donde operan; implacables con los enemigos de otros grupos), como se puede mirar en “El Señor de las Hummers” de El Komander, uno de los líderes indiscutibles de este género musical. También dentro de los conjuntos musicales se toma partido por uno u otro grupo; en este caso, al surgir en Sinaloa, hay canciones del Movimiento Alterado que apoyan al Chapo Guzmán y al Mayo Zambada con un matiz abiertamente épico que mitifica a estos personajes, como se observa en el video “Movimiento Alterado”, catálogo de artistas que forman parte del Movimiento mientras cantan la misma canción (y tan se consideran "legítimos" comercialmente que los mismos estadounidenses los venden, por ejemplo, en Amazon, en mp3 y CD). ¿Cómo ven?







En un medio social de extrema pobreza y desempleo que afecta en especial a ancianos y jóvenes, tal parece que no quedan más que dos opciones para salir adelante: la migración a Estados Unidos (hay toda una tradición propia, fílmica y musical, sobre los ilegales que viajan o ya viven en EU) o la pertenencia a uno de estos grupos del narco. Por eso no debe extrañar que, al exponer otra forma “alternativa” aspiracional de vida, estos conjuntos musicales sean tremendamente populares y exitosos en ambos lados de la frontera: sus discos tienen ventas más altas y sus conciertos populares tienen más asistencia que las de “cantantes reconocidos”.

Este mundo entra ya muy tarde en el cine mexicano hasta que El Infierno (Luis Estrada) lo puso en pantalla. Ya no se ve al ejecutor profesional y solitario de Contacto en Francia sino grupos de sicarios aunque ambos asesinan con la misma frialdad, la víctima no es una sola persona sino ya grupos de víctimas, se muestra el “pozoleo” y las ejecuciones. En este caso, Luis Estrada retrata a “Don José Reyes” (Ernesto Gómez Cruz) como la nueva imagen del capo mexicano que es todo lo opuesto al francés Charnier. Se acabó el ajedrez estratégico: “la violencia es mala para los negocios”, decía el consigliere Tom Hagen en El Padrino, pero los actuales Sonny Corleone mexicanos no lo escuchan. El dinero está por encima de toda consideración, por lo que la corrupción es rampante y los combates entre sí por el poder en zonas, plazas y rutas son salvajes.




Por otro lado, en Contacto en Francia la mujer era marginal y bella pero respetada, cosa que se remarca en Buenos Muchachos / Goodfellas, de Scorsese. Ahora Miss Bala y La reina del Sur muestran su nueva presencia como víctima o como líder. El papel de la mujer en estas cintas merece un texto propio.

Pero ni Contacto en Francia ni las cintas actuales se atreven a tocar un tabú.

Para todas estas películas, los consumidores son pobres o de clase media... cuando mucho alguna chica rubia hija de papá. Jamás muestran la distribución de drogas entre ricos, políticos, ejecutivos y celebridades. Las notas de prensa hablan todo el tiempo de la adicción de Charlie Sheen, Britney Spears o la celebridad en turno pero, ¿cuándo se ha publicado algo sobre cómo conseguían sus rayas de coca Lindsay Lohan, Paris Hilton o Nicole Ritchie?


El caso de Lindsay Lohan es representativo de la doble moral de la sociedad y gobierno estadounidenses. Por un lado, no hay muchas notas sobre quiénes distribuyen la droga en EU dentro de su territorio una vez que cruzó sus fronteras, cómo y por cuál vía llega a los ejecutivos bancarios de Nueva York (la cantidad de droga que se halló contenida e intacta en las cajas fuertes rescatadas de las ruinas de las Torres Gemelas) o para consumo de las celebridades que viven en California en centros nocturnos o fiestas privadas. Pero eso sí, por otro lado Lindsay Lohan (pero NO las demás) se ha convertido en chivo expiatorio de la justicia: la han convertido en un “ejemplo” de castigo para atemorizar a las jóvenes.

El mensaje social es: sean invisibles, dróguense, destrúyanse, pero no en mi casa, que yo no las vea ni sepa de ustedes: no alteren mi vida.

Pero en las notas generadas por el caso de la hermosa LiLo se ha evadido sistemáticamente el dato de quién era la persona que la surtía, quién la metió en el vicio y de qué forma. ¿Fue Samantha Ronson, su pareja lésbica? ¿Alguna maquillista, un estilista, un amigo o amiga? ¿Quién fue? Televisión, cine y prensa guardan riguroso silencio sobre el tráfico y distribución de droga sólo en casos de consumidores de alto perfil económico. El cine puede mostrar el “estilo” fino o vulgar de un capo, pero oculta el hecho que el “estilo de vida” de quienes surten a algunas de sus “estrellas” es sólo un pozo negro sin fondo, al que no quiere asomarse.

Con este nuevo telón social de fondo, Contacto en Francia a 40 años de su estreno es ya una película clásica, con secuencias de acción y suspenso que funcionan perfectamente hoy: es muy disfrutable como buen cine. Pero también es un documento histórico - fílmico de “cómo eran las cosas” antes del Cambio.



El duelo capo – policía basado casi en su totalidad en una labor de inteligencia es ahora impensable, el respeto por el enemigo es inimaginable, la adopción de “códigos de honor” no escritos entre contendientes se ha roto. Para el cine, para la sociedad y para los bandos enfrentados su desaparición sólo significó el paso a una vorágine de violencia sin límites, de la cual aún no podemos predecir el momento de su fin.

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Cinco Sentidos / Five Senses, de Jeremy Podeswa

Francisco Peña

La gente llega a tu vida,
Quizás por un momento,
Pero eso significa algo.


La película Cinco sentidos del director canadiense Jeremy Podeswa es interesante por varias razones: su construcción narrativa con un guión sólido, la cuidada realización con detalles excelentes y el fondo ético que contiene.



El film gira alrededor de una preocupación básica: cómo los sentidos nos interrelacionan con el mundo exterior, especialmente con otros seres humanos. A pesar de sus deficiencias y errores, los sentidos son el puente de contacto con la realidad, y una de las ideas del director es que la falta de atención y el descuido en su manejo deterioran la relación del individuo con sus semejantes.

A partir de este punto inicial, Podeswa presenta a cinco personajes principales que usan, cada uno, a un sentido en especial. Para interrelacionarlos, usa una técnica narrativa que ha ido y venido entre cine y literatura, que es usar un hecho central para que los personajes se encuentren, y después desarrollar las cinco historias con distintos momentos donde se entrecruzan. El punto central es la desaparición de una niña en un parque.


El guión, que es interesante en sí mismo por su construcción narrativa, el manejo de los diálogos y los silencios, el uso adecuado de la metáfora visual, y de calidad literaria en varias secuencias, es un sólido cimiento para una buena realización con momentos deslumbrantes.

