8 dic. 2008

Anne Bancroft (1931-2005 ) - In Memoriam

Dios la bendiga, Mrs. Robinson

Miguel Cane







La imagen de la formidable mujer con su abrigo de piel de leopardo y peinado simple y a la vez muy chic se quedó impresa en mi memoria siendo todavía muy chico, mientras iba pasando los canales de la televisión, una noche que mis padres tenían invitados y yo podía desvelarme a mis anchas viendo la programación para adultos. En el canal 9, que entonces transmitía ciclos de la Filmoteca de la UNAM, presentaron El Graduado, y aunque la pesqué empezada, al encontrar esta imagen ya no pude moverme. Tenía siete años y ya había encontrado una extraña manifestación del amor, igual que el timorato Benjamin Braddock, en ese epítome de la mística femenina que era la señora Robinson.

Nunca pude conocer personalmente a Anne Bancroft. Y lo siento en el alma… aunque se siente como si lo hubiera hecho. Desde esa noche en 1981 cuando de manera subrepticia me enteré de su existencia, se convirtió en figura icónica en mi vida: la descubrí más tarde, en otras actuaciones como la maestra milagrosa y la mujer de Mel Brooks y como cineasta por derecho propio (sí, dirigió un largometraje: El Gordo, de 1979).

No era bella pero enigmática y su risa contagiosa, su lenguaje corporal, bastaban para llenar la pantalla en cuanto aparecía. Muchas veces pensé que iría un día a Nueva York para conocerla, estrechar su mano, postrarme ante ella [como no pude ante Ingrid Bergman, pero sí ante Liv Ullmann] para decirle que desde niño era suyo y que podía hacer de mí lo que quisiera. Sus apariciones, cada vez más esporádicas, eran un motivo suficiente para asomarme a una película, por mediocre que ésta llegara a ser.

Qué envidia tan voraz me dio Alfonso Cuarón, que pudo sacarle una magistral interpretación como Miss Dinsmoor (née Havisham) en su visualmente inenarrable versión de Grandes Esperanzas. Sí, es verdad que en ella Gwyneth Paltrow (como ese témpano de hielo con tetas y ropa de Donna Karan llamada Stella) es un verdadero deleite para la pupila, pero el trabajo de la Bancroft es el de un verdadero Mostre Sacré, maquilladísima, bailando la versión frug de ‘Bésame Mucho’ en tanto se roba, con la mano en la cintura, cuanta escena tiene. Y si no me creen, véanlo.

El nombre de Anna Maria Louisa Italiano no dice realmente gran cosa, pero el de Anne Bancroft sí, aún para gente que no recuerda haber visto una cinta suya. Hay otra película en particular que no lograré sacarme nunca de la cabeza y que tristemente, parece haber pasado al olvido: The Pumpkin Eater de 1964 (anterior a El Graduado), titulada en español Siempre estoy sola o Esclava y seductora [¡Dios nos guarde!] que fue dirigida por el legendario Jack Clayton y co-estelarizada por los hoy también extintos James Mason y Peter Finch.

En ella, la Bancroft interpreta a la pionera de la hoy muy de moda ama de casa desesperada: una mujer cuya obsesión neurótica de estar embarazada de modo perenne para combatir su fobia a la soledad y para retener al marido, infiel consuetudinario, la lleva a tener un monumental colapso nervioso, bellamente fotografiado a blanco y negro, en la tradicional tienda departamental Harrods, de Londres. Nunca antes había yo visto una escena así, a una intérprete desmoronarse ante mí de esa manera.

Era niño cuando me enamoré de la señora Robinson incorporándola, con todo su esplendor y exquisita amargura, a mi galería de ídolos – soy un confeso politeísta en el sentido de adorar a ídolos heterogéneos: muchas actrices (y pocos actores), escritores y poetas. Tengo la gran fortuna de que incluso, algunos de mis ídolos me den chance de decir que son mis amigos. Uno de mis más amados ídolos de esa primera, tierna – y ay, ahora cada vez más lejana- época de mi vida es Anne Bancroft, y mi corazón se estruja inexplicablemente mientras la despido con estas líneas al enterarme de su tránsito a otro plano de existencia, cortesía del cáncer que todo devora groseramente.

Cuando termine de escribir esto, pondré la película de Mike Nichols en el DVD y al preguntarle Dustin Hoffman si está tratando seducirlo, aceptaré que ella lo haga por última vez. Como dijeran, elevadísimos pero concisos, los maestros Simon y Garfunkel: Dios la bendiga, Mrs. Robinson. La quisimos más de lo que nunca sabrá.


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