16 jun. 2009

Déjame entrar / Let the right one in, de Tomas Alfredson - David Guzmán

David Guzmán

A Marco, por 'dejarme entrar' al privilegio de sus lecturas.




La escena es magistral. Una alberca, cuerpos que vuelan sobre el agua en cámara lenta, un rostro inocente que no sabe lo que ocurre a su alrededor mientras contiene la respiración bajo la superficie y yo experimentando la malsana satisfacción de ver semejante tragedia como quién observa un acto de justicia divina. Es el clímax del film y me siento extrañamente regocijado aunque perciba que me están obsequiando una visión parcial del dantesco cuadro; es como si Tomas Alfredson, el director, supiera perfectamente que estoy siguiendo todo desde mi seguro escondrijo y que tengo, como su protagonista Oskar, estos instintos emergiendo cuando ya no hay más salida que matar o morir.

Se trata de la película ‘Déjame entrar’ y es simplemente sensacional. Experimento un entusiasmo como muy rara vez en los últimos tiempos que sin embargo contrasta grandemente con el ánimo de algunos espectadores en la sala que empiezan a bostezar. Me pregunto qué es lo que no encaja en su endeble entusiasmo pues mi razón no logra justificarlo, pero ya creo saber lo que ocurre.

Y es que una gran parte de conectarse con el film proviene del gusto por el género vampírico; hay que tenerlo aunque todos sepamos que es un género susceptible de caer en clichés o situaciones tan repetidas que a pocos sorprende que se retomen en este nuevo film. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol y viendo la película, he encontrado sumamente agradable el hecho de que toda la alusión vampírica de la cinta (es poca, en realidad) no es más que el pretexto para unir piezas de un engranaje mucho más profundo que el de meramente revisitar esta variante del personaje de Bram Stoker.


El ser sanguinario es ahora tortuosamente encarnado en una misteriosa y pálida niña que aparece en la vida de Oskar, un pequeño de 12 años con una problemática tan compleja que fácilmente un director como Larry Clark (Kids o Bully) podría hacerlo protagonista de cualquiera de sus películas. Oskar es un ser triste y solitario al que le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos violentos. Nada le atrae más que convivir con Eli, su nueva vecina que se convertirá en su primer amor, aún sabiendo más tarde que es una vampira.





Y es que Oskar sufre el acoso de sus compañeros valentones de la escuela, que no pierden oportunidad para humillarlo, golpearlo, herirlo. Sus padres están separados y Oskar tiene que pasar algunas temporadas con su padre que ya tiene nueva esposa. Por otra parte, su madre desconoce la realidad del acoso que padece su hijo. Oskar sin embargo no es débil, sólo necesita un breve empujón que lo ayude a hacer emerger ese ímpetu y deseo de venganza con tintes monstruosos y sorprendentes que sin dudarlo serán materializados por Eli quién los ejecutará (para beneplácito de todos) con rostro de inocencia y olorosa fragilidad.





A la par del asunto vampírico, algunos perciben ‘lentitud’ en el desarrollo del film. Pero es una lentitud que genera la atmósfera misma de la película, que se enmarca en una preciosa fotografía invernal y que acentúa los colores azul y rojo logrando palidecer los rostros de Oskar y Eli a grados fantasmagóricos. Pero es esa –aquí- mal llamada lentitud (que a mí me parece catarsis pura) la que le imprime fuerza a los asesinatos, a las noches nevadas, a la vocecita indefensa de Eli pidiendo ayuda cobijada en la penumbra de un viejo puente; a escuchar –y ver, claro- como escurre la sangre de una víctima hacia el depósito del ‘protector’ de la niña quién -para no generar sospechas de que un monstruo más sanguinario azota la región- se ha convertido en un asesino que la provee de sangre.


El director ha impresionado de manera positiva en los festivales en donde ha presentado su film basado en una espléndida novela escrita por John Ajvide Lindqvist, pues el estilo que le imprime a su largometraje no parece de ópera prima. Su maravilloso cuento tenebroso, está realizado dejando de lado la carga erótica del mito vampírico para centrarse en la inocencia del amor, matizado por nieve en noches que se antojan eternas.

Han pasado los días y 'Déjame Entrar' continúa perforándome la cabeza. De cuando en cuando viene a mi mente la secuencia que detallo al inicio de este texto. Lograr eso en la mente de los actuales espectadores, no es fácil. Pero es en su simplicidad en donde radica su magnificencia y la escena pasará, sin duda, a formar parte de la memoria fílmica que sobrevive al paso del tiempo.

De verdad, hermoso film.

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