Así, la cinta cumple para el espectador con la premisa que propone en pantalla. Hay que afinar los sentidos, poner atención para lograr una mejor comprensión / relación con la realidad.

Si el cinéfilo pone atención a la película, encuentra muchos detalles enriquecedores de los personajes y establece una relación intelectual placentera con la cinta. Los personajes se hacen más humanos; el espectador participa en la complejidad de la cinta y sus diferentes niveles de lectura –ética, existencial, sexual, filosófica y, por supuesto, cinematográfica.


Los personajes no son símbolos de cada uno de los sentidos, sino que sólo se acentúa en cada uno de ellos el manejo preferencial de un sentido específico. Así tenemos a la masajista Ruth Seraph (Gabrielle Rose) con el tacto, su hija Rachel (Nadia Litz) y la visión, el oftalmólogo francés Richard (Philippe Volter) que pierde el oido, la decoradora de pasteles Rona (Mary – Louise Parker) con el gusto, y Robert (Daniel McIvor) que proclama que existe un olor del amor y lo busca con el olfato.

Alrededor de estos personajes, de su miedo o decisión para relacionarse con el mundo, aparecen personajes secundarios que refuerzan la presencia de un sentido específico; destacan Roberto (Mario Leonardi) con el gusto, el muchacho de la visión (Brendan Fletcher) y la presencia misteriosa de Pascale Bussiéres como Gail - oido.

Estos binomios de seres humanos triunfan o fracasan en su relación dependiendo si los cinco personajes principales toman o no la iniciativa de vencer sus limitaciones físicas o emocionales.

Mientras se desarrollan los cinco hilos narrativos, la ausencia de la niña y la presencia de su madre angustiada sirven de sutura estructural, de presencia recurrente, para relacionar a todos los personajes e ir profundizando en su psicología y su existencia.

Así, la trama se enfoca en los problemas existenciales de todo el conjunto de personas, y las soluciones / pérdidas, lo positivo / lo negativo o iniciativas / fracasos con los que abordan su vida. Esto sucede en el eje cronológico donde el argumento avanza linealmente en un tiempo narrativo de tres días. Es la equivalencia a un eje sintagmático.

Pero además hay un eje vertical que relaciona los sentidos con la edad del personaje. Los sentidos más íntimos corporalmente corresponden a los personajes de mayor edad, mientras que los sentidos más inmediatamente placenteros se ligan a los personajes más jóvenes. Este manejo de los personajes es una especie de eje paradigmático.

Así se tiene que los binomios personajes – sentidos son:

Rachel y Brendan, los jóvenes adolescentes voyeuristas, con la Visión.
Rona y Roberto el italiano, la pareja joven, con el Gusto.
Robert, en su búsqueda solitaria del amor con el más particular de los sentidos: el Olfato.
Richard y Gail, la pareja más solidaria frente a la soledad, con el sentido cuya pérdida aisla más: el Oido.
Ruth y un cliente, con el más intimo de los sentidos –el que “sabe”-, el Tacto.


Para los espectadores jóvenes, la chica Rachel es la más atractiva del conjunto. En un estado negativo de casi total aislamiento por la muerte de su padre y la desatención emocional de la madre, Rachel es quien pierde a la niña Amy Lee Miller. La culpa y la incomunicación son evidentes porque el uso inicial de su Visión es meramente voyeurista y lejana, sin relacionarse con el objeto observado.


Al compartir su voyeurismo con un chico de su edad empieza a relacionarse con el Otro. Él le enseña a observar, a conocer visualmente el carácter de la gente, si están enamorados, tristes, alegres, miserables o confortables. Se remata con una frase que divide a los humanos en dos categorías: la gente que gusta de ser vista o los que prefieren observar.

Al afinarse la visión los personajes se van transformando hasta que, en un actor de voyeurismo – travestismo compartido, Rachel obtiene “una visión desde adentro / looking at you inside out”, del chico. Él, a su vez, se siente “misterioso del cuello para arriba y exótico del cuello para abajo”.

Entonces Rachel, al compartir la visión puede comunicar lo que tiene por dentro, su sentimiento de culpa por la muerte de su padre y recuperar los recuerdos relacionados con él y con la fotografía. Rachel – Visión da el primer paso para relacionarse con el muchacho al llamarle por teléfono. Esta iniciativa repercute positivamente en su vida: tiene alguien que la comprende y recupera la relación con su madre y el recuerdo del padre.

La siguiente pareja es la que se relaciona a partir del gusto: Rona y el italiano Roberto. Aquí, los matices del guión marcan sutilezas interesantes para el espectador. Tenemos al personaje más seguro y al más indeciso de la cinta.


Roberto afirma su personalidad mediterránea abierta y simpática, la cimenta en el arte culinario que insiste en DAR placer al Otro, y procura satisfacer a Rona en toda forma posible, con el detalle de llevarle el desayuno a la cama, por ejemplo.

Eona es indecisa, insegura y tiene miedo de tomar la iniciativa por lo que evade el compromiso. Esto se refleja en que en sus pasteles lo que importa es la imagen, la belleza exterior, y no la calidad del pan, que es desabrido y simplón. Rona le dice a Roberto que el sabor del pastel no es lo importante sino como se ve. Roberto contesta en italiano que “el sabor es lo importante, no como se ve, porque ES un dulce”.


Las cosas son, aunque no podamos captarlas en su totalidad y eso merece un respeto para lo que nos rodea, aunque no se pueda comprender a plenitud lo que es externo a nosotros, parece implicar Podeswa tanto en la cinta como en sus declaraciones en México.

Rona toma conciencia del gusto gracias a Roberto y busca un nuevo sabor al pan… pero…


Hay momentos en que ella no quiere comer, donde tiene miedo de Roberto y lo evade. Esto a pesar de que al menos dos personas –Robert y su madre moribunda, que es pintora- le recuerdan a Rona que tiene que tomar una decisión sobre esta relación. La madre es muy clara al respecto: “Nada es perfecto. Mientras más pronto te des cuenta, serás más feliz”.

El diálogo de los ex-amantes Rona – Robert en el parque donde desapareció la niña es determinante. Robert comenta: “Nos usamos para evitar convivir con otras personas”, a lo que Rona responde que la causa de su rompimiento es que “siempre me fastidiabas” presionando para que ella tomara decisiones.


Robert, el homosexual con momentos bi, limpia casas y está obsesionado con el olfato. Es el personaje que en forma más abierta usa su sentido en la búsqueda del amor, del encuentro con el Otro. Revisa a sus distintos amantes (dos hombres y una mujer) y descubre con el olfato que no lo han amado. Pero la búsqueda de Robert no termina allí porque sus mejores momentos se dan cuando aspira con placer de catador varios perfumes exclusivos en la casa de una pareja.


