16 dic. 2008

Arte de la banalidad…

Angélica Ponce

La ropa sólo resplandece si posee el don de conjugar
su esencia con las virtudes de una piel capaz de concebir
el deseo inabarcable de su contemplación.


Iván Ríos Gascón

De cuántas cosas nos perderíamos si las juzgáramos sólo por sus términos prácticos o por lo que a alguien le parece banal o antiestético.

Resulta ser que en febrero de 1887, Charles Garnier, Alexandre Dumas hijo, François Coopée, Guy de Maupassant, entre otros intelectuales y artistas, encabezaron todo un movimiento de protesta en contra de la Torre Eiffel.






Este grupo de pronto sintió que “el París de los góticos sublimes, el París de Puget, de Germain Pilon, de Jean Goujon, de Barye…”, se iría convirtiendo en el París del señor Eiffel, pero sobre todo en el corazón del mal gusto.

Y al mundo de la moda le sucede con frecuencia algo muy parecido, siempre tiene cerca a sus detractores y si bien no todo el mundo intelectual la desdeña, si podemos afirmar que cuando menos la ignora, salvo, claro está, que se trate de documentarla o sea posible verla detrás de la vitrina de un museo. Por lo demás la moda puede ser juzgada como algo completamente banal y prescindible.





Lo curioso de todo esto es que, como bien nos explica el sociólogo Giles Lipovetsky, contrariamente a los estereotipos que se le suponen, la era de la moda es lo que más a contribuido a arrancar a los hombres en su conjunto del oscurantismo y el fanatismo, a construir un espacio público abierto, a modelar una humanidad más legalista, más madura, más escéptica, porque “la moda vive de paradojas: su inconsciencia favorece la conciencia, sus locuras el espíritu de la tolerancia, su mimetismo el individualismo, su frivolidad el respeto por los derechos del hombre.”

Ya que es dentro de ella que la racionalidad funciona perfectamente con lo efímero, e incluso podemos decir que con lo frívolo, pues se pone en juego toda una cadena de búsquedas por romper esquemas tradicionales pero, sobre todo, una producción única y operativa de seducción donde siempre es celebrado el presente, las novedades.

Y es justo por ello, que me atreva a comparar el arte con la moda; cada vez que un movimiento revoluciona o aporta una nueva concepción estética, los tradicionales, los anteriores, tienden a mirar con desdén el cambio.

Los más sensatos observan desde la barrera, como en los toros, las suertes que van librando los novatos hasta consolidarse y ganarse en lugar, obteniendo así el reconocimiento artístico e intelectual.

Basta recordar todas la veces que Henri Toulouse-Lautrec fue expulsado de la tradicional educación plástica francesa, para encontrar su formación en la bohemia Montmartre, pero sobre todo y contrario a lo que muchos de sus profesores seguramente supusieron, el joven logró, dentro del Impresionismo, ganarse un lugar, pero, además, consiguió revolucionar el arte de la litografía.

Tal vez lo que no le ayuda a la moda, es que sus revoluciones son rapidísimas, ya desde el mismo siglo de las Luces, se enfrentaba a movimientos “cada mes, cada semana, cada día y casi cada hora”, según apunta Edmond de Goncourt.

Y ahora, además, se le tiene agregar dos factores más la inmediatez de la información y la globalización que le permite a todo el mundo estar interconectado pero sobre todo acceder a una cantidad impresionante de imágenes e información.

La consecuencia, claro está, para la moda, es que tengamos una rotación impresionante de movimientos estilísticos y tendencias de temporadas por adelantado, en todo el globo terráqueo.




Lo cual ha provocado que el sentido gratuito de obra no se le sea otorgado inmediatamente, pues bien señala Roland Barthes, éste nunca se declara directamente, sino que se racionaliza con el uso, es decir, que para que algo pueda ser considerado como arte es necesario darle tiempo para dejarnos empapar de él, para reconocerlo y justo, tal vez, es en este punto que, por ello, la moda sea catalogada como obra hasta es expuesta en los museos.

Sin embargo y recordando las paradojas de las que se acompaña la moda, cuántas veces no hemos disfrutado del último modelo que lució Nicole Kidman, de Versace, de la elegancia que refleja un bolso de Chanel, del erótico y seductor vestido que usó Jennifer Lopez en la entrega de los Grammys en 2001 o de los siempre bien recibidos Armani en los guapísimos Andy García o Sean Connery.

Lo que definitivamente es un hecho es que no hay moda sin prestigio y que detrás de ella siempre habrá una búsqueda por conquistar un estilo provocador, seductor, que atraiga las miradas en su propia reinvención.

Donde las influencias se notan, lo cual es lógico, porque nadie tiene porqué descubrir el hilo negro, pero donde lo interesante está en el descubrimiento de la motivación del diseñador y del uso de éstas.

El mundo de la moda es y será siempre un desafío para el creador, un gusto para quien la porta y la definición constante de un presente.


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