24 mar. 2009

La noche de los muertos vivientes / Night of the Living Dead, de George A. Romero

Miguel Cane

What’s happening? They are dead!
Why are they coming back?
- Judith O’Dea como Barbara







En el otoño de 1968, mientras en las selvas de Vietnam el conflicto llegaba a un paroxismo de histeria masiva, en un pequeño cine de Pittsburgh se llevó a cabo la primera exhibición de una película independiente que, con su –entonces- insólito manejo de la violencia y atmósfera hiperrealista, vino a sentar un precedente y modificar por completo la faz del séptimo arte: La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero.


Esta peliculita casi doméstica se convirtió (en su momento) en todo un fenómeno de culto y en el non plus ultra del gore – de hecho, si no se cuenta las horrendas mafufadas de Herschell Gordon Lewis a principios de la década, se puede decir que legitimó el género, si es que propiamente no lo creó- título que ostentó invicta por años, hasta ser desbancada no por uno de sus múltiples clones de factura italiana, sino por otro mágnum opus romérico (Dawn of the Dead – 1979). Originalmente, lo que el debutante cineasta y sus cuates – que hicieron las veces de productores, técnicos, actores y ¡hasta maquillistas!- querían, era trascender su categoría de publicistas y ganar algo de lana. Según recuerda Romero, el plan original era hacer una comedia al estilo de lo que había hecho Ed Wood, pero ninguno supo en qué momento la película se convirtió en algo más serio y no un simple freak-show.


Algunos han interpretado a la película como retrato schizo-verité de Estados Unidos en ese agitado tiempo de fines de los 60: el zombi como perfecto instrumento de una sociedad en rápido declive. ¿Será verdad? Una mirada a los personajes parece confirmarlo: el héroe – o antihéroe, si se quiere- de la historia, es Ben (Duane Jones), un hombre instruido que por pura casualidad es de raza negra (rompe el estereotipo mucho antes que Spike Lee. De hecho, el personaje originalmente era un camionero estrictamente rudimentario), quien pese a ser bien intencionado, toma todas las decisiones erróneas – el parecido con personajes de la elite política actual es mera coincidencia- en tanto que la diva es Barbara (Judith O’Dea), que parece salida de una soap opera sesentera estilo Peyton Place; es la quintaesencia de la chica de buena familia con ropa a la moda y peinado ye-yé, quien después de los primeros cinco minutos se friquea grueso (no es para menos, su hermano es despanzurrado y le pega una corretiza fatal un zombi) y permanece semi catatónica el resto de la película... suena como si Miss O’Dea se la pasara en la pose para la cámara en extreme close-up con ojos vidriosos (imaginen a Romero diciéndole: “tú atiza, atiza, atiza aunque te mueras de la risa”) y linda cara de – pues sí- zombi, pero para nada: es más, ella y el resto del elenco (incluyendo a los muertos vivientes del título) brindan un estupendo trabajo dadas las circunstancias. De hecho, son tan buenos, que conforme avanza la trama (en angustioso blanco y negro) gradualmente se borra la frontera con los espectadores y por noventa claustrofóbicos minutos el espectador les cree, está ahí con esa partida de perdedores desesperados y así, de repente, uno es parte del horror alucinante que están viviendo.

La cinta se rodó casi totalmente, salvo algunas escenas en un cementerio, en una granja abandonada cercana a Evans City, Pennsylvania, que los socios de Image Ten (la compañía de Romero, Russ Streiner y Karl Hardman), alquilaron entre el verano y el otoño de 1967. Según Romero, a los dueños de la casa les daba lo mismo cualquier cosa que ocurriera con ella, así que tuvieron carta blanca para arrasar con todo y lo aprovecharon al máximo: arrancaron puertas, ventanas y acabaron con todos los muebles – que obtuvieron por $50 en la beneficencia- mientras sus amigos, parientes y conocidos se acercaban dando tumbos, arrastrando intestinos de res, sus caras salpicadas con salsa de chocolate. Suena inofensivo, ¿no? No obstante, las secuencias captadas con cámara de mano de estas personas – o bien, cáscaras de personas- que sólo viven para comerte las tripas, figuran entre las secuencias más perturbadoras del cine, quizás sólo por debajo de los Freaks de Tod Browning que cercan a la sexy Olga Baclanova en un lodazal, sentenciándola (por malditona) a ser “one of us, one of us, one of us...”


La verdad sea dicha, Romero (que a la sazón tenía veintisiete años) y su co-guionista, John Russo, se vieron muy listos a la hora de escribir y supieron cómo llegarle al público: hicieron a los personajes arquetipos (la niña bien, el negrito sensible, los novios jipis, el paterfamilias obstinado, intransigente e irascible con esposa gentil-pero-débil) y ese es el secreto para que nos impacten tan de lleno: los conocemos. Ese es el verdadero espanto al ver la película por primera vez. Zombis y humanos: ellos son nosotros y la audiencia lo entiende, su pesadilla se vuelve nuestra y su desenlace por lo mismo resulta demoledor. El que su fecha de estreno coincida con un día salpicado de sangre parece un toque irónico, pero lo cierto es que no hay otra película de la época, que encapsule mejor el sentimiento de desesperanza que era el residuo al fondo del vaso, tras el “verano del amor”. Hasta El bebé de Rosemary tiene hermoso final feliz. Sería por estar lejos de Hollywood, que se dio el lujo de dar un final a su historia, del único modo que podría darse, y así sin imaginárselo, crear sin ninguna clase de compromiso o de cínico marketing, un clásico.

Verla en pantalla grande, sobre todo si no se ha hecho antes, tiene sus ventajas, incluso más que en DVD (Por cierto, ojo: por alguna razón, la película tiene muchas versiones en el mercado, incluyendo una cosa abyecta que asegura tener material incluido: ¡húyanle como a las liendres! La mejor que existe es la “Colección Millenium” de Elite DVD, región 1, en estuche rojo, con extras divinos). Mientras veía la película por primera vez, hace años, la experiencia se volvió inolvidable para mí desde la primera escena en que, paseando por un panteón, Johnny, el higadito hermano de la heroína la molesta de un hilo, diciéndole “vienen por ti, Barbara...” – y sí, venían por ella, pero lo pescaron a él primero- en tanto, mi amiga Nina casi sufre una embolia por el shock que le dio, y yo salí del cine con el brazo amoratado a punta de pellizcos, pero extrañamente fascinado: digo, no como en aquella función de 2001: Odisea del espacio (estrenada ese mismo año) cuando un fulanito –elevadísimo, uno supone- corrió hasta atravesar la pantalla, gritando a voz en cuello “¡Wow! ¡es Dios!”... no fue para tanto, pero casi, casi.





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