La figura de Robert es tratada por Jeremy Podeswa con mucho respeto y humanidad. En esto, Podeswa sigue una línea constante del cine canadiense en su trato de los personajes homosexuales o bisexuales donde no hay condena sino análisis de problemáticas, simpatía y humanismo. Basta recordar los personajes de Exótica (Atom Egoyan) y de When the night is falling (Patricia Rozema ) también con la participación de la actriz Pascale Bussiéres.


Además, de acuerdo a Podeswa, Robert es el personaje que más claramente quiere atrapar a través de los sentidos algo que es abstracto porque insiste en que “se puede oler el amor”. Esta búsqueda de la objetivización de lo abstracto es un punto importante del núcleo ético y filosófico de la cinta de Podeswa. Es el momento donde el personaje podría o no decir “huele como el amor”.


En mayor o menor medida, el resto de los personajes también están en la misma búsqueda que Robert.

El siguiente binomio es el de Richard y Gail que para el público adulto es el más humano, lleno de matices, y el que logra romper abiertamente con la soledad luego de sufrir los peores temores. Richard es un oftalmólogo que está perdiendo el oido. Esto le lleva a momentos de gran sensibilidad en el oido, capaz de oir conversaciones lejanas.


Al conocer lo irreversible de su enfermedad, Richard deja todo y se concentra en la búsqueda obsesiva de sonidos en el intento de crear una audioteca en su memoria. Elabora una lista con sus sonidos favoritos y trata de recordar cada uno de ellos.

Pero uno de los que más llaman su atención es una voz perfecta de soprano que canta ópera y que se oye en varios momentos del film… No sólo con Robert sino también con Rachel y Ruth. El cuerpo del que sale esta voz queda a la imaginación de los personajes y del público. Esa voz maravillosa que embelesa no tiene cara sino hasta el final de la cinta, cuando Rachel, o la visión, puede finalmente develar el misterio para sí y para los espectadores.

La filosofía y la ética que entretejió Podeswa en el guión y en su película encuentra en esta pareja su manifestación más clara.

La soledad de Richard se incrementa con cada escena. La grabación de imagen y sonido de su hija marca su aislamiento y su necesidad de relación. Su búsqueda solitaria de sonidos marca en parte su fracaso por crear su audioteca.

En un momento de la cinta llama a una vieja conocida –Gail (Pascale Bussiéres), una hermosa prostituta de lujo, call girl o escort-, con quien tiene relaciones. Ya para retirarse Gail, Richard toma la iniciativa, da el primer paso –punto muy importante para Podeswa- para romper el aislamiento e invita a Gail a quedarse para escuchar música, para “compartir” su sentido predominante. Richard le explica su problema y le habla de la lista de la audioteca.


En una actuación matizada, casi sin diálogos y llena de silencios, Pascale Bussiéres (Gail) y Philippe Volter (Richard) logran secuencias sugerentes, cargadas de significado. Podeswa recuerda la teoría del húngaro Bela Balázs, que daba gran importancia al rostro humano vía close up como vehículo para expresar significados no verbales.


En el momento de la invitación Gail se para, piensa y vuelve a sentarse como signo de aceptación. Pero ese momento hay que verlo en pantalla para entender y sentir al personaje. Luego de la iniciativa de Richard, Gail toma una decisión importante en el guión, que logra su peso y significado gracias a la imagen, a la actuación de Bussiéres. Aquí uno recuerda que el cine es imagen, imagen significativa…

A la mañana siguiente Gail aun está allí. El proceso de ruptura de la soledad y del intercambio de debilidades para construir la mutua confianza comienza. Gail lo lleva una la iglesia y regala a Richard el hecho de oir un extrarodinario coro. Richard confiesa que va a extrañar esos sonidos y Gail, sin decir palabra, coloca la mano de Richard en el respaldo de la banca de enfrente; sin despegar su mano, Gail le enseña las vibraciones de la música en el tacto.


Richard abre su interior: “Tengo miedo a tener que depender de otros. Temo que mi mundo se va a encoger”. Bussiéres, con uno de esos rostros investidos de la magia que sólo puede captar la fotogenia del cine le contesta con lenguaje de sordomudos y da la respuesta humana a los temores de Richard: “Hay otra manera de escuchar. Hay otras voces”.

En otra escena posterior es Gail quien explica el por qué de su sensibilidad y del conocimiento del mundo de la sordera: su hija nació sordomuda, pero “te das por vencida o continúas adelante”.

Esta pareja tiene una mejoría evidente, da un paso positivo en su vida individual y se encuentran ambos como seres humanos. Es la historia que mejor encarna las ideas que Podeswa plasma en Cinco sentidos. Si uno se toma el tiempo de analizar la información que entregan los sentidos –aunque son falibles de entrada-, si uno se arriesga a entender al Otro, existe la posibilidad de romper con la soledad, con el aislamiento personal y que el resultado de una relación humana sea positivo, propone el director.

El último sentido, el Tacto, lo ejerce la masajista Ruth Seraph. Sin querer origina el problema del extravío de la niña al atender el masaje de la madre, Anna Miller (Molly Parker), por lo que se liga emocionalmente a su clienta y trata de ayudarla. Pero Ruth ha perdido a su esposo, el padre de Rachel, por lo que tiene también sus propias heridas emocionales.

Intenta acercarse a Anna Miller y entre ambas se da un intercambio de las mutuas pérdidas. Pero mientras Ruth se ha sumergido en el dolor, Anna conserva la esperanza y seguridad religiosa de que su hija está bien. De hecho, es Anna Miller, maestra de Rachel, quien le hace notar a Ruth que el aislamiento perjudica a su hija quien también resiente la ausencia del padre. Anna lee a Ruth un pequeño poema de Rachel publicado en el anuario escolar y Ruth comienza a comprender su error…

A lo largo de la película Ruth también tiene constantes diálogos en donde se expresa la idea “Sé como se siente”, a lo que le contestan “¿Cómo sabe como me siento?”. La masajista maneja quizás el sentido más “íntimo” del ser humano, pues el tacto es el puente más delicado de las personas con la realidad: cuando Uno toca al Otro muchas cosas han tenido que suceder antes entre ambos para llegar a este punto de confianza.


En toda la cinta Ruth sólo atiende a dos clientes. El último es un hombre que, al ser tocado exclama llorando: “Nadie me ha tocado en tanto tiempo…”. Esto, de paso, recuerda el cuento “You touched me”, de D. H. Lawrence.

Ruth, gracias al tacto, puede “sentir” los sentimientos de los otros personajes, por lo que paralelamente es quien más dificultad tiene de liberarse de sus emociones profundas derivadas de la muerte de su esposo.


En el momento en que Ruth puede disfrutar de su propio tacto, otorgado a todos los demás menos a ella misma, es capaz de tocar posteriormente al ser más cercano: su hija.

