15 ene. 2009

Sonámbula, La., de Fernando Spiner

Para Verónica Rada, promotora incansable del buen cine de su país: Argentina.

Por Francisco Peña

Ante La Sonámbula, de Fernando Spiner, el cinéfilo se encuentra frente a una ópera prima de extraordinaria madurez.






La Ciencia Ficción cinematográfica fue durante mucho tiempo terreno exclusivo de las culturas anglosajonas, pero en los últimos años otras cinematografías han abordado el género o han tomado elementos del mismo para sus propias cintas.

El caso de este film argentino muestra como una cinematografía nacional puede crear un film de Ciencia Ficción digno, de muy buena factura, sin recurrir a los excesos de los efectos especiales y basado en una historia inteligente, ya que una buena trama es el sello de las mejores obras del género tanto en la literatura como en el cine.

La sonámbula arranca se ubica en 2010 en un estado con características totalitarias. Dicho estado ha efectuado una serie de experimentos que dan por resultado que 300 mil personal tengan amnesia y olviden todo. Ante el desastre, el estado busca rehabilitarlas por medio de terapias.

Sin embargo, abajo se oculta un movimiento de resistencia encabezado por un mítico personaje: Gauna. Se llama a descubrir lo que verdaderamente implica la manipulación terapeútica del estado y a abandonar las ciudades en busca de la verdad.

El argumento de la cinta puede leerse como una alegoría de la resistencia ante los gobiernos militares argentinos, y como una búsqueda de la recuperación de la memoria de una sociedad. Si se contaba con que el paso natural del tiempo creara el olvido de todo lo que en Argentina ocurrió, la cinta muestra que el control de la memoria escapa al estado porque hay un depósito individual incontrolable.

En ese sentido, el paso del tiempo va en una dirección y la memoria en otra. El recuerdo trata de recuperar lo que realmente ocurrió y de escapar a las versiones oficiales. En ese sentido, es perfectamente válido leer este film en la clave alegórica de la situación política argentina que se derivó de los regímenes militares.

Pero, además de leerse en esa clave, La Sonámbula también es una obra de Ciencia Ficción con fondo de drama psicológico. Del género, la cinta toma elementos que son clásicos: científicos manipuladores, agentes del estado, antihéroes, viajes iniciáticos, ciudades atestadas. También se pueden citar obras como 1984 (Orwell), los cuentos de Ballard, fragmentos de Silverberg y Sturgeon, etc.

Pero el logro de La Sonámbula es usar elementos conocidos del género y crear una historia propia, realizada con eficacia. La cinta comienza en blanco y negro, en una ciudad donde una parte de la población ha perdido la memoria, por lo que se implementan terapias para el recuerdo. Pero detrás de los médicos está el aparato del estado en busca del líder de la subversión.


Al instituto va a parar Eva Rey, la sonámbula (Sofía Viruboff). De inmediato se le detectan recuerdos y sueños de una densidad y colorido fuera de lo común, además de que sus sueños pueden ser premonitorios y parecen ligados al líder que busca el aparato estatal.

La relación entre el investigador y la paciente está bien contada, con buen uso de los recursos cinematográficos como la visualización de la computadora, la mezcla de color y blanco y negro en la pantalla, una edición adecuada y un magnífico trabajo de fotografía.

Los recursos plásticos y los efectos especiales no se usan por sí mismos -ni para apantallar al espectador- sino que se usan para enriquecer la trama y dar un carácter onírico a esa realidad futura.


En la trama se mezcla Ariel Kluhe (Eusebio Poncela), un delator al servicio del estado. Ariel es otro amnésico, que vive con su mujer e hijo, pero que no está seguro de estar relacionado con anterioridad a ellos. Su familia es rehén del estado para que acompañe a Eva, ya libre, en la búsqueda del mítico líder Guana. Ariel lleva un dispositivo en el cuerpo para ser rastreado por el aparato policial del estado.

Para huir, Ariel localiza a Eva en un barco, pero la fuga que acepta el policía estatal Santos se ve entorpecida por dos policías aduanales mujeres. El gancho de la trampa es el sexo mismo, donde la mujer policía implica una especie de impotencia general masculina que no afecta a Ariel. Una temática extraida en parte de la Nueva Ola de la CF en sus planteamientos más feministas, curiosamente.

