25 oct. 2014

Woody Allen: Ya no hay interés en el cine de arte

Miguel Cane.


Es una leyenda viva del cine, pero tener ese estatus no lo hace cesar en su trabajo. En 45 años, Woody Allen (Brooklyn, Nueva York, 1935) ha filmado prácticamente una película por año, algunas de ellas consideradas obras maestras de la cinematografía. Ganador de un Oscar a mejor película y mejor director (por Annie Hall en 1977), tiene una filmografía rica en títulos notables.


Para un recuento mínimo: Manhattan, La rosa púrpura del Cairo, Alice, Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (pero temía preguntar), Todos dicen te amo, Los enredos de Harry, Interiores, Match Point; Vicky, Christina, Barcelon; Hannah y sus hermanas, Broadway Danny Rose, El dormilón, Balas sobre Broadway, Misterioso asesinato en Manhattan, Medianoche en París y Blue Jasmine.


A ésta distinguida lista se suma su más reciente filme, Magia a la luz de la luna, donde dirige a Colin Firth y Emma Stone en una comedia sui géneris. El cineasta habla vía telefónica desde Nueva York para relatar aspectos de su carrera y de esta película.

Sus últimas películas han sido filmadas ya no en Nueva York sino en diferentes ciudades. Ahora parece tener un interés por explorar otros matices de la tragicomedia humana. ¿Diría que esto refleja un cambio en su percepción del mundo que lo rodea?
No lo sé, no lo había pensado, pero tal vez sea cierto. Siempre pienso que me gustaría que el mundo, o yo mismo, fuésemos distintos. De ahí surgen algunas ideas que luego se convierten en filmes. Así fue con Blue Jasmine, o ahora con Magia a la luz de la luna. Aunque, siendo honesto, muchas veces las películas que hago poco o nada tienen que ver conmigo o con cómo yo pueda ver el mundo.


¿El cine siempre fue una de sus pasiones?
Supongo que es una de ellas, sí. Cuando era niño solía ir a ver películas todo el tiempo. Dos, tres, cuatro y hasta cinco veces por semana, en cines de Brooklyn o Manhattan. Había mucha más oferta de cines. Existían locales que exhibían películas que no eran de estreno. Yo pagaba mi entrada y podía estar horas enteras. Veía a Humphrey Bogart, Cary Grant, Ingrid Bergman y Katharine Hepburn y me olvidaba del mundo, era espléndido poder hacer eso. Y con el tiempo, descubrí que podía dirigir películas y empecé a hacerlas. No sé hacer otra cosa. Bueno, tocar el clarinete, pero no se puede ganar uno la vida solo con eso.



¿Cuál de todas sus películas considera usted que es la que más satisfacción le ha dado?
Ninguna. No es que menosprecie lo que he hecho, son películas que hice con amor, es solo que estoy siempre intentando hacer ese gran film. Verás, soy realista. No creo que mis películas sean malas, es más, creo que algunas de ellas, no todas, son realmente buenas. Pero si se organizara un festival con películas como Rashomon, Ladrón de bicicletas y El ciudadano Kane, y me llamaran a ver si quiero mandar una película a ese festival, diría que no. Siento que aún no he hecho una película de la que podría estar orgulloso como para ponerla junto a Las reglas del juego o Bella de día. Esto no quiere decir que odie mis películas, porque no es así, es solo que no podría señalar alguna de ellas y decir de buenas a primeras, “Oh, sí, tal o tal, es una gran película”, porque no lo siento así. Y no es falsa modestia, créeme, solo soy objetivo conmigo mismo.

¿Va a ver sus películas al cine?
La verdad es que no. Una vez que están terminadas, no las veo, ¿para qué? Ya no me pertenecen, son del espectador que las hace suyas en una butaca. Yo paso de inmediato a pensar en otra cosa.

¿Siente que, salvo excepciones, el cine actualmente está hecho para un público menos pensante?
Cuando leo que la gente habla de la estupidización de Estados Unidos, tengo la impresión de que es un oxímoron: la generación actual es mucho más inteligente que la mía, de muchas maneras diferentes. Es decir, yo no fui a la universidad y no tenía al alcance de mi mano toda la tecnología y la oferta cultural que hay hoy en día.