Cómo se observa en la película, el eje sintagmático de las historias avanza cronológicamente entrecruzándolas en un montaje alterno aunque no simultáneo. Pero la riqueza de la cinta se incrementa porque el tejido de la historia es capaz de contener múltiples significados. Hay pues varias lecturas posibles de situaciones y personajes porque el eje paradigmático Parejas Personajes – Sentido se entrecruza con el cronológico.

Podeswa mantiene en sus escenas un ritmo pausado que no es ni lento ni aburrido, porque las secuencias están realizadas con una regla de oro del cine: “que siempre haya movimiento en el cuadro (sea de acción, de diálogo o cámara)”.


En ese sentido, el manejo del sonido, de la cámara, de la puesta en escena, enriquece la complejidad de los personajes sin recurrir al diálogo en exceso. Hay un equilibrio entre los elementos y, de hecho, muchos momentos determinantes del film se narran con silencio, con miradas, con el puro lenguaje corporal.

Para afirmar los distintos niveles de lectura de la cinta, Podeswa intercala breves escenas de los personajes, donde avanzan o retroceden en su situación existencial. El cinéfilo debe estar atento a estos momentos que son significativos porque muestran cambios en el interior de los personajes, aunque no “avance” la anécdota que se cuenta.


Además, en general, Podeswa filma escenas cortas de la historia de cada uno de los personajes, pero el ritmo interno es pausado para que la vista y el oido DEL ESPECTADOR se adentre en los acontecimientos, en los personajes, en la película misma.

Hay que mencionar la probidad técnica que muestra Podeswa en el diseño y manejo de la producción. La fotografía, como él mismo declaró en entrevista a To2.com (ya desaparecido), maneja únicamente colores fríos y se olvida de los pasteles y brillantes. De esta forma crea un ambiente perfecto para remarcar psicologías y estados de ánimo; las ocasiones donde hay predominio de colores cálidos corresponden a los personajes que cambiaron para mejorar.

Cinco sentidos pertenece a un cine profundo pero no aburrido, da un cine que deja en el espectador inquietudes y un sedimento de ideas de donde surge la reflexión personal. No se trata de una cinta solemne y su contenido, acción y anécdota es muy disfrutable, con lo cual se confirma de nuevo que el cine es una fuente de placer intelectual y emocional.

CINCO SENTIDOS.


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Las aventuras de Tintin / Tintin and the secret of the Unicorn, de steven Spielberg

El Joven Aventurero

Miguel Cane


Cuando los personajes que marcaron infancias de miles de personas a través de un cómic clásico se trasladan a otros formatos como los videojuegos, la TV o la gran pantalla, los retos no son sólo la dificultad de mantener esa magia sino también la de no destruir los recuerdos. Tintín, creado en 1929 por e dibujante belga Hergé, es por lo mismo, uno de los iconos más reconocibles del mundo para varias generaciones. Por lo tanto, el riesgo de trasladarlo con éxito al cien es tan enorme que evidentemente despierta dudas, por mucho prestigio que tengan Steven Spielberg y Peter Jackson. No es cosa fácil no solo contentar a la legiones de fans, también usar la técnica de capture motion (que no siempre queda bien) y además añadirle el toque de 3D que puede incluso afectar, para mal, el resultado final (véase la Alicia de Burton como ejemplo de esto). Hacer que un personaje de comic quede bien “como humano” es casi imposible y eso lo debió pensar Spielberg muy bien. Acierta con la cinta y consigue hacernos volver un poco a la infancia e interesar desde el inicio, con unos créditos excelentes. Desde ahí, el espectador viaja directo a recorrer aventuras con el reportero más valiente y su fiel mascota Milú, junto a un Haddock memorable y unos gemelos Hernández y Fernández torpes pero altamente creíbles.






De realización primorosa, con un maravilloso atractivo visual, Las aventuras de Tintín es un espectáculo formidable y muy fiel al material de origen, agregándole soberbios momentos de acción –la batalla naval, la persecución en el mercado...– que agraden a la generación más joven, acostumbrada a subirse a la montaña rusa cada vez que paga una entrada de cine. En cuanto a la animación 3D, los creativos de WETA Digital humanizan con tal eficacia a los personajes, que por momentos uno olvida que es animación. En otras películas que recurren a la técnica de captura de movimientos se advierte esa frontera que distancia a las animaciones realistas de los humanos de carne y hueso, como pasó en Beowulf. Pero aquí la naturalidad de los personajes que vemos en pantalla e impresionante.


El guión de Steven Moffat, Edgar Wright (el director de Shaun of the Dead y Scott Pilgrim contra el mundo) y Joe Cornish condensa tres de las aventuras más inolvidables del famoso personaje: El cangrejo de las pinzas de oro, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo y mantienen la atmósfera y la esencia del cine de aventuras más entrañable, pero acercándolo a la generación actual, que no está acostumbrada a este tipo de narrativa. Otro de los elementos que transmite el espíritu aventurero del periodista es la música de John Williams, que sorprende una vez más con una banda sonora que otorga ese ritmo trepidante a las aventuras de Tintín, pasando desapercibida durante la búsqueda de pistas y volviéndose un elemento fundamental en momentos de mayor tensión como los enfrentamientos climáticos. Williams consigue encontrar temas emblemáticos y usarlos con presteza.

Ciertamente habrá versiones dobladas, como ocurre con el cine “familiar” que se estrena en México, pero a los fans de hueso colorado y a los interesados en el cine de aventuras, les recomiendo verla en inglés con subtítulos. Vale la pena disfrutar de los acentos de Jamie Bell (como TinTin), Andy Serkins (el enorme Capitán Haddock), Daniel Craig (el malévolo Sakharine) y Nick Frost y Simon Pegg (los detectives Thompson y Thomson). No es exagerado decir que el mismísimo Hergé estaría orgulloso de esta película. Y los admiradores de la serie, tanto los ocasionales como los acérrimos, quedarán satisfechos, además del público general y multitudes totalmente ajenas al personaje, que ahora será aún más célebre globalmente. Tintín volverá con más películas, eso seguro. Y con un poco de suerte, serán parecidas a ésta.

Las aventuras de Tintin / Tintin and the secret of the Unicorn
Con Jamie Bell, Andy Serkis, Nick Frost, Simon Pegg y Daniel Craig
Dirige: Steven Spielberg
Estados Unidos, Bélgica, Nueva Zelanda 2011

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jueves 27 de octubre de 2011

Contagio / Contagion, de Steven Soderbergh

Ahí viene la plaga

Miguel Cane


En un bar del aeropuerto O'Hare de Chicago, una mujer (Gwyneth Paltrow) habla por teléfono con un hombre con el que tuvo un encuentro romántico, pocos minutos antes de tomar el vuelo que la llevará a casa, en Minneapolis. Se llama Beth Emhoff y es ejecutiva de relaciones públicas de una compañía transnacional. Viene de Hong Kong, donde estuvo por negocios. La vemos llegar a casa, besar a su marido, Mitch (Matt Damon), y a su hijo pequeño. Cuarenta y ocho horas más tarde, yace en una camilla de hospital, convulsionándose, con una fiebre elevada y muere, aterrorizada. Este es solo el principio: sin imaginarlo, ha contagiado a otras personas que, en Kowloon, Tokyo y Londres, están esparciendo el virus a una velocidad inusitada.

