18 ago. 2009

25 años sin Truman Capote

Enfant terrible de las letras, forjador del nuevo periodismo y tan ácido como brillante, Truman Capote (1924-1984) sigue siendo, a un cuarto de siglo de su muerte y 85 de su nacimiento, uno de los grandes mitos de su tiempo.


Miguel Cane


Considerado (lo mismo con envidia que con admiración) como un auténtico camaleón de los géneros literarios, Truman Streckfuss Capote era un hombre brillante, severamente neurótico y un escritor versátil, cuya obra incluye verdaderos y raros diamantes como el misceláneo Música para camaleones, libros que hicieron historia como A Sangre fría (1965), novela-reportaje que entrecruzó para siempre los caminos de la ficción y el periodismo. Arrogante, precoz, petulante, narcisista irredento y narrador incomparable, Capote se hizo notar desde su infancia solitaria y difícil compartida con hogares rotos, una madre alcohólica y suicida. Su universo literario se construyó, según propia confesión, en la soledad de aquella infancia que retrataría en su formidable novela debut: Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948; aunque ya desde antes había publicado en la revista Mademoiselle un inquietante relato titulado Miriam, con el que obtendría el premio O' Henry y la crítica lo descubrió. Luego la industria editorial se pondría a sus pies y en el cine encontraría una manera de tocar las estrellas, con sus trabajos como guionista (a las órdenes de John Huston o Jack Clayton) y con las adaptaciones de Desayuno con diamantes (Blake Edwards la llevó al cine en 1961, convirtiendo a Audrey Hepburn en figura icónica) o y A sangre fría (llevada al cine por Richard Brooks en el ‘67).




Las muchas caras de Tru
Ángel taimado (tal y como él mismo se describía al hablar de su infancia, en la que ya se había asumido completamente homosexual) el futuro monstruo sagrado comenzó a escribir con el nombre de Truman Streckfus Persons pero, al cambiar su madre de marido, ya que su padrastro de origen cubano le cedió el apellido. Joe Capote era un hombre generoso que buscó dar estabilidad al muchachito y sin embargo Nina, que poseía belleza y engreimiento, se convirtió en una ebria suicida. No fue buena con Truman; ella hubiera deseado un machito musculoso y no un mariconcito (como solía llamarlo a voces delante de la gente). Su verdadero padre, fue un fracasado estafador que logró exprimir a su retoño toda vez fue un escritor reconocido. Aquella crianza infernal volvería a Truman en su lecho de muerte. Necesitaba amor, y el que le proporcionaban sus amantes no le bastaba.


Su carrera traza una parábola trágica: el éxito llegó pronto y fue excesivo, por lo que la proverbial caída, fue brutal. A principios de los setenta, Capote era una ya víctima del descontento general que acabaría con su vida en pocos años: el alcohol y la droga, la insatisfacción y el bloqueo le impedían volver a ser aquél joven que aprendió cuanto pudo de su primer amante, el académico Newton Arvin, y que sacaba partido de la infantil belleza de su flequillo rubio, visto en sus primeras fotos publicitarias.


Tru era burbujeante, ingenioso y mordaz y fue adoptado como mascota por la beautiful people, damas de sociedad de lo más chic a las que bautizó como sus ‘cisnes’ (y a las que luego destriparía públicamente en su cruel relato La Côte Basque 1965, un fragmento explosivo de su inconclusa mágnum opus póstuma Plegarias atendidas). Su pareja más perdurable fue Jack Dunphy, un solitario escritor que había sido casado con una mujer anteriormente y a quien no le importaba, aparentemente, que Capote fluctuase entre pasar tiempo con él y la gran vida. En los ’60, en casa de Cecil Beaton, en Londres, conoció a la Reina Madre, quien, según toda referencia, quedó ‘encantada’ con él. Su afecto más intenso estaba reservado a Barbara ‘Babe’ Cushing, también conocida como Mrs. William S. Paley, que fue su mecenas, su amiga y su confidente, hasta que la traicionó. Ahora bien, que el exceso de caviar y champagne no estropearan su forma de escribir es algo que habla en su favor, su dedicación era de una seriedad casi flaubertiana. La necesidad de producir una obra de envergadura lo llevaría, en noviembre de 1959, a investigar el asesinato en masa de una familia en Kansas y a producir, en el llamado "nuevo periodismo" In cold blood (A sangre fría), un curioso híbrido al que se consideró una obra maestra innovadora. En 1966, con el pretexto de honrar a Katharine Graham (la dueña del Washington Post), Tru fue el anfitrión de un legendario baile blanco y negro, considerada la fiesta más sonada de la década en el hotel Plaza de Nueva York.



La danza de la decadencia
El Capote rey de la alta sociedad comenzó a eclipsar al escritor. Soñaba con romper su bloqueo con el éxito dudoso que le proporcionaría escribir algo tan grande como la suprema novela de Proust. Así, su À la recherche du temps perdu se iba a llamar Answered prayers y publicó un avance en la revista Esquire en 1975. Al hacerlo, provocó un escándalo, así como un espectáculo pirotécnico de indignación, horror, vilipendio y, finalmente, ostracismo. El suicidio social sería el primer paso hacia su muy acariciada autodestrucción. La última fase de su desastrosa carrera estuvo plagada no sólo de resentimientos, sino de estúpidos actos de venganza: tipos contratados para darle una paliza en la calle, insultos y humillaciones... entraba y salía del hospital; iba allí, lo secaban bien y, apenas unas horas después, volvía a estar ahogado en vodka.

Haciendo esfuerzos sobrehumanos por recobrar su talento perdido, acabó un deslumbrante volumen de historias y bocetos llamado Music for Chameleons (Música para camaleones). Su enemistad con Gore Vidal fue legendaria y desagradable. Gore tendría una edad de oro distinguida donde Truman había demasiado rencor y envidia. Su decadencia —se orinaba en el suelo, yacía borracho en rincones del Studio 54, sus grandes amigos del jet-set lo habían abandonado y algunos lo trataban más con piedad que con respeto— fue horripilante. Deseaba la muerte y creía que las semillas de su deseo se habían sembrado durante su desgraciada infancia. Quizá tuviera razón.

Al morir, como huésped en casa de su leal amiga Joanne Carson, en Palm Beach, Florida, el 25 de agosto de 1984 – a menos de un mes de cumplir 60 años-, Truman había llevado una vida fascinante, aunque sobrecogedora, y una de las grandes verdades que dejó su paso por este mundo es que, a pesar de concentrarse intensamente en autodestruirse, sin Truman Capote la literatura contemporánea sería mucho más pobre y aburrida.





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