25 mar. 2009

Una mujer descasada / An unmarried woman, film de Paul Mazursky

Miguel Cane







El presidente de producción de la Warner Bros., un ejecutivo de traje y corbata con oficina en Los Ángeles, llamado Jeffrey Robinov declaró que "no realizarán más cintas con mujeres en el rol principal", arguyendo el "fracaso económico" de filmes como Invasores (con Nicole Kidman) y ahora La Valiente (con Jodie Foster), que tienen protagonistas femeninas, anunciando que el estudio no producirá más filmes de esta temática al menos en el futuro inmediato, para no "generar pérdidas innecesarias a la compañía".

Mientras la comunidad cinematográfica le responde con desconcierto y furia (Susan Sarandon y Meryl Streep fueron las primeras en condenar el comentario -- de hecho la primera sentenció que si ese es el futuro que la WB ofrece a las mujeres, a ella no le interesa trabajar para el estudio-), yo vuelvo mis ojos a una época en que el destino del cinema comercial no era decidido por focus groups ni por adolescentes babosos y sexistas: los años 70.

En particular, pienso en una de mis películas favoritas, dirigida por Paul Mazursky, An Unmarried Woman (Una mujer descasada) que se estrenó en 1978 -- no parece tanto tiempo, ¿verdad?- y protagonizada por Jill Clayburgh y Alan [mi ídolo] Bates.




Siento también, no sin cierto pesar, que una película así, no se podría filmar hoy en día, al menos no al amparo de un estudio establecido (en este caso, fue la 20th Century Fox).

El lugar es una Nueva York que hoy en día ya no existe: cuando la calle 42 era el súmmum de lo profano y carnal, cuando John y Yoko vivían en el Dakota, cuando se bailaba disco en el 54 y Andy y Brigid hablaban todas las noches por teléfono por horas y horas. Un Manhattan que nos regaló Woody en muchas películas, que Scorsese nos ofreció con luz oscura en otras, el NY que aún hoy existe en el corazón y la memoria de muchos que nunca han estado ahí.

Erica y Martin Benton (la Clayburgh y Michael Murphy) son un matrimonio de clase media-alta (burgueses, como diría alguno) que vive con su hija de dieciséis años, Patti (Lisa Lucas) en un luminoso apartamento cerca del río Este. La convivencia entre ellos es ostensiblemente armoniosa; él es corredor de bolsa y ella trabaja medio tiempo haciendo relaciones públicas para una galería de arte. El resto de su vida está dedicada a ser ama de casa, esposa y madre -- no necesariamente en ese orden-. La vida sexual con su marido es a todas luces plena y todos los canales de comunicación parecen abiertos. Erica es una mujer de varios intereses y con muchos niveles: se puede advertir, por ejemplo, su complejidad y sensibilidad, en una escena icónica de la película: una mañana, sola en casa, baila acompañada de una pieza de Tchaikovsky, vestida sólo con ropa interior.




Erica tiene además, un grupo de amigas (entre ellas Kelly Bishop, que ahora es reconocida como la cáustica abuela popoff en la [a veces insoportable] teleserie Gilmour Girls) que comparten con ella sus experiencias y sus ansiedades.

Un día cualquiera, después de comer juntos en una cafetería de Greenwich Village, Martin le informa a su esposa que ha estado viéndose con otra mujer, una tal Marsha, a la que conoció en Bloomingdale's y que esto, que comenzó como un tonteo llano, ha derivado en que se ha enamorado y no sabe qué hacer. Erica, impactada, hace acopio de toda la gracia que puede en ese momento y lo manda a la chingada sin alzar la voz, alejándose con la cabeza en alto... hasta llegar a la siguiente manzana, donde sin poder evitarlo, vomita [Cuando vi la película por primera vez hace algún tiempo, me pareció un momento extraordinariamente sincero y sin melodrama. Yo habría hecho lo mismo, y seguro, tú también].


Jill Clayburgh, radiante a los 61 (2007)

A partir de ese momento, comienza el viaje de redescubrimiento de Erica.
Los primeros dolorosos pasos después del abandono: el miedo, la desazón, la curiosidad, la culpa, la furia, la ternura, la depresión, la solidaridad.


Rodeada por sus amigas, por su terapeuta (una deslumbrante interpretación a cargo de Penelope Russianoff, que era la psicoanalista de Mazursky en la vida real) por su hija y por la ciudad, esta mujer resurge como un fénix, de entre las cenizas.

Aprende a amarse, a hacer el amor, a percibirlo, a percibirse. Así entra en su vida Saul Kaplan (Bates, en toda su gloria) un pintor británico, que sin ninguna pretensión, le ofrece la oportunidad no sólo de probar una nueva relación: también le sirve como referencia para constatar que ser un espíritu libre no es un defecto.


Bellamente fotografiada en locación por Arthur Ornitz, Esta es una cinta de tono optimista, aunque no toma a la ligera el tema; los personajes no son maniqueos y eso es un alivio: Erica no es una santa ni una víctima y Martin no es un cabrón. Saul no es un príncipe azul y la analista no es un hada madrina que todo lo resuelve con una sacudida de su varita mágica y un Bibidi-babidi-bú: aquí todos los personajes (como Cliff Gorman, que es Charlie, un artista pendenciero que se cruza en el camino de nuestra heroína) representan una profunda humanidad, algo que con el pretexto de buscar "entretenimiento" el gran público ha dejado de lado en épocas más recientes.

Una mujer descasada se resiste a envejecer y su vigencia y frescura pese a las tres décadas transcurridas, es vestigio de una época en que existía un cine que era hecho para hombres y mujeres adultos por adultos. Quizá no se extinga del todo. Solo queda esperar que así sea, aunque a manera de consuelo, aún existen algunas joyas como ésta, pruebas ontológicas de la existencia de otra manera de narrar mediante imágenes preciosas.




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