3 jun. 2009

Espejo, de Miguel Barrero - por Miguel Cane

Miguel Cane


Cuando un autor joven -- esto es, más joven que yo como lector- publica una novela, me acerco con entusiasmo y al mismo tiempo, con cautela. Creo que es muy importante que se siga escribiendo, que se siga narrando (la poesía es un terreno muy diferente, que no deja de florecer a su manera) y que se exploren nuevos territorios, nuevas formas e incluso, que se busque romper las barreras de género literario. No siempre ocurre, y algunas veces acabo inquieto, por no decir francamente frustrado, pero con Espejo, me encontré con un estado anímico muy distinto durante la lectura y el posterior proceso de análisis de la misma, mirándola desde distintos ángulos pero todos ellos con satisfacción.

Espejo es una novela que no sólo cumple su función narradora cabalmente, sino que además es un trabajo que ambiciona y propone al lector. Se atreve y experimenta, tomando el lugar común como punto de referencia, para trascenderlo, sirviéndose de él para sus propios propósitos.

Con esta novela, Miguel Barrero (Oviedo, 1980, criado en Mieres, educado en Salamanca y hoy gijonés por convicción) obtuvo el Premio Asturias Joven de Narrativa 2004, convocado por la Consejería de Cultura, Comunicación Social y el Instituto Asturiano de la Juventud.

En ella, siguiendo el principio básico de lo que (según yo mismo, no lo tomen como una regla escrita en piedra, más bien digamos que es un elemento intrínseco de la escritura narrativa) debe ser una novela -- tomar a un personaje y llevarlo, con el lector como testigo y acompañante, en un exodo de cambio: nunca volverá a ser como era en la primera página, en la primera oración; si esto no sucede y en el personaje principal, por no decir los que le rodean, no se ha manifestado ésta transformación, tanto voluntaria como involuntaria, entonces el viaje ha sido inútil y la novela ha fracasado- presenta medio siglo, o poco más, de la vida de un narrador que permancerá [acaso como la joven Señora DeWinter en Rebecca, por citar un ejemplo] para todos usos y razones, anónimo.

Dividida en tres partes, la novela, que a su vez es delgadita, eficaz y letal como un arma blanca, da su inicio en algún momento posterior a la Guerra Civil Española [cuyo espectro permea la historia, pero contrario a lo que se pueda creer, no es un acontecimiento que transpire en el transcurso de la narración]; acaso 1941 o 1942. El narrador, entonces un niño de diez u once años (la vaguedad de detalles sobre su edad e identidad son elementos importantes; le proporcionan una cierta "universalidad", puede ser cualquiera, aún si se trata de un personaje bien definido en otros aspectos) describe su entorno semi rural en un pueblo minero de Asturias -- ostensiblemente se trata de Mieres, en la cuenca minera, aunque tampoco se le identifica por nombre- y los juegos de su infancia en contrapunto con las situaciones adultas que percibe de una manera periférica, mas nunca totalmente directa: algo sucede, algo que puede tener consecuencias en su futuro, pero su inocencia le impide advertirlo, donde los personajes adultos que lo rodean -- el abuelo, la madre, el padre/muerto viviente- no lo hacen partícipe activo, de este modo haciendo que el lector, mirándolo todo a través de los ojos de un niño, intuya cosas, vea pequeñas pistas, pero no sepa lo que viene, hasta que se manifiesta en toda su monstruosidad, mucho tiempo después.

Cada una de las secciones tiene un epígrafe. Estos son de Jorge Guillén, Dante Alighieri y Jaime Gil de Biedma [y aquí, un aparte personal: quien me conoce como escritor sabe que me fascinan los epígrafes a manera de pequeñas claves secretas sobre la trama, atisbos que permiten una iluminación correcta así como un homenaje a los que nos precedieron y en casos, inspiraron], y sutilmente señalan el cambio de tiempo y tono de la novela, que continúa posteriormente en algún punto a finales de los 50 o principios de los 60 y finalmente, llega al momento actual.

