19 mar. 2011

Rango, de Gore Verbinski

Claudi Etcheverry



Quien crea que Rango es una película infantil a secas, se equivoca mucho, si piensa que por ver unos monigotes en 3D de factura impresionante estamos ante una historia para hacer que los chicos no se peleen en casa encerrados un domingo y nada más. Rango tiene varios niveles y desciende mucho en una reflexión sesuda y brillante, sin ser compungida ni intelectualoide. Es una razón sobre la identidad que podemos aprovechar para que los nenes no alboroten en casa mientras nosotros leemos entre líneas en un despliegue visual hermoso con relleno (sobre todo en esta época en que los recursos gráficos son uno de los personajes principales en muchas producciones, incluso en algunas en las que no hay ni otros personajes o ni siguiera una trama decente que las sostenga). Muchas personas creen que pensar sobre uno mismo equivale a accesos de llanto, sentimientos desbordados, crisis de ansiedad o sesiones psicoanalíticas devastadoras.



Hay otras vías mucho más simples -y no menos sensibles- de darnos cuenta de que todos estamos determinados por nuestra propia historia y lo que hace la personalidad es dirigirse a los hechos de la única manera que sabe: repitiendo modelos, incluso arropándolos bajo reflexiones que se nos antojen más elaboradas o mejor argumentadas para hacernos creer que hemos superado a nuestros padres -esos a quienes muchas veces señalamos como los artífices de nuestros moldes- aunque visto desde arriba, es probable que estemos haciendo lo mismo que ellos cambiando de bote la mermelada. No hay que ser un cráneo para ver que lo cierto es que sin historia no hay identidad, y que seguramente repetimos modelos aunque estemos convencidos de habernos reencarnado en una instancia superadora de nuestros orígenes. El zorro pierde el pelo aunque no pierde las mañas, y Rango, un camaleón urbanita tirado en un desierto remoto, es una metáfora literal de muchos de nosotros.



El viaje de este camaleón resulta verdaderamente heroico, no porque se enfrente a las balas, sino porque se pone cara a cara ante algunas preguntas de vértigo: ¿Quién soy? ¿Me conviene? ¿Me hace bien seguir siendo quién soy?, aunque la cinta no sea una secuencia de silencios a lo Bergman ni se presente bajo una factura intimista ni oscura. Podemos ver la peli como un filme pasatista sin pensar en nada más (ya se sabe que el mundo no muestra nada a unos ojos sin mirada). Ha habido muchas películas de animación para adultos, como “Fritz, the cat”, que vi ya en 1975, un entrañable retrato crítico y corrosivo de la cínica sociedad americana metido en la piel de un gato que marcaba las fronteras con eso que llamaríamos hoy lo políticamente incorrecto, y que acaba muerto a manos de su amante avestruz que se lo carga machacándole el cráneo con un picahielo tras mucho sexo inter species. Pero sin meterse mucho más allá, aquellas estampas eran inocuas y proponían apenas unos gatos follando en una bañera y poco más, que es mucho más fácil de tratar que la idea de quiénes queremos ser y la frustración de enfrentarnos cada día con quienes somos sin remedio.



El recurso de esconder las reflexiones un poco más atrás de una simple anécdota aparente tiene siglos, y ya lo ensayaron Esopo, Samaniego o Lafontaine, con animalitos ingenuos que explican la naturaleza humana y sus desvíos. Para quien quiera mirar por las rendijas de esta historia, el director Gore Verbinski presenta unlargometraje de animación que anima, nunca mejor dicho, a ver el paso de un camaleón que se inventa a sí mismo saliéndose de quien es, no como un acto de enajenamiento o alienación sino como búsqueda de su persona porque lo hace atento a su verdadera naturaleza en un diseño personal, lúcido y tozudo, dirigido hacia quién quiere ser, respetándose a sí mismo. Un hecho fortuito lo deja literalmente tirado en la carretera, donde pierde todas sus referencias (como en las crisis de identidad, je… je…) y la primera metáfora ya es que se trate de un camaleón, un bicho que por definición entra en mimesis con todo lo que toca. Pero pronto se da cuenta de que los tiros no van por ahí, y se ve cara a cara con quién tiene que ser sin ambages para entrar en equilibrio, como diría Ortega y Gasset, entre él y sus circunstancias.

El pensamiento de repetir modelos se le hace patente y pronto se le adivina inútil. El escamoso bichito advierte que si sigue repitiendo lo que hizo hasta este momento no va a ser realmente feliz nunca, por muy convencidos que resulten sus argumentos. Entonces se pone serio para determinar quién es, dónde tiene el depósito, y qué combustible lleva. Más allá aun, la cinta presenta a la vez el origen de una identidad personal en paralelo al origen de una nación en la que el Oeste fue usado como símbolo heroico del tesón colonizador que, después de conquistar el territorio y contar muchos muertos, vemos aquí cómo fragua y se deshace en un capitalismo salvaje en el cual quien retiene los recursos económicos tiene el poder sobre los demás. Aquí el contrapeso de héroe y villano no solo va de matices morales, sino que incluso el guionista llega mucho más lejos al mostrar el cambio del paisaje físico que supuso ese ir del desierto natural que encontraron los colonos a las praderas cuajadas de hormigón en medio de campos con riego artificial con que nos saturan los ojos los folletos inmobiliarios mientras nos vacían los bolsillos a golpes de hipoteca. La película se redime feliz inundando de agua fresca el pueblo seco de esta historia de 400 años mostrada en 110 minutos.

Verbinski se revela cinéfilo reeditando los mariachis de Babe y las batallas de Apocalypse now en clave de sol, y mientras todo esto parece un pasatiempo y los chicos creen que se trata de otra de Disney o puro 3D, el rato pasa en pantalla y los nenes nos han dejado tranquilos. La que no nos deja tranquilos es esta peli, salvo que nos hayamos decidido a verla poniéndole barreras al campo y la miremos con ojos pueriles tapando el sol con las manos. Pero ya se sabe que uno puede ver hasta donde su propia historia lo permite, y mirar la foto con uno mismo dentro es una virtud poco frecuente porque el ojo nunca se mira a sí mismo. En este camaleón de garabato los ojos divergen divertidos, si bien en lo que para él es la escenografía aparente de una de cow-boys, el tipejo tiene los santos güevos de preguntarse a sí mismo quién quiere ser.

Y lo consigue.

(Gore Verbinski, EUA, 2010, con Johnny Depp en la voz de un camaleón desastrado y vacilante)

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