13/6/2010

La balada de Narayama, de Shohei Imamura

David Guzmán




Siempre me he preguntado la razón del éxito en otras latitudes que tienen algunos cineastas como Arturo Ripstein por ejemplo, pues sus temas por lo general tienen apariencia localista. Sin embargo, más allá del idioma de los protagonistas de sus historias ó de las ciudades y pueblos donde se desarrollan sus cintas, se encuentran temas universales que pueden encontrar identificación en lugares tan alejados como algunos países de Europa o Asia donde este cineasta en particular goza de cierto reconocimiento y algunas de sus obras son incluso consideradas de culto.

Pero, ¿a que viene todo esto? Pues a que recién me encontré una película japonesa de tema aparentemente localista pero que contiene preceptos a los que no pude permanecer indiferente; se trata de La balada de Narayama. La cinta me hizo comprender la fama a nivel mundial que han alcanzado esos cineastas a los que me refiero al inicio de este texto, aquellos que parecen ser fieles a temáticas aparentemente vinculadas a su lugar de origen pero que con ellas, han logrado trascender y lograr reconocimiento internacional (Kurosawa podría ser un ejemplo más representativo).




Pero La balada de Narayama no es de Kurosawa, sino de un compatriota suyo de menos fama aunque igualmente talentoso de nombre Shohei Imamura. En este caso, lo que comienza como un simple retrato pintoresco de un pequeño poblado japonés se convierte en un intrincado y doloroso viaje a través de costumbres y tradiciones enraizadas profundamente en la vida de estos aldeanos hace más de 100 años. Los integrantes de esta pequeña y pobre comunidad, motivados por la falta de alimento suficiente para sobrevivir, contemplan entre sus costumbres que los ancianos al llegar a los 70 años de edad, deben abandonar la aldea y “reunirse” con sus antepasados al pie de la montaña Narayama.

La primera mitad de la cinta transcurre ciertamente con ritmo pausado. Shohei Imamura penetra con su cámara en las desvencijadas viviendas de madera que azotadas por la nieve y el viento apenas se distinguen en la planicie montañosa. La cámara del realizador se posa sobre la anciana Orín y su peculiar familia. La mujer, próxima a cumplir 70 años, pareciera estar en plenitud física y mental. Trabaja como pocas, cocina, pesca, educa y hasta le consigue esposa a su hijo. Es su hijo mayor, Tatsuhei (Ken Ogata) quién sabe que el final del camino de su madre está próximo y aunque no lo manifiesta, hay una especie de resistencia a la idea de acompañarla al difícil desenlace.




Pero nadie más convencida que ella de aceptar gustosa la idea de ir a la montaña a reunirse con sus ancestros, de hecho es tan fuerte esta tradición que una de las mujeres del pueblo mientras agoniza, lamenta el hecho de no poder hacer el viaje a pie al Narayama.

Imamura no hace concesiones y retrata con total fidelidad la cruel realidad que impera en el pueblo. Somos testigos del trato que recibe por ejemplo una familia que orillada por el hambre comete el robo de vegetales, es sepultada viva por todo el pueblo. También escandalizantes son las imágenes de las prácticas sexuales (que incluyen actos de zoofilia) de los pobladores, que seguramente a ojos occidentales parecerán salvajes pues la mujer es utilizada como objeto, sin mayor placer para ella que buscar la satisfacción del hombre.

Pero todo esto no es más que la antesala a un desenlace muy triste y conmovedor. Orín tiene todo preparado; en secreto ha ido incluso tumbándose con piedras los dientes con la clara intención de mostrar a su familia una decadencia física que obviamente todavía no llega a manera de decirles: estoy lista.

De alguna manera se ha preocupado por dejar bien a la familia. La tradición dicta que llegado el momento tiene que salir del pueblo sin ser observada por los lugareños, muy de madrugada…como si hubiese desaparecido o la tierra se la hubiese tragado. Tatsuhei de acompañante, carga a su madre en la espalda mientras hacen el recorrido a la montaña. En el camino no hay palabras, ni alimentos para ella.

La maestría de Imamura queda de manifiesto para el gran desenlace de su historia, que me permito reseñar a continuación más por la perfecta resolución y significado que encontré, que por la intención de contarles propiamente el final, razón por la que hago un paréntesis para sugerirles que si no han visto el film y quieren disfrutarlo plenamente, eviten leer lo que a continuación comento.

Digo perfecta, porque después de ver la cinta entiendo claramente esa Palma de Oro que se llevó en Cannes en 1983, muy merecida por cierto. Imamura nos ha llevado de la mano hasta las faldas del Narayama, siguiendo el silencioso trayecto de Orín y Tatsuhei. Mientras se acercan al final del camino, la inquietud que experimento como espectador es la esperanza de que, por arte de magia, la película adquiera tintes de realismo mágico y efectivamente, ese deseo profundo de terminar los días en Narayama, se concrete en un momento épico, espiritual y de feliz reencuentro con antepasados... pero no es así.

Lo que encuentra Orín y su hijo al final del trayecto, es una cantidad enorme de esqueletos, huesos, ropa roída e infinidad de cuervos que se alimentan de los despojos que ahí se encuentran. Nada se compara a la experiencia de ver a Tatsuhei observar incrédulo el lugar en el que su madre acabará sus días, sin alimento, a la intemperie y completamente sola.

Es infinitamente conmovedor observar como la condición humana, movida por sus convicciones sociales ó religiosas, puede aceptar un final para la vida como éste. Aves de rapiña sobrevolando a la mujer quién con profundo sentido de aceptación, busca su rincón entre la gran cantidad de cadáveres, mientras su hijo la observa con infinita tristeza al tiempo que se despide y aleja del lugar.

La película es un remake cuyo original fue filmado al parecer en estilo de teatro kabuki en 1958 por un cineasta llamado Keisuke Kinoshita y que por la información que encontré al respecto, tiene también sus seguidores. Como dato adicional puedo mencionar que el film de Imamura tiene un extraordinario trabajo del color que reviste gran importancia para el realismo que proyecta y que indudablemente el director utiliza para coronar el final con un toque poético, como queriendo ceñirse a la frase: “después de la tormenta, viene la calma”; cita que por cierto y acorde a lo subrayado en un principio, funciona perfecto aquí y…en Japón.


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