19 feb. 2010

5 de chocolate y uno de fresa, de Carlos Velo

Miguel Cane

Hay películas que cuando se originan, tienen grandes ínfulas de ser célebres y acaban estrellándose en el olvido o el escarnio, donde hay otras, que comienzan más modestamente, como una idea que muchos tildan de “extravagante” o “imposible” y acaban convirtiéndose en humildes pero perdurables clásicos; 5 de chocolate y 1 de fresa (hecha 100% en México) es precisamente una de ellas.


Angélica María dice que ésta, de entre todas las películas que hizo, es la que más le gusta. Yo coincido con ella [también me gusta (¡y mucho!) La verdadera vocación de Magdalena, pero por otras razones]. Es posiblemente, en su canon, de lo mejor que hizo y es una rara avis del cinema nacional: una película psicodélica y de la onda.

Lo que es más, y ahora que lo pienso, creo que sólo ésta y la menos conocida pero igualmente efectiva Patsy mi amor (de 1968, con guión de García Márquez y una núbil Ofelia Medina debutante como una pobrecita niña rica a la que Julio Alemán hace polvo el corazón a puntapiés) son las únicas películas que realmente capturan el espíritu de esta manifestación cultural-pop que se hizo aparente principalmente en la literatura, a raíz de la aparición en 1964 de La Tumba de José Agustín y al año siguiente, de Gazapo, debut literario del insigne Gustavo Sainz.

De hecho, es el mismísimo José Agustín, fragante del jonrón que fuera De Perfil, quien se encargó de reformar un lacio argumento del barcelonés Fernando Galiana titulado Ángel o Demonio (sí, ya sé, díganlo conmigo: ¡Wow! ¡Qué original! Brooommm, Barrroooommm!) que era – según cuentan los que recuerdan- una especie de versión lite del popular tema de las personalidades múltiples que tan en boga había puesto Hollywood una década antes con Las Tres Caras de Eva (Óscar para Joanne Woodward en el ’58).

Pepe, que en esa época quedó prendado [y fue correspondido, que conste que no es secreto, aún si no pasó nada al final de cuentas] de la Novia de México, prácticamente deshizo el argumento original y sólo conservó algunos temas centrales, para crear una onda desconocida que en su momento causó estupor entre el público acostumbrado a melodramas o musicales “familiares”, pero que rapidito y de buen modo se convirtió en auténtico hitazo de culto luego de rodarse en 1967.



Decidida a entrarle al quite y desprenderse de su imagen azucarada creada por la publicidad (como un año antes su coetánea Julissa, al hacer la volátil y hermosa Paloma en Los Caifanes), Angélica interpreta con entusiasta gusto y soltura (filtrada por las sensibilidades de la onda, pletóricas de referencias multiculturales, especialmente anglosajonas – por lo que eran mal vista por los más rancios defensores del patrioterismo, er, patriotismo) a la dulce y sensible Esperanza, rubilinda postulanta a novicia que ha crecido en un convento de clausura. Cuando, un buen día Espe – cuyo mayor pecadillo es la gula- tiene la ocurrencia de entrarle con singular alegría a unos frutos de Oaxaca [léase, hongos alucinógenos], agarra un viaje magistral, que literalmente es el principio de todo.

Es así que conocemos a la sensacional y vivaz Brenda (la misma Angélica, con espectacular vestuario totalmente psicodélico, hecho a base de plástico y mica y con unos peinados con harto y alto crepé), una especie de terrorista en minifalda y botas à-go gó, que se cuela en una suntuosa fiesta de Las Lomas donde canta una canción que para todos usos y razones mienta la madre a las buenas conciencias antes de salir pitando en un auto robado, en compañía de cinco niños popis que le servirán de cómplices en sus travesuras; entre ellos viene Miguel Suárez (Fernando Luján, aún no tan buen actor como seria en su madurez, pero divirtiéndose como nunca), tenorio esnob graduado de ciencias, escéptico ante el rollo transgresor de la maquilladísima fille fatale (que resulta tan fatale como un Gansito Marinela) pero que queda derretido por ella.


