13 jun. 2010

El bebé de Rosemary / Rosemary's Baby, de Roman Polanski

Miguel Cane




En los más de cien años del cinema, ha existido siempre la búsqueda por acoplar géneros de una manera que consiga llevar al espectador de la carcajada al grito, algunas veces en una misma secuencia.

Quizá una de las películas que mejor consigue sostener el frágil equilibrio entre los complicados géneros del terror gótico y la mordaz sátira social sea El Bebé de Rosemary (1968), que representó el debut americano de Roman Polanski, en esa época un revolucionario sensacional del cine europeo, que basó su guión en la exitosa novela escrita por el estadounidense Ira Levin.


La adaptación resulta tan fiel, que cuando uno ve la película basada en ella por primera vez, se puede pensar: ‘si ya viste la película, no necesitas leer el libro’ y a la inversa. Esto no es del todo cierto, -- nunca lo es, aunque definitivamente es notable el hecho de que sigue la novela casi palabra por palabra y aunque es insólito que un film Hollywoodense resulte tan apegado a una fuente, no es tan extraordinario en el caso de Levin y su obra ya que ésta se trata de un libro excepcional, por lo que es muy probable que nadie más pudiera haberla filmado con tal sensibilidad.

Lo que empieza como un cuento de hadas de Nueva York, muy sutilmente, y al paso de las escenas se va oscureciendo hasta que se convierte en un gótico de Manhattan.

La primera toma es un memorable Hollywood shot de la ciudad (que hoy es muy distinta, pero cuya esencia se captura a la perfección), acompañado por un inquietante y pegajoso arrullo, compuesto por Krisztof Komeda e interpretado por la propia joven que protagoniza el filme: Mia Farrow.





Ambos elementos sirven para mostrar una atmósfera soleada; es septiembre de 1965, Rosemary y Guy Woodhouse (Mia Farrow y John Cassavetetes) son una joven pareja de recién casados que llegan a inspeccionar un apartamento disponible para alquiler en el elegante edificio Bramford (la casa Dakota, que lo mismo podría estar ubicada en Otranto y no necesariamente junto a Central Park). Los enamorados van de la mano, se maravillan ante la posibilidad de realizar un sueño y no podría imaginar que en el apartamento de al lado ocurren cosas que provocarán que en la última escena nuestra heroína ya no pueda volver a ser la misma.

No es hipérbole decir que cada novela u obra escrita por Ira Levin (1929), es una genuina maravilla en lo que respecta a trama. Su estilo singular hace quedar a otros autores del género en la ignominia. Sus novelas están ensambladas como una estilizada casa de naipes; si uno jala una sola vuelta de tuerca todo caerá-- en su sitio. Acerca del film que se estrenó en 1968, el mismo Levin ha señalado “Siempre he sentido que es la más fiel adaptación literaria hecha en Hollywood. No sólo incorpora fragmentos enteros del diálogo, sigue los esquemas de color para escenografía y vestuario (donde los menciono). Y quizá de manera más importante, el estilo de Polanski de no dirigir la cámara de lleno al horror, pero en todo caso, dejando que el espectador lo descubra en una orilla de la pantalla coincide con mi propio estilo de escribir.”







Las trampas de la fe
El ingenio de Ira Levin será tal vez el mejor lugar para empezar con El Bebé de Rosemary más que su muy elogiada habilidad de crear atmósferas de terror sobrenatural sin temer al hecho de que el material usado en el género es muchas veces algo inconcebible: Echémosle una mirada al precioso niño que Rosemary ha dado a luz, como lo ve por primera vez en un hórrido moisés forrado en tafetán negro:

“...Sus ojos eran amarillo-dorados, sólo amarillo-dorado, sin blanco ni iris; todo amarillo-dorado, con pupilas verticales negras.
Ella lo miró.
Él la miró, amarillo-dorado, y después al crucifijo que colgaba boca abajo sobre su cabeza.
Ella los vio observándola y cuchillo en mano les gritó,
-¿Qué le han hecho a sus ojos?
Se agitaron, murmurando y vieron a Roman.
- Tiene los ojos de su padre,- dijo él...”