Así es como empieza la más reciente cinta de Soderbergh, un thriller sólido e inquietante, con elenco multiestelar, en la tradición de aquellos filmes de desastre que produjera Irwin Allen en los 70 – técnica muy útil, ya que al tratarse de varias tramas las que giran en torno a un evento como hilo conductor (en este caso, la epidemia) no hay mucho tiempo para exponer la historia de cada personaje y las caras conocidas ayudan al espectador a seguir mejor la narrativa – que, a la manera de Tráfico (que podría decirse es una cinta hermanada con ésta) no tiene un protagonista: todas las historias importan; la del viudo Emhoff, que extrañamente se sorprende inmune al virus y es testigo de la caída en caos de la civilización, la de Erin Mears, valiente médico del CDC (Kate Winslet) que sigue su investigación aún en contra de la burocracia imperante en Estados Unidos, la de su jefe (Laurence Fishburne), como escudo humano ante el pánico inminente, la del cínico blogger (Jude Law) que se dedica a cultivar ese pánico en propio beneficio, la de la modesta epidemióloga (Jennifer Ehle) que entra en una carrera contra el tiempo para buscar una cura. Acaso la menos interesante sea la de Marion Cotillard como una agente de la OMS que se convierte en una pieza importante en el desarrollo de la trama en Asia – aún así, su subtrama no está desprovista de interés.


Soderbergh y Scott Burns construyen una estructura estremecedora y ágil. A la cinta no le sobra metraje y los cambios que hay entre situaciones, marcados por la paleta de colores y el uso de distintos tipos de cámara, funcionan para dar una inmediatez casi documental a la cinta, que sin ningún problema puede calificarse como una historia de terror, solo que son zombis, vampiros, brujas u otros seres imaginarios: aquí el terror es esa angustia cotidiana que se sale de control y todo lo permea. Ahora bien, no faltará quien acuse a Soderbergh de perder el ritmo (en realidad, lo contiene y controla) o de que hay mensajes moralinos y “facilones” encajados en la trama ('El adulterio mata', etc.) pero eso está sujeto a lecturas muy subjetivas: objetivamente hablando, esta fábula es tratada con seriedad y sin histeria.


El resultado es fascinante no sólo en el aspecto técnico sino también actoral – de hecho, pese al impresionante reparto, quienes se la llevan de calle son Laurence Fishburne y la formidable Jennifer Ehle, de quien ya se habla como una fuerte candidata al Oscar como mejor actriz de soporte [recordemos que Benicio del Toro obtuvo el suyo como mejor actor de soporte hace una década, precisamente por Traffic] y que sin duda lo amerita: su interpretación es emocionante sin caer en el melodrama, valerosa y modesta.


Soderbergh es un director dotado para hacer este estilo de cintas, muy Altamaniano, y no le falla el ojo, ni en la selección de actores, ni en la manera de contar su historia. Se trata de un filme adulto, inteligente, bien documentado. Quizá no cumpla la promesa que grita el marketing, ofreciéndola como una pesadilla espeluznante – que lo es, pero no lo que la gente espera habitualmente de un estreno comercial – y esto hará que algunos se sientan estafados o “aburridos”. Esto, naturalmente, no es culpa del filme, que se sostiene muy bien como una mirada impasible a nuestros horrores, que no nos exonera.

Contagio/Contagion
Con: Matt Damon, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet, Laurence Fishburne, Marion Cotillard, Bryan Cranston y Jennifer Ehle.
Dirige: Steven Soderbergh
Estados Unidos 2011


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martes 18 de octubre de 2011

Descubriendo a Jennifer Ehle

Aunque es una “cara nueva”, el gran hallazgo en Contagio, impactante nuevo filme de Steven Soderbergh, no es ninguna improvisada.

Miguel Cane


Puede ser que a muchos habituales del cine comercial el nombre de esta actriz – cuyo apellido se pronuncia “Íli” y no “´Él”, señala, divertida – no les resulte familiar, pero para los devotos del circuito de cine de arte y del teatro, sí que tiene peso. No por nada; esta distinguida anglo-estadounidense (Carolina del Norte, 1969) es hija de una reconocida actriz de Broadway – la inglesa Rosemary Harris – y el célebre novelista estadounidense John Ehle, e hizo su debut en escenarios a los pocos meses de nacida, en una temporada de Un tranvía llamado deseo, en la que su madre interpretara a Blanche DuBois. Desde entonces, Jennifer ha trabajado incansablemente. Es recordada por muchos como una excepcional Elizabeth Bennet en la adaptación hecha en seis capítulos de Orgullo y Prejuicio, la novela de Jane Austen, en 1995. Ahí compartió créditos con Colin Firth (en lo que muchos han calificado como la versión definitiva de Mr. Darcy) y tuvo su primer roce con la celebridad; casada con el escritor Michael Ryan desde 2001,vive en Nueva York y es madre de dos hijos pequeños, lo que ha limitado sus apariciones en cine, mas no así en teatro, donde ha obtenido dos premios Tony (en 2000 y 2008) y ha trabajado con intérpretes de la talla de Kevin Spacey, Liev Schrieber (juntos fueron los Macbeth en una versión espectacular montada como parte del festival Shakespeare in the Park en 2007) y Angela Lansbury, lo mismo haciendo tragedia, comedia, que teatro musical -- “¡nada mal para una niña que solía cantar “Aquarius” con un disco de Hair!” se ríe – y cosechando un notable prestigio, que no se había trasladado del todo a la pantalla grande – aunque ha trabajado a las órdenes de Neil LaBute (Posesión, basada en la novela de A. S. Byatt), Itsván Szabó (Sunshine) y Tom Hooper, en la galardonada El discurso del rey – hasta ahora, que tiene el rol de la doctora Ally Hextall, uno de los personajes clave de la ecléctica y enorme cinta de Steven Soderbergh Contagio, que se estrenó en el pasado festival de Venecia y ha tenido éxito alrededor del mundo, pintando un mural escalofriante de lo que ocurre cuando un virus de desconocido origen mata casi 30 millones de personas en tres semanas, algo que no está muy lejos de la paranoia habitual en los medios y que fue uno de los temas que la atrajo al proyecto.

