13/3/2010

Antártica / Antarctica, film de Koreyoshi Kurahara

David Guzmán

Texto con spoilers

Ayer tuve un reencuentro con el cine, sí...esa es la palabra: 'reencuentro' y la experiencia fue en verdad muy emocionante pues tuve que (enseguida cuento razones) atenerme únicamente a los sentidos de la vista y oído, quedándose en segundo plano, la comprensión de diálogos.


De entre mi mini colección de discos de Vangelis, hay uno que siempre me ha intrigado por el perfecto sonido que contiene, su nombre: Antarctica. Este trabajo es para mí, uno de los puntos altos en la discografía del músico griego, básicamente por la limpieza de esa música generada por sintetizadores mezclada con algunos otros instrumentos electrónicos. Y es que además de la pulcritud en las mezclas, las notas contienen un sentimiento al que difícilmente uno puede abstraerse, convirtiéndose fácilmente en música evocadora de imágenes.



La música de Antarctica fue realizada posteriormente a la banda sonora más famosa que ha compuesto Vangelis para el cine: Blade Runner. Los sonidos de hecho son similares, pero cada soundtrack se ajusta al espacio y tiempo para el que fue creado, En Blade Runner por ejemplo, Vangelis contribuyó con sus composiciones a la atmósfera obscura y desesperanzadora de la megalópolis en que se convierte la ciudad de Los Ángeles; en cambio su colaboración musical para Antarctica con percusiones que sugieren ecos y sonidos distantes de teclados que dan la idea de grandes espacios deshabitados, producen el efecto contrario pues las situaciones límite que retrata el film son mágicamente contrastadas con una música que genera esperanza y ánimo de supervivencia en el agreste y gélido ambiente de la Antártida.


Pero la intención del comentario es profundizar un poco más en Antarctica, la película. Es muy difícil conseguirla, pero pudo más mi inquietud por oír la famosa música de Vangelis acompañando imágenes qué lo que los diálogos me pudiesen decir, por lo que al ver la cinta, la experiencia se convirtió en un extraño ejercicio, sin subtítulos y hablada en japonés -el idioma original en el que fue filmada- fue como asistir a un concierto exclusivamente para la vista y el oído. Para mi sorpresa, los diálogos son mínimos y las imágenes hablan por sí solas y queda de manifiesto desde el inicio, la genialidad de Vangelis como pieza fundamental para convertir la película en un impresionante paseo por este deshabitado e inhóspito lugar.

Antarctica está basada en un suceso real ocurrido a una expedición en el año de 1958, cuando en el mundo iba en aumento la fiebre por conquistar y explorar terrenos hasta entonces desconocidos. Filmada en un tono semidocumental, la cinta narra el abandono a su suerte de una manada de huskis (perros del polo utilizados principalmente para jalar trineos) por un grupo de científicos en una estación de investigación japonesa en la Antártida.

Desde el principio del film, es evidente la gran ayuda que estos animales son capaces de proporcionar a los humanos. Los científicos Ushioda (Ken Takakura) y Ochi (Tsunehiko Watase), se adentran en la Antártida en uno de los viajes de exploración dejando en la estación a sus compañeros.


Pero el viaje de regreso se complica y es entonces cuando se aprecia la fidelidad de los perros, su fuerza y el impresionante instinto que poseen para encontrar el camino a la estación aún en condiciones en los que la nieve y el viento imposibilitan el avance. El clima no perdona y el frío cala a niveles tales que los exploradores deben cubrir ojos y rostro para evitar el congelamiento, mientras comienzan a ser visibles algunas quemaduras en la piel.

Las inclemencias del tiempo no cesan y durante una gran tormenta los científicos deben abandonar la estación en un gran barco rompehielos que los rescata. Sin oportunidad de reaccionar, Ushioda y Ochi (quienes mantenían un lazo afectivo con la manada de huskis) se enfrentan al problema de no encontrar cabida para los perros en el barco y se ven obligados a abandonarlos encadenados a la intemperie y sin alimento.