A estas alturas del poema, hemos vivido y pasado por múltiples desventuras junto con la joven madre, y la respuesta de Roman Castevet más bien parece el desenlace de un chiste cruel. La escena, traducida al lenguaje cinematográfico es un prodigio: la cámara valsea con Mia, que se acerca al moisés y con sólo una expresión facial, nos transmite todo su horror indescriptible. Sólo podemos, como espectadores que hemos estado con ella todo el tiempo, que aparte de ojos amarillos, el bebé de Rosemary tiene garras, cuernos, y hasta [suponemos] una cola. En esencia, Rosemary ha parido al muy popular Diablillo que siempre vemos rompiéndose el crisma con su némesis, el consabido Angelito. Levin amplía la broma sádica al presentarnos una secta de brujos compuesta enteramente de candidatos a una residencia de la tercera edad; el hecho de que la sencillamente adorable Minnie Castevet (Ruth Gordon, en el rol que vino a redefinir su carrera casi a los setenta años) y sus comadres sean demasiado ancianas como para atender a un recién nacido, añade el último macabro detalle, visto como el primer tentativo acercamiento de Rosemary a su bebé para arrullarlo.


Tanto Levin como Polanski parecieran indicar que semejante tono no es lastre para el horror del relato sino que en realidad ayuda a elevarlo. El Bebé de Rosemary es una distinguida confirmación de la teoría de que horror y humor van de la mano, y que negar a uno es hacerlo con el otro.

Aparte de la exquisita sátira, Polanski adereza la cinta con ironía de dos filos. Casi al principio, los Castevet invitan a Rosemary y Guy Woodhouse a cenar; Rosie acepta, con la condición de que no será molestia para la descaradamente metiche anfitriona.

“- Pero cariño, si fuera molestia no la invitaría,- dijo la señora Castevet. - créame que soy egoísta como largo el día.
Rosemary sonrió. - ¿Sí? Eso no es lo que Terry me dijo.
- Ah,- dijo la señora Castevet con una sonrisa de satisfacción, - Es que Terry no sabía lo que decía...”

Resulta ser que todo lo dicho por Minnie Castevet es verdad. Realmente es egoísta y la tal Terry, -- es decir, la ex playmate Angela Dorian, que termina asesinada o suicidándose cuando descubre que será o ha sido utilizada como incubadora para el hijo de Satanás- de hecho no tenía ni pálida idea de lo que decía... Oh, pero al fin de cuentas se enteró...

Aunque El Bebé de Rosemary fue estrenada en 1968, posee algunos temas que aún se mantienen vigentes. Podría decirse que uno de ellos es la erosión de la fe sirve como punta de lanza para el Diablo; tanto en el macrocosmos como en el interior de la heroína – Rosemary va de la devoción absoluta como alumna de una escuela de monjas, al total agnosticismo como la ultramoderna ama de casa neoyorquina, para creer de nuevo, como la perpleja madre de su hijo infernal; así, con el peregrinar por el que pasa Rosemary (metafóricamente, los nueve meses de su preñez), la cinta nos da una alegoría serio-cómica de las inescapables trampas de la fe. Uno de los básicos dogmas de la iglesia católica es: “Danos a tus hijos, y compartirán nuestra fe eternamente.” El saco queda y Rosemary lo usa que da gusto. Con un adecuado toque de ironía, nos queda claro que es el anular su devoción lo que permite al Demonio entrar en su vida... aunque es también la infinita fundación de esa misma fe lo que le permite amar a Andy [su bebé]; con todo y cuernos (¿Será tal vez por que ambos son inocentes del complot para crearlo?).