Jennifer Ehle in Focus Films' Possession



¿Por qué Contagio? Supongo que tu agente te hace llegar varias ofertas y tú eliges... ¿por qué esta?
No son tantas como creerías (se ríe). Conozco a Steven Soderbergh y he sido su admiradora desde hace años, cuando vi Sexo, Mentiras y Video. Yo tenía veinte años y pensé que tenía un estilo muy especial de hacer cine, que me gustaba. Un lenguaje más inmediato. Luego vi Traffic y me fascinó. Nos tratamos socialmente y un día le dije, “cuando tengas algo, estoy disponible” pero se lo dije como se lo dice un actor a un director con el que le gustaría trabajar y tiene la oportunidad de decírselo. Esto no quiere decir que vaya a ocurrir. Me envió el guión con una nota muy breve, me dijo que leyera y habláramos, que tenía algo en mente. Eso fue todo. Claro, me intrigó. Así que leí el guión. Pensé que me tomaría un par de días o así, pero llegó un momento en que no me podía levantar del sillón, tuve que pedirle a mi marido, “cariño, ¿te importaría llevar a los niños a cenar fuera?” y quedarme ahi. Fue fascinante. Todas estas historias que se van entrelazando, para mostrar esta pesadilla tan enorme en diversos puntos del planeta. Tantos personajes interesantes. Lo que más llamó mi atención es que no hay, como en Traffic, un protagonista. Todos los personajes tienen una historia que contar. Terminé de leer y estaba sin aliento. Es, definitivamente, uno de los diez mejores guiones que he leído. El lunes, recibí una llamada de Steven. No de su gente, sino de él directamente. “¿qué te pareció?” le dije que me parecia estupendo. Supuse que me querría para un papel pequeño: la mujer que contrae el virus en Macao y lo traslada a Chicago [el papel fue interpretado por Gwyneth Paltrow], o la esposa de alguno de los investigadores; soy realista, me ofrecen roles de esposa, de madre. Y está bien, puedo hacer esos, claro. Me dijo que no, que quería que fuera la epidemióloga del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, que descubre la vacuna tras experimentar consigo misma. Le dije que seguro estaría bromeando, y todo lo que me dijo fue “¿cuándo vas a estar disponible? Empezamos a rodar en dos meses.” No pude decirle que no.



¿En qué consistió tu preparación para el personaje?
Creo que aquí es muy importante decir que tanto Steven como Scott Burns, que escribió el guión, se aseguraron de que todos los aspectos científicos de la película fueran correctos. Que no hubiera ninguna falsa representación de los hechos. Creo que eso es lo que contribuye más al impacto de la película, ¿sabes? Porque lo que vemos en pantalla es prácticamente real, puede ocurrir. Eso es algo muy importante. Cuidaron todos los detalles y nosotros, los actores, teníamos que buscar la manera de sustentar ese plan. Concerté una cita con el doctor Ian Lipkin, que es epidemiólogo en la Universidad de Columbia. Tuvo la gentileza de recibirme en su oficina, y de ser, durante dos semanas, mi maestro en toda la terminología que mi personaje necesitaría manejar, así como en el uso del equipo de laboratorio, porque yo no tenía ni idea. Lo encontré fascinante. También hablé con Steven acerca de mi personaje; ¿quién es Ally Hextall? ¿De dónde viene? ¿Cuáles son sus pasiones, sus motivos para hacer lo que hace? La vi un poco como esos investigadores visionarios, como Jonas Salk, el creador de la vacuna contra la Poliomielitis. Ally es hija de médico, sabe que esto es lo que tiene qué hacer, por eso no sucumbe al pánico. Y lo que hace, es con una enorme empatía por la humanidad, no por un reconocimiento o un premio, un Nobel. Lo hace casi anónimamente – si por ella fuera, estoy segura, de que ni siquiera dejaría que se supiera su nombre – por el gran bien común.


Pero Ally se perfila como la heroína secreta de la película. Es un gran logro.
Sí, bueno, pues en parte por eso no creí que me fuera a ofrecer ese papel. Pensé que sería algo que le ofrecerían a Kate Winslet, por ejemplo. A alguien con un rostro más “familiar”. Además, no es una película con un solo protagonista. Hay un gran cuadro de actores. Matt Damon, Kate, Laurence Fishburne... creo que hasta las breves escenas de Gwyneth, que dan pie a la trama, son de gran calibre. Yo no sabía hasta ver la película completa, cómo iba a quedar y Jude Law me impresionó muchísimo. Es bueno que haya muchos rostros famosos, eso la hace más inmediata para el espectador, sobre todo, porque no hay tiempo de contar demasiado sobre los personajes, todo va sobre la acción, el virus que se extiende.

Ahora te empezamos a ver en muchas partes: aquí, en El discurso del rey, en Los idus de marzo, en una serie de TV... ¿cómo te sientes al respecto?
Yo sigo siendo la misma de siempre. Mucha gente piensa que por dedicarte a esto, salir en películas, eres una celebridad y nadas en dinero. Ojalá eso fuera cierto para todos. Habemos algunos que tenemos hipotecas y seguros médicos qué pagar, hijos que llevar a la escuela. Somos gente ordinaria, con un trabajo que es destacado a veces, pero que tiene muy poco de glamoroso. Si ahora me van a reconocer más, está bien. Me confunden mucho con Meryl Streep [el parecido entre ambas es sorprendente], así que estoy acostumbrada a que me paren en la calle para decirme que les encanté en El diablo viste de Prada (Risas). Supongo que será simpático que lo hagan por algo propio, para variar. (Más risas)

Tú eres muy selectiva, de cualquier forma, con tus proyectos.
Sí. Eso obedece no a otra cosa, mas que al hecho de que decidí tener una familia. Mis hijos son pequeños, así que procuro tomar proyectos que me permiten estar cerca de casa. Por eso no hice Juego de Tronos. Mi hija Talula tenía un año de edad y yo iba a tener que pasar meses rodando en Irlanda. El personaje que iba a realizar (Catelyn Stark, la matriarca de la serie) aparecía mucho. No quise estar tanto tiempo lejos de mi casa. Me apenó tener que dejar el proyecto, porque además tenía mucho éxito comercial asegurado, pero hay cosas con las que no transijo. Una, es mi familia. Van primero. Antes que el estrellato, que al final de cuentas, dura bastante poco.

¿Y tu verdadera pasión? ¿El teatro?
¡Ni duda cabe! Hacer cine es muy bonito y divertido y rápido. Pero nunca se compara con la adrenalina de cada noche en teatro: cada que se levanta el telón es como si fuera un estreno. Siempre, siempre, el teatro. Es un amor inexplicable, obsesivo. Solo los que se paran en un escenario podrán entenderlo. El espectador comparte y le damos lo mejor que podemos, pero como el furor que te provoca estar en escena ante ellos, creo que no hay nada comparable.

