5 feb. 2009

Propiedad ajena, de Luis Vélez

Paxton Hernández

El subfolletón anticine

Como si se tratara de echar la poca carne al asador para deleite de los espectadores morbosones y calenturientos, el desplazado prólogo de Propiedad ajena, muestra el acostón entre la estudiante de artesanías vuelta improvisada investigadora mexicana güera Miranda Sámano (Ludwika Paleta TVlamentable) con su galancete cowboy babas tejano Matt Crossman (Rib Hillis de pena propia y ajena), dueño de un rancho que perteneció hace siglos a la familia Samano, ya expulsada de Texas a Coahuila por el Tratado de Guadalupe-Hidalgo y profiriendo por los siglos de los siglos acomplejadas invectivas contra el usurpador gringo que les quitó sus tierras y añorando los vitrales que "hasta el mismísimo Santa Anna admiró".






Con financiamiento por fortuna privado, el largometraje 2 del exTVproductor Luis Vélez (tras el hipernacote Corazón de melón 03), Propiedad ajena, es un huecometraje que derivó en inmisericorde eternometraje, otro tratado de ineptitud narrativa, visual y de lo que sea bajo el cobijo del famoso/infame 226 presuntamente para reactivar tu industria fílmica (tras el infrahorror J'okel 07, y lo inframateur Eros una vez María 07 sigue lo infraliterario Propiedad ajena para que sigamos siendo una infraindustria), un obviote refocilamiento en el lugar común más abyecto de las relaciones amor-odio México-EUA pero con harto autorracismo carlosfuentesco tardío ("Somos descendientes de españoles", "Nunca me imaginé que una mexicana pudiera ser rubia, guapa y distinguida"), un desastroso y masoquista monumento al tedio y a la pena ajena, una colección de las peores frases profunditas subliterarias e infrapoéticas que se han escupido en años ("Aquí empieza el amor que nunca fue", "El presente no tendría sentido sin la experiencia del pasado y la esperanza del futuro" y cien más y guau), una grotesca fetichización en torno al busto de la Paleta (De Corazón de melón a Corazón de dos melones) al mismo nivel abusivo de las gratuitas desnudeces púberes de Hasta el viento tiene miedo (Moheno, 07), uno de los mayores estropicios jamás filmados en la historia de nuestro cine nacional, una insensible atrocidad inenarrable inexhibible y en el límite de lo inteligible elemental, un grandilocuente delirio del cineasta "en estado clínico" (Jorge Ayala Blanco releyendo a Deleuze).

En el recuento de los daños del año 2007, casi a todos los bodrios mexicanos estrenados en salas se les puede encontrar una, aunque sea una e ínfima, cualidad redentora. Sí El búfalo de la noche apestaba a la más mamonaza y ególatra infraliteratura posible pero por lo menos era consistente en su perturbado homosadismo, rara vez visto en nuestro cine nacional. Eros una vez María nunca pasaba de ser una tarada puñeta mental inframateur pero por lo menos tenía trazas de la hipermodernidad del cine del siglo XXI. ¿Y tú cuanto cuestas? era un sangronazo y resentido spot tercermundista de quinta pero por lo menos tenía cierta invención audiovisual aunque fuera bien chacala. La Santa Muerte (la de Del Toro) era un medieval panfleto religioso pero por lo menos exhibía con impudicia su destemplada convicción fervorosa. Propiedad ajena adolece de casi todos los defectos aquí mencionados, con asombrosamente ninguna, ni tan sólo una de las cualidades redentoras.

Todas las acciones del filme serán concebidas, releídas y plasmadas a través de la pena ajena. La pena ajena entendida como sentimiento vergonzante y de humillación por el Otro. Pena ajena de una seudoerótica de Libro Vaquero y el Libro Semanal con prefabricado TVescándalo incluido por supuesto. Pena ajena de una visión excesivamente burda del amor-odio proferido a ambos lados de la frontera. Pena ajena de las frases cursilíricas que constituyen casi la totalidad de los diálogos del film. Pena ajena de arrastrantes monólogos declamatorios antifílmicos a nivel pre o posRip (sobre todo porque Así...es la vida 00), lo mismo da. Pena ajena de la dirección de arte y el vestuario a nivel de cualquier Pasión o Alborada culebrona. Pena ajena de la relamida hasta la náusea fotografía del sariñoño Chava Cartas. En efecto, el grandilocuente delirio de Vélez que se exhibe en la película confirma que mientras más poderosa sea tal patología, más se nubla la vista y menos se percibe el ridículo vergonzante.

Sin decir agua del Río Bravo va, una locuaz arbitrariedad narrativa a un nivel inferior (¿o superior) a la de los 21 amores perros de Babel (Negro, 00-06) con elipsis desatadas al interior del mismo plano, o por corte abrupto. Saltos del siglo XIX al siglo XX y viceversa, en el mismo lugar, que no son otra cosa que saltos hacia la Nada porque lo último que se le puede pedir a la película es mínima lucidez dramática, ya no se diga o se sueñe histórica. Sólo puede apenitas con sus propios tumbos como si se tratara de un folletón interminable y tortuoso.

Y el enésimo final de Alarma! en cine mexicano confirma que la revancha final con los "pinches-gringos-ojetes-hijos-de-la-chingada" sólo podrá ser visceral, en el estadio más bajo de la naturaleza humana/antihumana, o no será, aunque por supuesto, no sin antes aberrantemente haber visitado con romance locochón el estado de Dalas, afelpaditos, bajo la guardia de la gaseosa chimenea fogosa.


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