13 nov. 2010

Eraserhead / Cabeza borradora, de David Lynch

Paxton Hernández

El onirismo filicida




En Cabeza borradora (Eraserhead, EUA, 1977), impetuoso debut en largometraje de David Lynch (El alfabeto 68), el impresor industrial Henry Spencer (Jack Nance introvertido archigenial y alter ego de Lynch) asiste a una cena con los padres de su novia Mary X (Charlotte Stewart) pero apenas cortando el pollo todavía vivaracho, confesiones brotan y le encaretan al niño que ya espera desde hace 3 meses Mary X, que no es otro que el engendro chillón que anulará su libertad como soltero y su existencia.

El onirismo filicida es el delirio surrealista que invoca los miedos más profundos de un joven recién casado, a saber: el miedo a la paternidad, el miedo a la fidelidad conyugal especialmente con la amenaza de la atractiva y cachonda vecinita, y el miedo a la pérdida de aspiraciones, sueños y de la juventud, jamás recuperada (y tres divorcios más tarde del mismo Lynch lo confirman).




El onirismo filicida configura fundacionalmente las constantes narrativas y estéticas de gran parte del universo lyncheano en una ópera prima explosiva, personalísima, oblicua, a pesar de todo profundamente conmovedora y humana: en los pasillos oscuros que representan laberintos psicológicos y personalidades bifurcadas, en el escenario de teatro con la Dama en el Radiador (Laurel Near) que sólo existe en la mente, en lo grotesco como única posibilidad de acceder al goce y al éxtasis estético, en el metalenguaje narrativo aquí mismo casi biográfico que alcanzaría niveles críticos en Mulholland Dr. (Lynch, 01) e Inland Empire (Lynch, 06), en las siniestras luces de lámparas que se prenden y apagan solas, en el alucinante diseño de sonido adelantado casi 3 décadas a la invención del Home Theater, las galería de personajes fuera de serie, monstruosos.

Y desesperadamente el onirismo filicida devora los traumas propios y ajenos, a manera de un sacrificio ritual antiguo, para devolver una magna colección de imágenes aterradoras, duras, pero siempre poéticas, fascinantes y tercamente indelebles, en pos de alcanzar el delirante limbo de una pesadilla que nunca termina.


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