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West Side Story / Amor sin barreras cumple 50 años

Quiero vivir en América

El legendario musical de Broadway celebra sus bodas de oro con la pantalla gigante, tan vibrante como en su estreno

Miguel Cane


Romeo y Julieta, la arquetípica historia de amantes contrariados concebida por William Shakespeare en el siglo XVII, ha resultado ser la fuente de la que han brotado las más diversas historias de amor, siempre con la misma vertiente: cómo la fatalidad se atraviesa en el sendero pasional de una pareja joven e impulsiva, con catastróficos resultados. Como es natural, la trama la hemos visto muchas veces, aunque nunca ha sido de un modo tan sensacional como en su adaptación a uno de los musicales clásicos más aclamados en la historia del teatro, que celebra su 50 aniversario de haber sido llevado a la gran pantalla, convirtiéndose en filme legendario.




Por supuesto, estamos hablando de West Side Story - Amor sin barreras, concebida para los escenarios por la legendaria terna de Arthur Laurents, Stephen Sondheim y Leonard Bernstein, que es considerada una mítica joya de Broadway desde su estreno original, amén de contar con una extraordinaria versión cinematográfica realizada en 1961 por Robert Wise, que convirtió a la hoy extinta (y para siempre hermosa) Natalie Wood en figura icónica de su momento, al tiempo que redefinía totalmente el género, inaugurando una era de cintas musicales modernas y maravillosas que incluye filmes excepcionales como My Fair Lady, La novicia rebelde, Dulce Caridad o la mismísima Cabaret.


Fue en 1957 cuando surgió la idea de crear una versión musical y contemporánea, de la tragedia romántica por excelencia, adaptada a la Manhattan en ese entonces moderna (que, como todo el mundo sabe, hoy en día ya no existe mas que en documentos de la era, como son obras teatrales, novelas y películas), valiéndose del tema pungente en titulares – de ayer y hoy, algunas cosas no han cambiado – de la violencia urbana que crecía entre las juventudes locales. De este modo, en la hermosa película realizada en Panavision y a todo color, lo que fueran las aristocráticas y enfrentadas familias veronesas de Montescos y Capuletos pasaron a convertirse en las pandillas de los Jets y los Sharks en un encarnizado duelo por mantener el control de sus barrios en el lado oeste de Manhattan (en aquél entonces sede de familias de clase trabajadora, inmigrantes extranjeros y algunos bohemios, hoy convertida en refugio de millonetas y estrellas de cine), mientras que la pareja de enamorados separados por las circunstancias se transforma en la conformada por el noble y generoso Tony (Richard Beymer, a quien algunos recordarán como el sórdido y pervertido Benjamin Horne, en el adictivo y surrealista teledrama lynchiano Twin Peaks) y su bienamada María, la dulce y sensible costurerilla portorriqueña que sueña con el amor porque es lo más cerca que ha estado de él, hasta que conoce al joven repartidor de un delicatessen, que con ternura le abrirá el corazón y le cambiará la vida para siempre (una interpretación monumental de la Wood, que estaba recién salida del set de Esplendor en la hierba, donde el enormísimo Elia Kazan la hizo pasar por un colapso mental frente a la cámara como la noviecita despreciada y malquerida de ese dios efebo que era Warren Beatty).


Lograr una ambientación totalmente moderna para lo que podría haber sido un cliché, fue un triunfo que no pasaría inadvertido y que, aún hoy, sigue cautivando al público, tanto así como la espectacular y cuidada coreografía de Jerome Robbins (que compartiría, en la versión cinematográfica, crédito con Robert Wise como director), misma que crea auténticos cuadros caleidoscópicos de poesía en movimiento con cada uno de los actores en escena – incluyendo a George Chakiris como el obtuso Bernardo y la sensacional y vivaz Rita Moreno como Anita, en interpretaciones que ganaron Oscar – lo que provoca una descarga de adrenalina en el espectador.


Pero para lograr su hechizo insuperable, la obra no sólo se vale de esto, también se apoya en lo que en su momento fueron nuevos géneros y estilos musicales, que vinieron a romper todos los esquemas de las puestas en escena como ésta: así, Bernstein se vio versátil y lo mismo experimentó con el jazz, la música pop y los ritmos tropicales (después de todo, estos chicos vienen de la isla del encanto), sin dejar de lado el ‘crescendo’ orquestal; todo esto acompañado por un libreto que aborda una crítica social que no pierde vigencia: aunque sean alegres y vibrantes, las letras del incorregible y observador Sondheim con dulcísimo sarcasmo hablan sin eufemismos sobre el racismo y el clasismo (la maravillosa ‘I want to live in America’, con todo y su cadencioso movimiento), sobre la violencia que irrumpe en las calles, la falta de comunicación entre generaciones (‘Officer Krupke’), el coqueteo con las drogas ('Cool'), la desintegración de la familia tradicional, el alegre vandalismo, la insatisfacción y el deseo de ser algo más (la encantadora ‘I feel pretty’, que con sus letras de doble y hasta triple sentido se ha convertido en favorito de alegres vodeviles homosexuales) y, por supuesto, el amor en toda su sobrecogedora devoción, representado por temas memorables como son ‘Tonight’, ‘María’y la conmovedora ‘Somewhere’, que han trascendido convirtiéndose en parte del repertorio de algunos de los más aclamados cantantes de música popular en el mundo, como Frank Sinatra o Barbra Streisand, que las incorporaron a sus presentaciones en vivo desde hace muchos años (aunque hay que apuntar que ni Beymer ni Wood cantan: son doblados por Marni Nixon y Jimmy Bryant).

La película, que no parece haber envejecido al cumplir sus bodas de oro con el público, muestra cómo la tragedia y el amor conviven tomados de la mano, uno sin excluir al otro, en tres horas de deleite, de emoción, que alegran y estrujan al corazón, lo cual es la razón principal de existir del cinema, y este es un ejemplo de que un clásico no tiene porqué perderse en el olvido y que de hecho, vivirá por siempre, en todas sus manifestaciones.

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viernes 14 de octubre de 2011

Bajo la piel de Pedro Almodóvar

Almodóvar da un nuevo giro a su filmografía y estrena La piel que habito, un thriller que sigue fiel a sus obsesiones y, al mismo tiempo, las desmantela.

Miguel Cane

Pedro Almodovar


La carrera de Pedro Almodóvar (Calatrava, 1949) ya suma tres décadas y a lo largo de ésta ha creado filmes que van de auténticas obras maestras como La Ley del Deseo, Todo sobre mi madre, Mujeres al borde de un ataque de nervios y Hable con ella, hasta indulgentes ejercicios en sordidez y provocación como La Mala Educación o Kika. Ahora, veintiún años después de haber rodado Átame, se reencuentra con Antonio Banderas, actor al que dio carrera internacional, que interpreta a un célebre cirujano plástico que experimenta con una paciente secuestrada (Elena Anaya), pero cuyas intenciones son mucho más retorcidas de lo que es aparente.