La odisea comienza aquí, pues el instinto de supervivencia de estos animales es muy fuerte y hacen hasta lo imposible por soltarse y escapar. Algunos lo logran en un doloroso y largo proceso, pero los que no corren con suerte, comienzan a morir congelados. La originalmente numerosa manada que logró zafarse de las cadenas, comienza la búsqueda de alimento en un infinito desierto blanco que provoca que esta tarea se vuelva por demás desesperanzadora y fatigante. Poco a poco el grupo empezará a disminuir en número de integrantes. El hambre los obligará a aprender a cazar, raspar la nieve en busca de peces atrapados en el hielo, enfrentarse en grupo a leones marinos ó incluso al ataque de orcas en algunas de las secuencias más espectaculares de la película, esto sin contar la gran cantidad de peligros a los que se exponen en una superficie terrestre siempre cambiante

Es el realismo de las imágenes al que nos vemos enfrentados los espectadores que nos deja un sentimiento de angustia intensa. Vemos a estos animales que heridos o hambrientos, mueren ó desaparecen entre los cuarteados bloques de hielo en prolongadas secuencias sin cortes, duras y sin concesiones. Es clara la intención del realizador: nos va preparando el camino para un final tan entrañable como emotivo, ya que al tiempo que vemos estas imágenes desgarradoras, sigue al par de científicos y su vida en ciudad quienes con profunda nostalgia se muestran inquietos por no saber lo ocurrido a sus fieles animales, convirtiéndose este motivo en deseo permanente de regresar a la Antártida. Lo logran 6 meses después, pero lo que encuentran es devastador.
Vangelis cumple con creces y eleva la película de nivel, esto ya es un sello del compositor en sus colaboraciones para el cine. En uno de los extras del DVD, se observa al director Kurahara presentándole imágenes de la película al músico, quien muestra su agrado a lo que ha visto y accede a participar. Así pues, Kurahara utiliza distintas variaciones del tema principal (Deliverance – Salvación-) compuestas por Vangelis, que encajan a la perfección creando imágenes de un lirismo y poesía fascinantes y que con cada nota que escuchamos, inyecta esperanza en los momentos en que ésta parece no existir.


Kurahara nos pasea con su cámara por paisajes hermosos, atardeceres que dejan sin aliento, parajes con un silencio eterno, casi sepulcral y que en instantes pueden ser azotados por la violenta fuerza de la naturaleza. Casi es posible percibir el olor a muerte que ronda la zona y que termina provocando una profunda admiración y respeto por las vastas regiones polares.

Basta ver un espectáculo que sucede ocasionalmente en esos lugares y que es mostrado en la película: la aparición de la aurora boreal, cuya majestuosidad visual con la que fue retratada envolviendo a los perros en una larga y hermosa secuencia (casi surrealista), nos hace recordar sentimientos similares inspirados por el espacio exterior que Stanley Kubrick nos mostró virtuosamente en su clásico de ciencia ficción: 2001 Odisea del Espacio.


Los actores, no son conocidos. Si acaso podríamos recordar al protagonista, un japonés de nombre Ken Takakura, a quién vimos en una película viejita de Ridley Scott llamada Lluvia Negra (Black Rain). Actúa también Tsunehiko Watase, (Entre el cielo y la Tierra - Heaven and Earth de Oliver Stone); ambos nos ofrecen aquí un trabajo actoral de buen nivel, matizado y sin sobreactuaciones gratuitas en los momentos de mayor emotividad.

Antarctica tuvo gran resonancia en Japón y se convirtió en un impresionante éxito de taquilla; gran cantidad de artículos promocionales fueron puestos a la venta, largas filas en los lugares en los que se exhibió la cinta culminaron en la obtención de varios premios y nominaciones en prestigiados festivales de cine de la época.

Créanme que esa frase de “el perro es el mejor amigo del hombre”, fue llevada al cine decorosamente con Antarctica. Contrario a lo ocurrido en el remake que realizó Disney recientemente (Rescate en la Antártida - Eight Below, que carece del encanto y fuerza del original japonés que nos ocupa), el film de Kurohara está dirigido claramente al espectador adulto, por el realismo de las imágenes y la cruda violencia gráfica en pantalla.

Antarctica me reconfirmó que el Cine como lenguaje universal puede, con la sola imagen y música, ser suficiente para emocionarme transmitiendo sensaciones; bastó lo que vi para conceptualizar el film como una película profunda y de vitalidad excepcional. Es pues un trabajo notable que merece ser rescatado del olvido para disfrute de los que gustan del buen cine.



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