24 jun. 2009

La Dolce Vita, de Fellini - 50 años - Miguel Cane

Siempre nos quedará Roma…

Considerada uno de los más grandes clásicos del cinema contemporáneo, La Dolce Vita cumple su primer medio siglo aún con la vigencia de su estreno, parte de una huella indeleble en la historia del séptimo arte y de la memoria de millones en el mundo.

Miguel Cane




Han existido pocos genios creativos en el mundo del cine como Federico Fellini – quien falleciera a los 73 años en 1993, prematuramente, según sus seguidores- que, actuando siempre a las órdenes de su imaginario tan abundante y su amor por la ciudad de Roma, logró conjurar un paisaje visual inconfundible, poblado de personajes tanto entrañables como monstruosos, todos ellos parte de una interpretación personalísima de la estética del fenómeno y la naturaleza humana, una especie de galería de máscaras entre el carnaval y el circo, su otra gran pasión (además de su esposa bienamada Giulietta Massina, que lo acompañó amorosamente en todas y cada una de sus locuras).


Así pues, hace cincuenta años, Fellini hizo lo que tal vez sea su filme más memorable (aunque resulta imposible decir cuál es el mejor de todos), con una escena que saltó a la historia, filmada en una fuente, aunque no una fuente cualquiera, sino en la celebérrima Fontana di Trevi, ubicada en el corazón de la ciudad eterna, obra maestra del escultor y arquitecto Nicola Salvi. Luciendo irresistiblemente atractivos, radiantes de carisma y sensualidad, Marcello Mastroianni y ese monumento de mujer conocido como Anita Ekberg –completamente vestidos– juegan en el agua. La secuencia, cargada de erotismo, y una sensación de pérdida y deseo, resultó en ese momento un hito, sorprendentemente original y audaz para el público. Por supuesto, el filme del que hablamos se llama La Dolce Vita.


Filmando una leyenda
La escena de la Fontana di Trevi en la que las aguas acarician el voluptuoso cuerpo de la Ekberg ante la mirada embelesada de Mastroianni, empapado en su impecable esmoquin, se convirtió en un instante clásico, constantemente imitado y nunca igualado. Es precisamente la fusión de erotismo, tentación y, en última instancia, frustración, condensados en un minuto y 38 segundos lo que hace de esta escena uno de los momentos más brillantes del cine, aún si en su momento Anita (a la sazón una mujer muy joven) se sintió furiosa de tener que pasar horas en el agua fría (la secuencia fue rodada en una gélida noche de maro de 1959 y cuenta la leyenda que Mastroianni tenía tanto frío que se valió de un traje de neopreno y una botella de vodka para poder rodarla) y por un tiempo estuvo furiosa, aún cuando después cambió de opinión al ver su trabajo en pantalla.


En todo caso, la escena de la Fontana di Trevi es una de muchas, en este filme pionero que muchos afirman contribuyó de un modo notable a cambiar el rumbo del cine hasta ese momento. De modo insólito, La Dolce Vita se alejó del estilo de las películas neorrealistas de la posguerra, explorado por cineastas como De Sica y Rossellini, para marcar un nuevo sendero hacia una narrativa moderna, cosmopolita y más enfocada a las necesidades psicológicas de la gente en la segunda mitad del siglo XX. Los diálogos, personajes y temas, todos se volvieron provocadores y fascinantes, incorporándose a la cultura popular con una penetración sin precedentes; con la cinta se rompieron tabúes y esto provocó que el Vaticano la denunciara, mientras que los críticos, en su mayoría, la adoraron. En el estreno, en el festival de Cannes, algunos miembros del público escupieron a su director, Federico Fellini, enardecidos por lo que veían como una subversión de la moral y los valores aceptados de la gente “decente y bien educada”.


De un modo casi preternatural, la película profetiza, a manera de sátira sobre la fascinación del público hacia los famosos. Anita Ekberg, por ejemplo, interpreta el papel de Sylvia, una famosa actriz de cine que se convierte en una figura de fantasía para Mastroianni y para todos los hombres que la rodean, mientras son perseguidos por una turba de fotógrafos por las calles de Roma. De hecho, el personaje de Paparazzo, (interpretado por Walter Santesso) que trabaja con Marcello, da origen a la palabra que se usa actualmente en varios idiomas (normalmente en su plural, paparazzi) para describir a estos personajes que ahora pululan por todos los continentes.


En la secuencia de la ‘fiesta de los nobles’, a la cual Marcello asiste en un siniestro castillo en las afueras de Roma, algunos de los sirvientes y meseros (así como algunos de los invitados) son interpretados por aristócratas reales y figuras de la farándula, como la enigmática actriz y modelo teutona Nico. Por su parte, la diva francesa Anouk Aimée es Maddalena, una mujer hermosa y rica, pero aburrida de la vida, algo a lo que Mastroianni busca constantemente el significado, en medio de las ambigüedades sociales de la Italia posfascista.


No obstante su capa de cinismo, en la película también asoma un mensaje de esperanza matizado por la desesperación y desencanto de su época y con La Dolce Vita se abre una nueva etapa en la que Fellini se colocó en el centro, es más autobiográfico (aunque no tanto como llegaría a serlo en la fascinante 8 ½, que se filmó en 1963 y que, curiosamente, no es tan popular como ésta, si bien algunos críticos la consideran superior) y también comienza a ser más autoreflexivo. El personaje de Marcello el periodista hedonista y nihilista que trata de tener una vida normal, aún a costa de la devoción de su novia (la hermosa Yvonne Furneaux) y que detesta al mundo al que desciende cada día, desde la aristocracia a los bajos fondos; que es fielmente interpretado por Mastroianni, es un hombre que nos presta sus ojos para mostrar, a manera de Virgilio, el retrato de una ciudad en una época específica, como un drama coral pesimista y demoledor, servido con una atractiva fuerza y una belleza perdurable que hace que, al llegar a la edad de oro, La Dolce Vita se siga viendo tan hermosa, tan fresca y tan controversial como lo fue desde el primer día.


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