5 dic. 2008

Nicole, siempre Nicole

Miguel Cane





Alta, muy alta, de belleza aristocrática, radiante de carisma y poseedora de una sensualidad estimulante para la imaginación y la lente, la Kidman por años cargó (tal vez) su belleza como un estigma, y es que, aunque no hay una regla que diga que para ser una buena actriz se debe ser poco atractiva (sirvan de ejemplo figuras inolvidables como Ingrid Bergman, Julie Christie, Catherine Deneuve, Charlotte Rampling o Vanessa Redgrave, todas hermosas y al mismo tiempo, actrices formidables), en estos tiempos, las mujeres bellas son, según dicta el marketing, casi siempre estúpidas y eso es a veces menester para vender. Así subsiste la sutil propaganda y (al mismo tiempo) cruel martirio de bellezas como Marilyn Monroe.

Igualmente, el haber sido por más de diez años la mujer del ídolo, tal vez fue un precio demasiado alto qué pagar. Es por esto que justo cuando el mundo la creyó aniquilada (en medio de escandalosa separación, en la que hubo especulaciones de adulterio, un aborto espontáneo y amargas lágrimas captadas por telefoto), la sorpresa fue mayor: Nicole podía actuar sin Tom y sin Hollywood... así que, donde otras habrían encontrado sus carreras reducidas a cenizas, ella resurgía, como un fénix, con insólito esplendor.





No la odien por ser bonita

Nicole Mary Kidman nació el 20 de Junio de 1967 en Honolulu, Hawaii, aunque creció en Australia. Desde la adolescencia, esta espigada pelirroja dio muestras de talento e impresionó al público con dos actuaciones: en la miniserie de TV Bangkok Hilton (en la que interpreta a una ingenua transportista de droga) y la cinta Dead Calm, versión modernizada del Cuchillo en el Agua de Polanski, donde llamó la atención al ofrecer una actuación que trascendía lo sórdido y sensacionalista del material: su angustia era convincente, igual que su lucha por sobrevivir.

Sin que lo imaginara, fue esa película la que le abriría las puertas de Hollywood y así, mientras rodaba la excelente y agridulce comedia Flirting, en que hace de la sofisticada y aparentemente glacial alumna líder de un internado de señoritas que de modo furtivo ayuda a una pareja interracial de enamorados —por la que fue nominada como mejor actriz de reparto para los premios de la Academia Australiana—, el rey de la taquilla que más adelante sería su marido, la exigía como su próxima compañera para la cinta Días de trueno, misma que resulta tan olvidable como casi todas sus participaciones en cine inmediatamente posteriores a su boda en 1990.





Esto resultó injusto para alguien como Nicole, que posiblemente habría encontrado la forma de llegar a la Meca del cine por su propio pie (véase el caso de sus compatriotas Cate Blanchett —Elizabeth— y Naomi Watts —Mulholland Drive—) y tuvo más obstáculos que ventajas para obtener papeles, precisamente por el hecho de ser hermosa físicamente y además, “la esposa de...” confinándola esto a comedias románticas o melodramas sobreproducidos pero sin mucha importancia, que sin embargo, tomó como talleres de instrucción de manera incansable.

Es hasta 1995, cuando filma a las órdenes del controversial Gus Van Sant Todo por un Sueño, (mordaz sátira social acerca de los medios masivos de comunicación, la fama y lo que algunos son capaces de hacer —matar, por ejemplo— para obtenerla), que Nicole rompe el esquema de ser más que una starlet y demuestra para su país adoptivo que detrás del lindo rostro existe una actriz capaz de tomar riesgos: algo que ya estaba logrando en Australia. Aunque los Oscares la ignoraron ese año, ella obtuvo a cambio un prestigio que antes no tenía, mismo que le permitió acceder a proyectos de mejor perfil, como la ambiciosa Retrato de una dama (de Jane Campion sobre la novela de Henry James) y la opera finis de Stanley Kubrick: Ojos bien cerrados.





Los restos del naufragio

Al explotar la bomba del divorcio (inesperada, devastadora) en los primeros días de 2001, Nicole ya tenía bajo la manga las dos actuaciones que la terminarían de separar de lo que antes fue: su prostituta cantante de la churrigueresca Moulin Rouge! le dio popularidad cuando más la necesitaba, y una nominación al Oscar, mientras que su trabajo como la horrorizada madre de familia en Los Otros, de Alejandro Amenábar (un tributo a Grace Kelly) la liberó de su pasado. Así pudo usar toda la ira y el dolor de su matrimonio roto (la posibilidad de ver su carrera acabada también, entre flashes y tabloides) para incendiar su desempeño como la célebre Virginia Woolf, escritora suicida y mujer brillante por todos los ángulos, en la adaptación de la exquisitamente dolorosa novela de Michael Cunningham Las Horas, que rinde homenaje no sólo a la escritora, sino también a una de sus obras más importantes: Mrs. Dalloway, cuya génesis es la base de la historia, en la que comparte pantalla con otras dos semidiosas del celuloide: Julianne Moore y la eximia (aunque ya medio cliché) Meryl Streep. Su formidable actuación le valió por fin la codiciada estatuilla y un nuevo estatus como verdadera actriz de rango, no sólo una cara bonita. Y esto lo ha refrendado con otros proyectos de alto riesgo, en un modo de redefinir su carrera.






Más allá de la muerte

En Birth, la segunda cinta del cineasta Jonathan Glazer (responsable de Bestia Salvaje), exploramos la historia de Anna (Kidman) una joven viuda que ha guardado luto a su esposo, Sean, por diez años. A punto de contraer nupcias por segunda vez, es confrontada por un enigmático niño de 10 años también llamado Sean (Cameron Bright) que se aparece en el elegante apartamento en que vive, en pleno Manhattan para revelarle de un solo golpe, que él es la reencarnación de su marido.

A partir de ahí, la vida de esta mujer se trastorna radicalmente, arrastrándola hacia un inexorable y devastador desenace. Hecha con maestría prodigiosa, Reencarnación es una película sobre los misterios y traiciones del amor. Glazer exhorta al espectador a que use su imaginación y se olvide de los formulismos convencionales: es un director que se la juega y Nicole salta con él a lo desconocido.

Su interpretación —como en la formidable Dogville, de Lars Von Trier— sirve para refrendar su luminoso talento; definitivamente se ha convertido en el equivalente de un mito como lo fue Ingrid Bergman, para nuestra generación. Hace aquí, con esmero y delicadeza de bordado, una actuación sublime que devela la borrasca interna de una mujer en conflicto. Sin comprometer ni un ápice su vocación, la Kidman es heróica, ya que ha conseguido lo que otras sólo intentan: autentificar el término estrella de cine, en todo el sentido de la palabra.





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