Del opresivo ambiente de ciudad, Eva y Ariel viajan al mítico Sur argentino, de estancias y grandes extensiones de tierra. Es un viaje en busca del sitio que sueña y recuerda Eva: una casa llena de verdor, una pequeña ciudad que no aparece en los mapas, de nombre Saavedra.

El viaje es iniciático. Los personajes se enamoran mientras el espectador observa los mutuos ajustes psicológicos al nuevo entorno. Ariel es quien más cambios sufre por conocer sus órdenes secretas, Eva vuelve a la vida por sus sentimientos.

Los cambios ecológicos son impresionantes. El director Spiner habla de un Sur desolado, sin habitantes, con troncos de árboles que se sumergen en pantanos. Las estancias abandonadas se suceden, los poblados muestran sus calles inundadas. Hay una imagen clave: una bandada de miles de pájaros que sobrevuela a los protagonistas.


Esta última imagen tiene gran fuerza evocadora. Enmedio de un paisaje desértico, en el silencio, los personajes bajan del automóvil. De pronto, del horizonte surgen miles y miles de pájaros que pasan por encima. No es una evocación de Los pájaros de Hitchcock. Es una manifestación de que la naturaleza ha tomado otro curso distinto, desconocido e incontrolable. La cantidad de animales hace que el espectador intuya la magnitud del cambio.

Esta escena refuerza el argumento de que los efectos especiales son utilizados para enriquecer la visualización de la historia y no por sí mismos. Esta es una de las virtudes evidentes de La sonámbula.

A lo largo del viaje, donde los personajes descubren su mutuo amor, sólo hay una escena de cama. Ambos llegan a un hotel que la única construcción en esa zona. La escena de amor está intercortada con los sueños de Eva, en otra cama, en otra casa. El montaje mezcla elegantemente las dos realidades: el tiempo real y la memoria... Pero el espectador aún no tiene la certeza de cual es cual dentro del universo narrativo de los personajes.

El momento llega para los amantes en el que tienen que decidir en cual de los dos mundos deben actuar o habitar. En ese sentido, el final de la cinta podría sentirse como anticlimático. Pero el espectador, antes de juzgar, debe recordar que esta es una cinta argentina, y que el guión tiene otras fuentes de inspiración más cercanas que la propia Ciencia Ficción.

El final de La Sonámbula abreva en las raíces de la literatura argentina, en la obra de imaginación que construyeron Borges y Bioy Casares -juntos y separados-.

Las realidades que se viven y se piensan se mezclan adecuadamente en La Sonámbula. El final evoca cuentos de Borges como, por ejemplo, El otro (en El libro de arena). El remate de la cinta no es extraño a la Ciencia Ficción, pero se adentra más en los laberintos de la mente, del sueño y de la imaginación que crearon estos dos escritores argentinos.

Los juegos de tiempo, memoria, recuerdo y olvido están plenamente justificados. Lo interesante es que La sonámbula pueda evocar sus fuentes y, a la vez, sentirse como una reelaboración original de las mismas.

La Ciencia Ficción no es un terreno literario y cinematográfico que sea propiedad exclusiva de las culturas anglosajonas. La Sonámbula demuestra que si hay una Ciencia Ficción latinoamericana, capaz de armonizar los temas reconocidos del género y las preocupaciones particulares de una sociedad sudamericana.

Dentro de la agitación que parece marcar un resurgimiento del cine latinoamericano, La Sonámbula es una cinta que muestra que no es necesario recurrir sólo al color local, sino que se pueden abordar con seguridad y mano firme géneros y temas gestados en otras latitudes del planeta.

LA SONAMBULA. Argentina. Producción: La Sonámbula Producciones, Jorge Poleri, Rolo Azpeitia, Fernando Spiner. Dirección: Fernando Spiner. Año: 1998. Guión: Fernando Spiner, Ricardo Piglia y Fabián Bielinsky. Fotografía en color / blanco y negro: José Luis García. Música: Leo Sujatovich. Edición: Alejandro Parysow. Intérpretes: Eusebio Poncela (Ariel Kluhe), Sofía Viruboff (Eva Rey), Gastón Pauls (Gorrión), Alejandro Urdampilleta (Aldo), Lorenzo Quinteros, Patricio Contreras, Pastora Vega, Belén Blanco. Duración: 1012 minutos. Distribución: Quimera Films / Alameda Films.



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