La secuencia que justifica el título sucede en un Sanborns (recuerden que la ciudad de México, tal y como es descrita y aparece en esta película ya no existe) donde Brenda & Co. se apersonan para robarse seis copas de helado: cinco de chocolate y uno de fresa (¡con mermelada, nótese!). Acto seguido, la película agarra derroteros que tocan a Ionesco – absurdo puro- y que sin embargo, encajan perfecto con su tónica. Se dedican a cotorrear el punto y a atosigar al Comisionado de la Agencia Internacional de Vigilancia (encarnado por Enrique Rambal), vetarro gomoso y pedante que comanda a un grupo de hombres identificados con claveles verdes a los que llama “mis muchachitos” (el subtexto no puede ser más claro y si no lo entienden, me dicen.

Pero conste que no lo inventé yo) y que se encapricha con atrapar a Brenda, igual que el personaje de Luján. En tanto, Angélica aprovecha para lucir atuendos absolutamente fabulosos y cantar un par de rolitas escritas por el mismo José Agustin y donde la acompañan los legendarios Dug-Dug’s.

En la que es probablemente la secuencia más recordada por muchos, Brenda llega al antecesor directo de un antro, más conocidos entonces por cafés cantantes y se avienta un palomazo con una canción pegajosa y eminentemente bailable, cuya letra es la pura onda, nada más chequen el dato:

Una piedra dorada

que guardaré

está en los bosques oscuros

que escondo yo


La gente me dice

¡no vivas así!

Pues hay en mi vida

un mundo de sombra y luz



Quisiera antes que nada

ser sólo yoy hallarme piedras doradas

que guardaré

Si todos me dicen

¡no seas así!

A todo antepongo

el fuego que siento en mí.


La canción es buena. Sin duda hace pensar en qué estaría consumiendo Pepe mientras escribía, pero también funciona como parte de una cápsula del tiempo de algo fuera de lo común en una época en que el rock psicodélico era denunciado como (¡Dios nos guarde!) “extranjerizante”. [Nota bene: de hecho, tengo la canción almacenada en mi iPod y suena bastante bien todavía hoy]

Dirigida por Carlos Velo (en esa época esposo de la productora Angélica Ortiz, una de las mujeres que más sabía de cómo hacer espectáculos, hoy extinta y madre de la protagonista), la cinta fluye con corrección y pese a algunos zigzagueos en que “se le va la onda” y no sabe a dónde ir, se deja querer. Hay algunas secuencias muy logradas (el set piece del café cantante, por ejemplo, con tres números musicales en rápida sucesión) con edición sorprendente para su época y el clímax (con las monjas corriendo de un lado a otro desesperadas gritando ¡sacrilegio, sacrilegio!) es hilarante, aún si hace la concesión que el público espera: ¿y cómo iba a ser de otra manera? Después de todo, hongos mágicos o no, ésta es una comedia de Angélica María y el tierno beso es de rigeur.



Sin duda, 5 de chocolate y 1 de fresa, es una sorpresa que funciona hasta la fecha. Su encanto surge del hecho de que no se hizo pensando en lo que se iba a convertir. El seguimiento de culto que generó se dio con los años y ha trascendido de ser un simple mexican cinema curio a ser un clásico realmente querido por la más diversa cantidad de gente; o bien, asombra lo querida que es la película, considerando que en el momento que se hizo – hay alusiones a la cercanía de las Olimpiadas, pero el espectro del 2 de octubre aún no se hace aparente… pertenece a una era más “inocente” de su tiempo- era algo que no se había hecho, al menos no con una intención comercial (y hay que recordar que Angélica María era, a mediados de los 60, un imán de taquilla).

La película merece ser redescubierta (se deja ver con cierta frecuencia en la tele y existe como DVD como extra en el libro de memorias de Angélica) no sólo por lo divertida que es, sino también por su linaje y como un retrato de un mundo que si bien, ya no existe, de un modo u otro es del que provenimos… amén que Angélica luce divina, demuestra ahí que sí las puede y José Agustín dejó una buena firma, accesible y a prueba del tiempo, además de que nos guía en el viaje, cosa que, si yo pudiera, encantado…

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