Esta es la forma que usa Polanski para tratar sutilmente la fe como característica de su personaje: Rosemary Woodhouse bien podría haber salido entera del poema de Sylvia Plath “Mad Girl’s Lovesong” --Abre sus ojos y todo nace de nuevo-. Ah, pero por ahí abajito anda Rosemary Reilly, la buena niña católica, sin permitir que su alter-ego se olvide de ella fácilmente. Durante la cena, los Castevet llevan a cabo una especie de entrevista de trabajo, probando a Rosemary y Guy para ver la profundidad e inclinación de sus creencias. En la sobremesa, Guy revela su desdén ante la religión. En seguida, Roman Castevet (Sidney Blackmer) da un speech que critica todo lo considerado sacro por la religión organizada; aunque, insinúa Polanski, también manifiesta fundamentos que son seguidos no nada más por Satanistas.

La historia propone que debe existir siempre una creencia; sin lo sagrado, lo sacrílego no puede ser. Los brujos Castevet parecen discernir la fe en el nadir de Rosemary, y es Guy su maridito, un ateo genuino, al que usan como agente; como es natural, el engreído hijo de su madre se degrada majestuosamente para la ocasión, a cambio de fama y fortuna en el competido mundo de la actuación.

Horrores de ciudad
Sin embargo y más allá de ser una farsa socio/religiosa, esta también es una historia de horror psicológico y ¿dónde somos más vulnerables, si no en nuestros más íntimos sentimientos de paranoia? Rosemary es, encarnada de manera magistral por Mia (¿pueden imaginarse a alguien más en el papel?), bajo su barniz cosmopolita y peinado Vidal Sassoon (muy “in”), una muchacha provinciana, con el corazón de oro y una inocencia, que podría ser peligrosa.

Existe un adagio entre Neoyorquinos que reza: ‘paranoia perfecta es sabiduría completa’. La historia de Rosemary trata acerca de dicha percepción. Nos volvemos paranoicos mucho antes que ella. Por ejemplo, ¿por qué tarda Minnie lavando trastes?... ¿Será para que Roman tenga tiempo de tener un tête-à-tête con Guy en la sala, y --tal vez-- corromperlo? Tras la impresionante violación (una secuencia surrealista muy bien lograda), y resultante gravidez, la propia paranoia de Rosie comienza, muy gradualmente, como la gota que hace la grieta, a emerger.

Son tantos los elementos, que de pronto nos descubrimos en una atmósfera estremecedora: Minnie Castevet es generosa y atenta, amén de insistir en que vea a su amigo, el prominente Dr. Sapirstein (Ralph Bellamy), ¡Por favor no lo hagas Rosie! queremos gritarle; ¡él es uno de ellos!... por un momento, parece que toda la ciudad está llena de monstruos mientras que la dulce y sensible Rosemary es la única persona normal… ¿o sí lo es? Algunos psiquiatras afirman que no existe mucha diferencia entre nosotros y los esquizofrénicos-paranoides en la casa de la risa, excepto que nosotros logramos mantener nuestras más anormales configuraciones bajo control donde las de ellos han ido más allá de todo límite.


La alegoría de El Bebé... tanto en celuloide como en palabra impresa, sostiene la misma teoría. El relato nace de nuestro pánico a situaciones que alteran nuestra vida; una trasgresión Dionisiaca que asalta nuestro estado Apolonio. Nuestro temor, como espectadores por Rosemary proviene de nuestra identificación con ella y nuestro deseo de protegerla; es así que poco a poco desconfiamos de todos--y en ocho casos de cada diez teníamos razón. Pronto, Polanski nos suelta de la mano en medio de la noche y sucumbimos a nuestra paranoia y todas nuestras pesadillas se vuelven realidad con brutal precisión.

Si las películas de terror que tanto disfrutamos, en cierto modo funcionan como una catarsis para nuestras fobias cotidianas, entonces El Bebé de Rosemary refleja con eficiencia feroz los temores de un residente de ciudad: lo peor puede estar en la casa de junto y viene a por ti.

El logro indiscutible de novela y filme, es precisamente eso; que nos deja enajenados, sin aliento, temerosos, por un rato, llevándonos a la cumbre del grito con sólo cambiar discretamente de escena.

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