No obstante, sí hay una diferencia en las películas que se hacen, ¿no cree?
Sí, eso es verdad. En mis tiempos, nos fascinaba la nouvelle vague, Truffaut, Polanski y Bergman, las películas de Fellini, de Antonioni y El año pasado en Marienbad y lo que hacía Mike Nichols. Esta generación parece carecer de la paciencia que exigen las películas así. Ni modo. Aunque algunos hacen sus propias películas con un lenguaje y un ritmo propios, y algunas de ellas emocionan también. No son muchas, pero las hay. Ahora, no sé por qué, pero ya no hay interés en el cine de arte. Supongo que es porque los jóvenes de hoy no ven con interés estas películas que menciono, no quieren conocer a los cineastas que te dije. Es una pena, y resulta en que no haya un equivalente en la actualidad a esa era en la que yo crecí.

Hablando de jóvenes, y al trabajar con Emma Stone, ¿cómo ve esa generación?
Emma es alguien fuera de serie. Está interesada en el cine y es una actriz seria. Le pedí que viera películas como Gritos y susurros, y ella lo hace de una manera profesional. Es una de las mejores actrices jóvenes que conozco.

¿Eso le dio la confianza de llamarla a protagonizar su película?
Emma es una profesional y ya había hecho varias películas que yo no había visto y seguramente no veré; no es que sean malas, pero estaban dirigidas a un público distinto y no me interesa ese tipo de cine. Pero un día, accidentalmente la vi en una de esas películas y pensé: “Vaya, esta chica es hermosa y una actriz interesante”. Y mira, resultó serlo.

¿Su trato con los actores ha cambiado con el paso de los años?
Sí. He aprendido a confiar más en el instinto de los actores y dejo que adapten escenas y diálogos para que se sientan cómodos. O que agreguen cosas. Antes me rehusaba a aceptar eso, pero ahora encuentro que si hay más libertad de improvisar les gusta y eso a mí me funciona mejor, porque se sienten relajados y eso ayuda. El director no es dios en su set. Me tomó tiempo entender eso y ahora disfruto incluso más el proceso.

Magia a la luz de la lunatiene un tema recurrente en su filmografía: la magia. ¿Por qué hay este elemento fantástico en sus obras a veces? ¿Cómo surgió esta idea?
Pues tendrá mucho qué ver con que fui mago aficionado de niño. Todo lo que tenía que ver con la magia me volvía loco, y también me fascinaba la noción de que Houdini fuera por la vida desacreditando a médiums y otros espiritistas falsos, que estafaban a la gente. Entonces, un día pensé que podría ser interesante contar la historia de una médium y un mago científico y que él se enamorara de este fraude. Eso daría lugar a una buena situación, una screwball comedy al estilo de las de Howard Hawks, ya sabes, La fiera de mi niña, con la Hepburn y Cary Grant. Opuestos que se atraen, enredos, y humor. Pensé en dos grandes actores Colin Firth, que es un actor brillante, y Emma, que es, como ya dije, fabulosa. Los puse frente a la cámara y dejé que ellos hicieran lo suyo, y lo pasamos muy bien en el sur de Francia, filmando. Fue un rodaje muy placentero.

Lleva 45 años filmando prácticamente sin parar. ¿Cómo lo hace?
Te decía, yo creo que es porque no sé hacer otra cosa. Acabo de filmar otra película, ahora en Newport, Rhode Island (nuevamente con Emma Stone, con Joaquin Phoenix). Es solo una cuestión de suerte poder dedicarme a esto, nada más. Es lo que me gusta hacer y nunca pensé que me dedicaría a ello. Es un misterio del Universo cómo acaba uno haciendo lo que hace.

¿Qué lo mantiene tan inspirado para seguir creando a este ritmo?
Que me gusta mucho mi trabajo. Me gusta escribir. Me gusta tratar con gente como Emma Stone y Colin Firth, o Scarlett Johansson o Naomi Watts o Ewan McGregor. Es una buena manera de ganarse la vida y espero seguir haciéndolo. No puedo quejarme hasta ahora, de ello.

¿Le importa cómo recibe el público sus películas? Es un director muy querido por mucha gente…
Sí. Te mentiría y sería un petulante si te dijera algo como “oh, no, no me importa”. Claro que me importa. Cuando hago una comedia y quiero que el público ría, me mortifica el hecho de descubrir en el último minuto que el guión no tiene gracia más que para mí. Cuando rodamos una escena en la que deberían reír y los actores no lo hacen, entonces la cambio, la recorto, o en el peor de los casos, la tiro a la basura, y vuelvo a empezar. Si quiero que el público se ría, los tengo que hacer reír. Que gocen con lo que ven. Si no, ¿para qué me dedico a esto?