8 abr. 2011

Pa negre / Pan negro, de Agusti Villaronga

Claudi Ectheverry



El cine español ha recorrido desde todos los ángulos posibles la desgarradora historia de la Guerra Civil. Pa negre, de Villaronga, pasa por el mismo escenario mientras describe la salida de la inocencia de Andreu, un chaval que va recorriendo uno a uno los peldaños de crecer dándose de cara con la realidad. La suma de una guerra de adultos y el sufrimiento de un niño es una perspectiva a la que el cine ha apelado muchas veces, especialmente porque la candidez infantil hace más inexplicable e injusta la sinrazón de los mayores. La vida rural, ricos y pobres, vencedores y vencidos, hijos y entenados, los principios frente a la supervivencia, pan blanco y pan negro… En fin, de todo esto hay en esta realización con mérito en un mapa bastante visto pero no por eso menos rico y por explotar. Sin embargo, aunque la intención de salida era buena, dar luz desde el escorzo del chiquilín que acaba por sumarlo todo en poco tiempo era una propuesta de interés que no cuajó ni a la de tres.


La película de Villaronga se queda trabada en un plano muy frecuente de ver, y empieza a dar muestras de agotamiento a poco de empezar y pierde vapor. Por desgracia, yo ya iba prevenido porque muchas creaciones del cine local se contaminan de Pastorets, una representación escolar que llega cada año con el mismo perfil de pesebre viviente. En Els Pastorets uno puede aceptar el tono duro de una lección de inglés, esas en que los Smith y los Jones, amigos desde hace veinte años, llegan a confesarse cosas tan trascendentes para su amistad como que “Vivir en el campo es más tranquilo que hacerlo en la ciudad”, o que “Nuestro perrito se llama Sparky”, aunque lleve ya quince años con ellos y los Jones lo sepan de largo. ¿A qué jugamos? ¿Se conocen o no se conocen?



Pues ese es el tono de muchas de las intervenciones: duras, esquemáticas, “docentes”, más rictus que sentimientos genuinos en unas interpretaciones que rozan lo ajeno. La acusación de la viuda deDionís a la madre del chaval empieza coqueteando con el exceso, pero por falta de mesura, rebosa.Esa señora no es de allí, no ha aprendido los gestos ni está tallada por el rencor oscuro y ensordecidodel odio rural. Falló la caracterización del medio, no el trabajo de los protagonistas. Villaronga se dejallevar por el folletín, y no construye un guión enriquecido por el compromiso personal de los actores.Si los pusiéramos en Caracas, nadie perdonaría esos diálogos excedidos de culebrón. Andreu lecontesta al maestro algo que parece dictado por el apuntador: “Vostè és Vostè, i jo sóc jo”, en unareacción inverosímil con un tono tan repelente de niño Vicente, que uno piensa que se abre unasubtrama secundaria de posesión diabólioca. Pero no. La película sigue en sus pasos y sus tropiezos.



La niña Marina Comas, muy buena actriz infantil, da un giro inesperado a poco de introducirla en escena sin que medie intervención lógica alguna, y salta de hacerle una botifarra a Andreu al llegar (extendiéndole ostentosamente el dedo mayor), a pasar a ser un ser dotado para el análisis y la ternura. También el mito homoerótico queda sugerido, sí, pero es otra de “tirar la piedra y esconder a mano”, y queda encañonado en otra vía muerta. Todos los diálogos son perfectamente urbanos, en contenido, gesto y tonos, cuando cualquiera que haya ido alguna vez al campo o a las ciudades de endogamia sabe que la vida rural tiene unas notas propias que deberían haberse recogido, como lo hizo Mario Camus en “Los santos inocentes”, en la cual uno no tiene ni atisbo de duda de que Paco Rabal es un habitante de allí, de allí mismo, hijo del impacto que causó esa España profunda. Los materiales de ambas cintas son homologables, así como el SEAT 600 y un Rolls Royce están hechos con los mismos metal, goma y vidrio. Es una cuestión de cantidades, eso sí, y de diseño.



En esta Pa negre el ritmo de los diálogos, el lenguaje verbal y el corporal, la apostura, todo es como un ejercicio pedagógico para que al espectador le quede claro de qué va el drama, pero al final, empalaga. Uno ya se había dado cuenta solito del paisaje, y no es necesario rotular cada elemento en una casa: “mesa”, “silla”, “puerta”, porque lo obvio, ofende. Por eso, el director no acierta a definir en qué registro quiere rodar y se mete en camisa de once varas sin saber adónde llevar muchas de las escenas. Deshilacha momentos que podían ser el cenit dramático del argumento, como la escena de la madre que visita al chaval en el internado y da con un niño que se ha salido de su realidad a empellones y se ha transformado. Mas el director los enfrenta como dos adultos que leen un guión, y el tono general del encuentro es de diatriba cuasi política y no del desgarramiento al perderse el uno del otro en un vínculo que les da razón o que puede quitársela para siempre.

De lo más flojo en esta película que se zambulle en el realismo rural y empobrecido de las secuelas fratricidas, es la iluminación. Alguien debería haber advertido el divorcio entre la carga del guión y las luces. Esos reflejos de aguas azules en una casa de pueblo ligan tanto como beber un chardonnais Veuve Clicquot en cuencos de barro. Ni crea atmósfera, ni es un refuerzo semántico: simplemente, juega de libero sin control del regisseur. La madre que compone Nora Navas es excelente, pero la urdimbre se le queda tan pequeña que esta actriz desborda por los cuatro costados. Villaronga quería hacernos ver que en ese ambiente y en esas circunstancias históricas Andreu recorre el dolor de perder la inocencia, pero al acabar la película uno recala en que Nora Navas, igual ha perdido su tiempo.

(Agustí Villaronga, España, 2010, con Francesc Colomer, Nora Navas, Laia Marull, Marina Comas)

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