El hilo conductor en las tres partes, sin dejar de lado al narrador, es la presencia constante de un espejo antiguo, que es la única posesión material que lo acompaña y que, en cierta forma, parece tragarse las escenas que ve; escenas de creciente amargura y oscuridad. Mientras el niño que fue se torna un adulto joven que trabaja como "secretario" -- un eufemismo para referirse al negro literario de alguien más, si lo sabré yo que lo fui- de un celebérrimo novelista, con una vida rutinaria en una ciudad que podría ser Madrid -- aunque lo mismo, no se la identifica- con un matrimonio aparentemente convencional, con una esposa igualmente anónima (se referirá a su persona como "Ella") en una vida de clase media, sin mayores aspiraciones al ser este periodo el que más lo marca en una situación horripilante -- pero tan sutil que no advertimos el efecto hasta que nos devasta- que no puede evitar ni controlar.

Los viejos pecados ajenos tienen largas sombras.

Y así es como el narrador, a la sombra de sí mismo, confronta a su espejo una vez más, cuando ya no hay tiempo de más. El lector observa las trizas de lo que fue, lo que se soñó y lo que ya no es, ni podrá ser. La vida, como la plantea Barrero, es una ruleta cruel que gira incansable, pero se resiste a dar un premio a su protagonista. No obstante, esta no es una novela sobre el fracaso del hombre. Creo que es más acerca de la imposibilidad de eludir al mal, aún en sus formas más banales, en un entorno que se cierra, que constriñe.

Aquí se cumple la regla tácita de modo espléndido: el narrador no es el mismo de la primera a la última página, aún si la novela (escrita a tiempos perdidos) abre y cierra con una escena casi idéntica; el simple acto de mirarse al espejo.

En cierta forma, esa es una manera de plantear la narración de una novela. ¿Qué es entonces la literatura, sino asomarse a un espejo distorsionado, donde vemos reflejos de nosotros mismos, aunque no podamos en primera instancia, reconocernos? Ya lo dijo Baudelaire: ¡hipócrita lector/mi semejante, mi hermano!

Espejo es, en muchas formas, una "novela maldita", un acto de crudeza bellamente elaborado; una bofetada seca envuelta en las primorosas sedas del lenguaje. Es un ejercicio de forma vs. fondo, estilo vs. sustancia y muchas veces, como luchadores grecorromanos, uno parece que ganará al otro. Pero existe la comunión entre ambos. Podría ser una historia sencilla narrada de un modo barroco, o una trama de angustia gótica (el pasado se vuelve más importante que el presente y nos impide vivir) narrada de un modo naturalista y sencillo, pero no es ninguna de esas cosas; es una estupenda primera novela, con su ira largamente contenida y dosificada detrás del espejo como leit motif, más allá del cliché histórico del que se sirve como plataforma.

Pese a su aparente modestia de formas, no es una novela fácil u olvidable. Permanece en algunas formas, como los fantasmas que la habitan. Deja un gusto amargo, sí, pero algunas veces es también parte del exquisito proceso de alimentarse de una historia bien contada.

Su autor es joven, sorprendentemente joven, sobre todo porque de ignorar su edad o identidad -- como ocurre en el texto- uno supondría que tiene mucha más edad y experiencia de la aparente. Espejo es una ficción exorcizante. Hay otras historias qué contar y Barrero parece dispuesto a asomarse a las posibilidades. Ha trascendido -- o eso creo- este periodo azul de su creación para experimentar con otras formas, otras figuras narrativas, arquetipos, materiales.

Lo importante aquí, es encontrar una voz joven que narra y ésta lo es y lo consigue casi sin ningún tropiezo, algo notable para una novela escrita por alguien -- en el momento de crear- menor a los veinticinco. Siento curiosidad por ver qué otro truco de prestidigitación tiene; qué otra historia tiene qué contarme.

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