20 sept. 2009

El hijo adoptivo / Beshkempir / The adopted son, de Aktan Abdykalykov

Francisco Peña




La película del director Aktan Abdykalykov permite al público mexicano asomarse a la cultura y forma de vida de Kirguizia, pero eso no es lo más valioso de la cinta. El atractivo del folklore está presente, pero sujeto con fineza a la trama narrativa.

El hijo adoptivo se desarrolla en dos vías principales: la parte narrativa que plantea el paso de la niñez a la adolescencia del personaje Beshkempir, y el manejo formal del lenguaje cinematográfico con el que el director da cuerpo a la película. En el primer caso, Abdykalykov comienza con un prólogo en donde el bebé Beshkempir pasa a través de un rito mágico organizado por las mujeres de su pueblo. A pesar de ser hijo adoptivo –hecho que todas conocen- se le desea suerte y se le adjudica una especie de amuleto.

Esa suerte parece marcar el carácter del personaje, visto con cariño por el director, pero sin ahorrarle problemas ni experiencias dolorosas. A partir de estos cimientos Abdykalykov narra el paso de Beshkempir de la infancia a la adolescencia. El proceso por el cual atraviesa Beshkempir es el paso de un mundo a otro mientras ambos se mezclan en una especie de disolvencia. Los tramos iniciales de la cinta se centran en el ambiente infantil, luego aparecen los primeros signos de la adolescencia y se termina finalmente en la última. A lo largo de este proceso se observan los cambios sutiles en Beshkempir.

En la primera fase, Beshkempir es un niño problemático pero que comparte su amistad con otros niños, como las escenas en la ladrillera. Los juegos en el agua, las travesuras con las abejas y los primeros fisgoneos a las mujeres más por descubrimiento y curiosidad que por morbo. También los regaños paternos y la presencia de su abuela remarcan el mundo infantil de Beshkempir.

Dentro de este ambiente infantil la presencia de las niñas es ligera, basada en encuentros fortuitos, pero que ya anuncian el paso siguiente.

La adolescencia y la madurez entran en este mundo infantil representadas por el surgimiento de la inquietud sexual. Pero quienes portan la sexualidad son los adolescentes que irrumpen, en parte, en el mundo infantil.




Se puede citar como ejemplo la presencia del proyeccionista del pueblo, que busca a la hermana mayor de Beshkempir para sacarla a pasear en bicicleta. En ese momento, Beshkempir es un simple testigo de este sencillo cortejo lleno de cotidianeidad. Pero la puesta en escena de Abdykalykov está llena de pequeños detalles de observación que enriquecen a los personajes y dan una densidad poética a su cinta.

En esta escena, el proyeccionista quiere que la muchacha se suba en la parte delantera de la bicicleta pero ella se va en el asiento de atrás. En una secuencia posterior el joven desmonta el asiento, por lo que “obliga” a la chica a sentarse en donde él desea. La connotación sexual es clara, pero está realizada con delicadeza y naturalidad sorprendente por sencilla. Todo el juego de seducción se da a partir de un hecho simple y cotidiano. Beshkempir es mudo testigo. Su calidad de niño sólo le permite ser el mensajero de los recados. Aun no pertenece a ese mundo pero lo observa.

El primer paso activo de los niños, que han visto el mundo de sus mayores, es recrear lo que para ellos es el mito de la sexualidad. Entre juego y rito, recrean fantasiosamente la cópula: crean una mujer en la arena y copulan con ella. El fondo de lo que implica el rito y la forma en que lo muestra Abdykalykov convierte a esta secuencia en una de las más importantes y hermosas de la cinta.

Pero sigue siendo un rito infantil, el pasaje a la adolescencia no ha ocurrdo. El grupo de niños es aun compacto, y entre todos se comparte la misma experiencia. El juego es el elemento que predomina a pesar del contenido sexual evidente.

Pero el siguiente paso es ya el inicio de la verdadera transformación. De nuevo el director, con su atención al detalle sencillo pero significativo, muestra un salto cualitativo e invierte los términos: juego y sexualidad están presentes pero con proporciones contrarias al ejemplo anterior.

En un juego de niños, donde se usan las manos –Digalo con mímica, con el tema del cine-, la niña preferida por Beshkempir puede escoger pareja para jugar. Pero la elección ya implica una preferencia con tonos de pareja.

Otro de los niños sufre un ataque de celos al no ser elegido y agrede a Beshkempir a golpes. La amistad infantil se ve reemplazada por la rivalidad adolescente: ambos jóvenes contienden por la misma chica y crearan mutuas celadas para golpear o ser golpeados. En ese momento, como máximo insulto hiriente, el niño rival le dice la verdad oculta a Beshkempir: es un hijo adoptivo. El mundo de la inocencia queda definitivamente atrás.