Pedro Almodovar directs Sony Pictures Classics' Talk To Her


Esta tiene que ser su película más negra y siniestra, ¿por qué una historia así?
Hay que hacer lo que pide el corazón. El género negro ha dado grandísimas obras maestras y me apasiona en mi madurez; si tengo que pensar en el cine que he visto en los últimos meses predomina. He llegado ahí por vocación, como a todo en mi vida.

La piel que habito habla de nuevo del deseo, tema almodovariano por excelencia.
Es que el deseo, para bien o para mal, es uno de los motores más potentes de la naturaleza humana. Puede hacer que un individuo se convierta en un héroe o en un monstruo. En el caso del personaje de Antonio, su deseo es inconsciente. Es un psicópata que no concibe la idea del dolor. El deseo puede darte una fortaleza tremenda o convertirte en alguien vulnerable porque no quieres defenderte.

Director Pedro Almodovar of Sony Pictures Classics' Volver


También hay homenajes al cinema de terror clásico. Polanski, Fanjul, Torneur, Hitchcock...
Naturalmente. Es uno de mis géneros favoritos, pero el que se hace ahora me disgusta. Es muy burdo, muy cerril. El cine de todos los que mencionas y otros, como Clouzot y Murnau y Tod Browning es el que me gusta más en el género. Más expresionista, más turbador. De hecho, estuve a punto de rodar la película en blanco y negro. Hay filmes realizados asi que abordan la angustia y el miedo sin trucos visuales, de forma lírica e inquietante en su atmósfera: The Innocents, Repulsión, ¿Qué fue de Baby Jane?, Los ojos sin cara, claro está... Eso me conmueve más que el gore a todo color con zombis o psycho-killers.

¿Qué tal la reunión con Banderas? ¿Habrá encore después de esta?
Antonio sigue siendo el mismo crio que era hace treinta años en el mejor de los aspectos. Sigue siendo la misma persona. Tiene, sin embargo, una madurez adquirida que se presta muy bien a lo que hace, y en la película aporta un aspecto nuevo de su interpretación, que me gustó mucho. Sí, tengo muchas ganas de que trabajemos de nuevo. Me lo ha pedido él y mis hermanos y mucha gente por la calle, así que voy a tener que hacerlo. Hay un tono que él hace muy bien, la comedia. Tengo cuatro guiones sin terminar, uno es una comedia. Es muy posible que sí, que lo hagamos.

Director Pedro Almodovar 2006 Toronto Film Festival


¿En qué lugar de su carrera situaría esta película?
No lo tengo muy claro, ¿sabes? Cuando inicias un rodaje no piensas "voy a hacer una obra maestra", sino en problemas más concretos y prosaicos, que son muchos: producción, localizaciones, logistica, qué va a comer el equipo, si lloverá.. Lo que más me importa es si me reconozco dentro de una película, no sentirme ajeno a mi obra. Después ver si el resultado final se corresponde con algo tan abstracto como un guión. Mi vida al cien por cien está dedicada a esta profesión.

¿Qué es lo que más desea como realizador en este mundo tan volátil?
Esto es para lo que vivo, y de lo que vivo. Es una pasión que absorbe todo. Yo lo que quiero es enfrentarme a historias que me estimulen, como en este caso, la novela de Thierry Jacquot, que no me pude sacar de la cabeza por años y años, y en cierto modo, poder ser el motor de esas historias, sin tener imposiciones ajenas. Al cine del futuro lo que le pido es que no pierda la pasión de la que te hablo.

Pedro Almodovar


En sus filmes siempre hay referencias cultas: aquí son a Alice Munro, a Buika, a las esculturas de Louise Bourgeois... ¿Como lo hace compatible con esta época de Internet, de abierto desprecio a la cultura, con una industria cinematográfica supeditada al taquillazo nuestro de cada viernes en Hollywood?
Como creador tengo que adaptarme a las circunstancias impuestas, que están lejos de ser las ideales. Sobre todo para la cultura. Imagínate qué penosas perspectivas tiene un chico que quiere ser director de cine hoy día... La desensibilización que mencionas, es grave y la tenemos clara. No es que el Internet sea satán ni muco menos. Hay aspectos relacionados que son importantísimos para la vida diaria, la democracia y el desarrollo. Y otros muy negativos. Unos gamberros violan a una chica y cuelgan el vídeo en el Youtube. Eso es horrendo y debería prohibirse por ley. Pero tener acceso a Internet equivale a lo que veinte años atrás era la libertad de prensa. Yo, como director de cine, si hoy empezara, en vez de rodar con Super 8 como hice, tendría una cámara de iPhone y colgaría videos. No te puedes imaginar lo que significa para el que empieza que tus trabajos se vean sin pasar por un intermediario. Hasta ahora ha habido miedo para articular una ley contra la piratería. Hay que cuidar los medios digitales, porque las películas se promueven ahora de otro modo. Quiero pensar que habrá sentido común para regular esa situación, de momento, los autores estamos con el culo al aire. Legalmente, no se nos protege.

¿Y el papel que juega la cultura en su obra?
Efectivamente forma parte del guión y ayuda a los personajes, como a mí mismo me ayuda a vivir. Ya sea una canción, un libro, una coreografía de Pina Bausch o la obra de Louise Bourgeois. Pero no es necesario saber de qué se trata para poder disfrutar de la película, ¿me explico? El espectador desde el momento en el que paga una entrada y se sienta, ya es parte de la pelicula. Pero disfrutará más si tiene un marco referencial cultural más amplio. Aunque no es la regla. Soy realista. Sé que el público actual se interesa por otras cosas, que muy poco tienen qué ver con lo que me gusta a mi. Aunque, como en todo, hay excepciones y uno como creador debe liberarse de prejuicios. Toda vez que la cinta se exhibe, ya no es tuya. Es de quienes la ven en una sala.

¿Cómo ha cambiado la relación entre su vida y su obra, treinta años después, Pedro?
Mira, uno tiene una edad. Tú eres aún muy joven, pero no tanto como para no entender lo que te digo con esto, ¿verdad? Como dijo Martin Amis: “la vida de pronto te sucede” y es verdad. Te va cambiando y afecta al tipo de historias que cuentas. Las que hago ahora, más o menos desde Todo sobre mi madre, que fue hace cuanto... ¿diez años?

Doce, de hecho. 1999.
Anda vete, ya doce. ¿Ves a lo que me refiero? De ese tiempo a esta parte, es muy distinto todo, al tipo de cine que hacía en los ochenta, y que mucha gente espera que repita. Pero mis películas no se parecen en absoluto. Incluso cuando escribo otras cosas hasta el tono es diferente. Velo aquí. En esta película el tono es inquieto, lúgubre. No lo he decidido yo, solo intento ser lo más honesto que puedo y esta historia obedece a ciertas reglas. Hay una mayor introspección, mi vida la hago más dentro de mi casa que fuera. En los ochenta era una fiesta. Se puede decir que uno va madurando, si queremos verlo así.




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