31 may. 2009

El cielo dividido, de Julián Hernández

Miguel Cane


Aunque ha existido como temática narrativa desde hace varias décadas, la homosexualidad en el cine ha tenido que encarar una muy diversa polémica al momento de buscar exhibición en el circuito de salas comerciales, viéndose obligado muchas veces a tener que “maquillar” su tema con tintes de melodrama. Así fue para cintas hoy consideradas clásicas como La Calumnia Infame (William Wyler, 1961 – con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine).

Fue hasta 1971 que el británico John Schlesinger se atrevió a romper barreras y mostrar las cosas tal y como eran con Sunday, Bloody Sunday, con Glenda Jackson y Peter Finch, que es el primer filme comercial en mostrar a una pareja homosexual en la cama. A partir de ese momento, se fue dando una gradual apertura, aunque en el cine mexicano se mantuvo un ambiguo hermetismo al respecto – una de las primeras cintas en aludir a la posibilidad de una relación homosexual entre sus protagonistas sin necesidad de explotar su sensacionalismo, fue El Cumpleaños del Perro (1975) de Jaime Humberto Hermosillo, quien posteriormente realizaría la emblemática y refrescante Doña Herlinda y su hijo.


Ahora corresponde el turno de aprovechar el camino abierto por otros a Julián Hernández, que ha buscado desde su trabajo en cortometraje, encontrar un lenguaje cinematográfico propio, con la temática que le obsesiona, muy al estilo Passolini. Sin embargo, Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, nunca acabarás de ser amor – sí, tiene afición por los títulos maratónicos- fue, por muchas razones un filme más bien fallido.

Su segundo largo, que se estrena con más de un año de retraso en México, es tan o más arriesgado que el anterior, ya que se trata de una película que rebasa la barrera de las dos horas, con muy escasos diálogos y es muy específicamente gay. Se trata básicamente de la historia de un triángulo amoroso entre tres hombres: Gerardo (Miguel Ángel Hoppe), Jonás (Fernando Arroyo) y Sergio (Alejandro Rojo). La historia en sí es bastante convencional: chico conoce a chico, se enamoran, se pierden, se relacionan con alguien más, hay lujuria, tristeza, deseo… la gama habitual de emociones que corren su ciclo para volver más o menos al mismo punto inicial.

Lo que aquí resulta interesante, es el estilo que aborda Hernández para narrar su trama, mediante una muy buena cinematografía que establece una atmósfera, sin embargo, y pese al notable avance que ha tenido entre una película y otra, como espectador, sentí que más allá de los simbolismos evidentes, la película me dejaba frío, incapacitado para acercarme a ella o a sus personajes.

La cinta, aún si lejos de ser perfecta (y aquí pregunto, ¿cuál lo es, realmente?) tiene numerosos aciertos a nivel técnico, que en un balance más detallado, podrían pesar más que sus defectos y como dije, mi opinión es exclusivamente mía, y una golondrina no hace verano. Creo que lo más importante que podría ocurrirle a esta cinta (y por ende, a su autor, para futuras incursiones, de las que habrá más, recién concluyó el rodaje de su tercer largometraje: Rabioso sol, Rabioso cielo) es que trascienda el circuito de festivales – donde ya causó sensación- y que precisamente esa etiqueta de “cine gay” para poder hablarle más universalmente a un mayor número de espectadores – como hiciera la cinta del mismo Schlesinger, Midnight Cowboy: Perdidos en la noche, que le permitió en trabajos posteriores trabajar con mayor libertad temática. El cielo dividido tiene que encontrar su público; naturalmente (y el director podría sostener esto mismo como un argumento válido) la cinta “es lo que es”, es su visión particular sobre una relación amorosa. Pero el creador – en cualquier rama- debe estar consciente de su responsabilidad con el espectador; esto es algo inevitable toda vez que está expuesto en una sala, o se exhibe en una pantalla, o está en manos de un lector, ya no es nuestro. Pertenece a aquél que ve e interpreta lo que aparece en pantalla. Pero atreverse a hacerlo y de este modo, es un primer paso.

El cielo dividido
Con Miguel Angel Hoppe, Fernando Arroyo y Alejandro Rojo.
Dirige: Julián Hernández
México 2006

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