3 jun. 2009

El Código Da Vinci: no culpen al autor - por Patricia Farías

Patricia Farías







Dentro de cuatrocientos años seguramente nadie se acordará de que existió una novela llamada “El Código Da Vinci”. La novela de Dan Brown, publicada en 2004, es sin dudas lo que se puede llamar una novela “menor” pero es entretenida. Es lo que llamo “lectura para vacaciones” o “lectura para viajar”: pasamos un rato ameno, no nos complicamos demasiado… nada más que eso. Si además tenemos en cuenta que en idioma español se publicó primero “El Código…” que es su más reciente novela publicada, y si hemos leído alguna otra (yo leí “Angeles y Demonios” y me pareció francamente, pobre) estamos frente a lo mejor de Dan Brown.


La demonizada novela tiene varios ingredientes que prenden fácilmente en los lectores de hoy: misterio, crimen, secretos (y más aún ¡secretos guardados por la Iglesia!), religión. La diferencia con otras que surgieron después, es que se mete en temas más “sórdidos”: ¿estaba o no Jesús casado? ¿La Iglesia oculta todo esto porque forma parte de un complot para controlarnos? Esa es la razón mayor: el secreto, una teoría de conspiración, no tanto los errores que especialistas y teólogos han encontrado, es lo que provoca tanto lío alrededor de esta novela.



Todos han salido beneficiados: los autores de varias novelas subsiguientes que también exploran los “enormes” secretos que la Iglesia esconde a sus fieles, y las teorías conspiratorias anexas; también los autores de libros de crítica y/o interpretación de ECDV (que han proliferado alarmantemente) e incluso los autores de “El Enigma Sagrado” (“Holy Blood, Holy Grail” de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln) uno de los libros que el autor cita como bibliografía en su sitio web (pero no al final de la novela), que interpusieron una demanda por plagio justamente cuando se estaba por estrenar la película en pocos meses (¿casualidad?).

Sin embargo, el problema no lo tiene la novela. La novela, ya es sabido, no dice nada realmente nuevo, nada nunca antes planteado. Es como bien dicen, un refrito de varias teorías que el autor, simplemente, adapta para formar su historia: una historia que es ficción. Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que todos se han encargado de hacer de esta novela algo mucho más grande de lo que es. Empezando por la Iglesia y algunas agrupaciones religiosas, por no mencionar a la que se nombra directamente en la historia de Brown.


No se entiende que si se considera a ECDV una novela tan mediocre, se le haya hecho tanta publicidad gratuita: Dan Brown debe estar felicísimo, seguramente. Si yo hubiera sido alto dignatario de la Iglesia, lo que menos hubiera hecho es dar tanta importancia a una novela. Mis comentarios hubieran pasado (como los de varios religiosos uruguayos) por decir que “es una novela, ficción, que debe ser leída con criterio”. Pero la Iglesia, en todas partes, ha tomado la decisión de hablar, denigrar, prohibir su lectura… ¡quemar ejemplares! Y eso despierta curiosidad. Si yo quiero que algo pase desapercibido porque lo considero malo… ¿por qué hablar permanentemente de eso? Ignorar lo que considero malo o mediocre (práctica que debería ser tenida en cuenta por más de uno en la red) seguro que sería mejor que despertar la curiosidad o la rebeldía de lectores que deben haberse levantado pensando que habían retrocedido siglos de la noche a la mañana: ¿por qué me “prohíben” que lea algo?. Mientras, Dan Brown seguía percibiendo ganancias por la venta de su novela.

El problema, entonces, no es el autor. Tampoco la novela. Veamos: si leemos “El Ocho” de Katherine Neville, ¿vamos a tomar al pie de la letra que varios personajes históricos durante la Revolución Francesa andaban detrás de un tablero de ajedrez con propiedades mágicas? Si leemos “El Último Catón”, de Matilde Asensi, ¿vamos a buscar pistas ocultas en catedrales, tomando como base la “Divina Comedia” de Dante? ¿Vamos a creer que Dante (él también) formaba parte de una sociedad secreta? Seguramente no. Pero acá se toca la fórmula mágica: secreto guardado por la Iglesia (la novela de M.Asensi también toca este punto de la gran conspiración para ocultar la verdad, pero no le busca esposa a nadie).


El problema somos nosotros, los lectores. Los que hemos perdido el sentido crítico que nos permite ponderar qué estamos leyendo y darle su justo valor. El problema también, tal vez sea esa tan mentada crisis de fe que existe, que hace que todo se tambalee al leer algo tan “escandaloso” como un matrimonio entre Jesús y María Magdalena.


La novela tiene errores e imprecisiones tanto históricas como teológicas, que ya han sido puestas en evidencia por los entendidos. Pero el foco se puso en general, en este asunto del matrimonio. Y con razón o sin ella, no lo sé, la Iglesia trata a sus fieles como a niños, a los que hay que proteger. ¿No sería mejor pensar que hay que educarlos?

Seguramente pocos lectores habrán buscado más información sobre la vida y obra del genial Da Vinci (y se perdieron de mucho); seguramente pocos se habrán detenido dos minutos a confrontar su fe con la teoría de la novela. Es ficción, claro que lo es. Pero cuántos habrán tomado dos minutos luego de leer la novela, para pensar “¿qué agrega o quita el estado civil de Jesús?” Sin dudas, la “culpa” es del lector. Si como católicos, los que lo sean, sienten que su fe se tambalea porque leen una novela, o porque ven un documental sobre otro evangelio apócrifo como es el caso del recientemente dado a conocer “Evangelio de Judas”, entonces el problema no es de Dan Brown.


El problema son los lectores, y más aún, los lectores más jóvenes, que no han desarrollado un hábito de lectura que les permita saber qué leen y cómo tomarlo. El problema es la Iglesia, que no educa a sus fieles en cuanto a conocimiento de las raíces de la religión, sus tradiciones y símbolos: si en mi país hay adolescentes que piensan que Adán y Eva estaban solitos de verdad en el Paraíso y sus catequistas no quieren o no pueden, o no saben (que es peor) explicar que todo eso es un símbolo, entonces van a seguir pasando cosas como las que pasaron con “El Código Da Vinci”.


Vamos a seguir leyendo sobre quema de libros, vamos a seguir viendo a la gente tomar la ficción como realidad, vamos a seguir leyendo sobre fanáticos que destrozan una sala de cine… Pero nada realmente va a cambiar. Seguiremos siendo ignorantes, y los autores seguirán gozando y agradeciendo toda la publicidad gratuita que reciben. Y todos ganarán, inclusive los que denuncian un plagio (porque sus libros se empezaron a publicar con más fuerza debido a la curiosidad que hay por conocer esa obra); todos ganarán… menos los lectores, que seguirán a oscuras y sin aprender que la ficción es ficción, y está allí para entretener y nada más.

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