El niño sufre con la verdad pero la abuela hace algo importante, le explica con cariño la situación. A lo largo de la cinta, dicha verdad hiere a Beshkempir, pero podrá madurar y superar los efectos del dolor.

Todos estos detalles pequeños, simples, de vida normal donde aparentemente no sucede nada, son observados con delicadeza por el director Abdykalykov y mostrados en su significado oculto, como marcas del cambio sútil de las personas, en este caso, de Beshkempir.

Los incipientes problemas juveniles de rivalidad desembocan en la primera crisis de Beshkempir con la autoridad paterna. Beshkempir se fuga de la casa y sólo regresa por la muerte de su querida abuela. Ya no es un niño, ahora es un adolescente con responsabilidades: da el discurso familiar en el funeral de uno de sus seres más queridos.

Beshkempir crece y busca ya concientemente entrar al juego del flirteo y el noviazgo, que también ejercen las niñas con el uso del espejo para mirar subrepticiamente al nuevo joven y luego llamar la atención y mostrar la disponibilidad. La secuencia de las niñas, el espejo y Beshkempir caminando es excelente por lo que sugiere enmedio de la ausencia casi total de diálogos.

El joven sigue los pasos del único maestro de la seducción que ha visto actuar –no el padre sino el proyeccionista- y repite paso por paso las lecciones hasta llegar al objetivo. Un simple paseo en bicicleta marca el punto final del paso de la niñez a la adolescencia de Beshkempir.

Todo lo anterior se narra con una economía de medios sorprendente. Abdykalykov hace de esta historia un poema lírico donde el paisaje no es ajeno a los personajes sino que está integrado a la acción. Maneja momentos de color cuando le interesa remarcar un momento significativo de la cinta. De hecho, el final en color, donde sólo manos infantiles entretejen un juego de la niñez, termina por simbolizar una relación incipiente que puede extenderse en el tiempo hasta que ambos personajes sean adultos.

Esa delicadeza, esa observación del detalle significativo, ese gusto por la imagen y el ritmo lento van acompañados por un trabajo de cámara que oscila entre tomas largas y planos secuencia. En ese sentido, el estilo que Abdykalykov ha impuesto en su obra es el más adecuado. El espectador no puede imaginar otra forma de filmar la historia sin sentir que un cambio de forma hubiera destrudo el resultado.

Una de las claves de la película es el uso de tiempos muertos. A diferencia del uso de tiempos muertos en algunas cintas mexicanas –tiempos muertos que SI están muertos porque NO pasa NADA-, Abdikalykov da una lección de cine. El ritmo lento, la cámara fija, las tomas largas no aburren porque SIEMPRE hay movimiento dentro del cuadro, hay una observación o una mirada que apunta a algo. Sus tiempos muertos tienen sentido dentro de la narración y la forma; no están allí como elección estética vacia sino que tienen una función clara dentro de la cinta. Esta simple lección no ha sido comprendida por algunos cineastas mexicanos –algunos de ellos de renombre y paseados por los festivales internacionales-. Los tiempos muertos no deben ESTAR muertos sino contener sentido para el espectador.

Abdykalykov entrega al público mexicano una obra bella, muy alejada de estereotipos que inundan nuestras pantallas. Toma una anécdota simple que le ocurre a todo ser humano: el paso de la niñez a la adolescencia. Pero narra este hecho con calidad poética, sensibilidad y un cuidado del detalle que implica una comprensión del ser humano fuera de lo común.

Esta hermosa cinta, proveniente de un ambiente cultural casi desconocido, en realidad nos permite revaluar problemas existenciales comunes, dentro de los matices culturales de cada región del planeta, en este caso Kirguizia.

Esta sería la vía para enlazar la globalización y el regionalismo. Un respeto de las culturas regionales a partir de problemas existenciales que son comunes a todos los seres humanos. El resguardo de lo que nos distingue que matiza y personaliza lo que tenemos en común. La clave está en la palabra compartir, como lo hace Aktan Abdykalykov, como lo hace Beshkempir, con todos los mexicanos que de una forma u otra pasamos de la niñez a la adolescencia.

EL HIJO ADOPTIVO. Producción: Kirghizfilm, Noé Productions, Marc Bashet, Fréderique Dumas – Zajdela, CédomirKolar. Dirección: Aktan Abdykalykov. Año: 1998. Guión: Aktan Abdykalykov, Advantil Adikulov, Marat Sarulu. Fotografía en color / blanco y negro: Khasan Kiridaliyev. Edición: Tilek Mametova. Música: Nurlan Nishasnov. Intérpretes: Mirlan Abdykalykov (Beshkempir), Adir Abilkamissov, Albina Imasheva, Talai Mederov. Duración:81 minutos. Distribución: Cineteca Nacional.

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