26 ene. 2009

Shortbus, de John Cameron Mitchell

Miguel Cane

En su cinta debut Hedwig and the Angry Inch, una ópera rock muy sui géneris, John Cameron Mitchell se dio el lujo de demostrar dos cosas: que le apasionaba el cine y que le importaba muy poco la opinión de terceros. De este modo, su película fue una sensación en Sundance y el circuito internacional de festivales y obtuvo un notable seguimiento de culto, pese a las protestas de todos los vetarros del mundo, que la tildaban de ser “una película maracota”.








Su segunda cinta sigue el mismo molde de transgresión jovial, sólo que permitiéndole al cineasta y ex actor (nacido en El Paso en 1963) explorar temas aún más risqué – como si tal cosa fuera posible- y también experimentar con diversas técnicas de narrar mediante imágenes.








En Shortbus, que vi por primera vez en el Festival Internacional de Cine de Gijón 2006, donde fue una de las favoritas de público y jurado, Mitchell nos muestra el día-con-día de un puñado de neoyorquinos, algunos sofisticados, otros aburridos, donde algunos son extravagantes y otros rayan en lo aberrante, cuyas tragicómicas aventuras sexuales y sentimentales se entrecruzan (como en una especie de película de Robert Altman medio subida de tono).

La comprensiva pero reprimida Sofía (Sook Yin Lee) es una talentosa terapeuta sexual con un consultorio elegante, que no ha tenido nunca un orgasmo; hace años que simula placer con su marido Rob (Raphael Barker). Por avatares del destino, conoce a Severin (Lindsay Beamish), una muy chic y neurótica dominatrix que se presta a ayudarla. También se muestra la historia de James y su compañero Jamie, una pareja gay que son pacientes de Sofía y que piensan en incluir a un tercero, Seth, en su relación, aún si Jamie no acaba de decidirse.



Todos suelen frecuentar 'Shortbus', un lugar fuera de lo común donde se mezcla la política, el arte y el sexo. La ciudad de Nueva York no es un lugar sencillo para vivir y menos en estos tiempos inciertos; es mediante una visión muy imaginativa que aprovecha sus magros recursos económicos que Mitchell consigue estimular al espectador de un modo único: la cinta no es de ninguna manera pornográfica, pero es definitivamente fuerte y también deliciosamente cómica e innegablemente viva.



Hace algunos años el aclamado Michael Winterbottom fue duramente criticado por su filme 9 songs que contaba con numerosas escenas de sexo explícito. Sin embargo, todo lo que era inexplicable en la anterior cobra sentido en el trabajo de Mitchell; ciertamente tiene influencias Altmanianas (un elenco enorme, una trama sinuosa) y de Woody Allen – con el sarcasmo a flor de piel, e incluso de las tácticas fílmicas de John Cassavetes.

Sin embargo, éste es un trabajo muy original, fresco, libre de prejuicios: sí, claro que hay mucho sexo desde la primera escena y en todo su esplendor: onanismo, sexo anónimo, sexo en grupo… y funciona como un vehículo para expresar la situación emocional de cada personaje, es decir tiene razón de ser.

El título proviene de los autobuses que llevan a la escuela a los niños con dificultades que necesitan más atención y de ahí, el nombre del cabaret club subrepticio que sirve como escenario para los diversos encuentros y desencuentros. El guión (del propio MItchell, claro está) cuenta con elementos de risa loca – la secuencia de Sofía y el control remoto- y de conmovedora ternura.



El espectador mentalmente vetarro y/o mojigato que sienta rechazo al contemplar lo que califique como pornografía no aguantará ni tres minutos de proyección y me imagino que abandonará la sala gritando “¡gandallas!” arguyendo que “la gente decente y bien educada” no ve cosas como éstas mientras blande su báculo.

Pero el adulto que discierne y se permite explorar múltiples alternativas narrativas en cine disfrutará de un filme divertido que habla al natural de lo que a todos nos ha interesado en algún momento de nuestra vida.

Decir que Shortbus es pornografía, es como decir que Babel es “tragediosa”. Aquí no hay mal gusto de ningún tipo, todo está en la cabeza de quien la ve. Y es maravilloso que, por primera vez en mucho tiempo, haya una película para adultos pensantes, pensada por adultos pensantes.



Shortbus

Con Sook Yin Lee, Lindsay Beamish y Raphael Barker

Dirige: John Cameron Mitchell



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