22 dic. 2010

La amorosa Tilda Swinton

Miguel Cane




Altísima y delgada, poseedora de un aspecto literalmente único y de un carácter jovial, Katharine Mathilda Swinton (Londres, 1960) descubrió que tenía una ardiente vocación por el teatro cuando era estudiante –miembro de una de las familias más acaudaladas de Escocia, fue compañera de internado de la mismísima Lady Diana Spencer- y se incorporó, muy joven, a las compañías del Traverse Theatre de Edimburgo y la Royal Shakespeare Company, antes de convertirse en una figura muy popular, a mediados de los ochenta, en los circuitos artísticos e intelectuales por su fructífera colaboración con el pintor, escultor y cineasta Derek Jarman, a través de filmes como Caravaggio, The Last of England, War Requiem o Edward II, basada en la obra de Christopher Marlowe, por la que obtuvo la copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia de 1991.




Al año siguiente, Sally Potter la puso en el mapa internacional al elegirla para protagonizar Orlando, una fastuosa adaptación de la novela de Virginia Woolf, y esto le valió el reconocimiento en su país y también la entrada al cine estadounidense, donde fue figura marginal por algunos años, hasta que su aparición como una abogada amoral que sufre una crisis de pánico en Michael Clayton (al lado de George Clooney) le valió un Oscar.




No obstante, la fama no llama la atención de Tilda. Ni los flashes, ni el glamour: vive con sus hijos pequeños y sus dos compañeros (y la compañera de uno de ellos, el escritor y artista John Byrne, que es el padre biológico de los gemelos) en Escocia y prefiere trabajar para el cine independiente en ambos lados del Atlántico, amasando un prestigio como una de las mejores actrices vivas, con una habilidad casi camaleónica para transformarse, tal y como se deja ver en Yo soy el amor, filme realizado en Italia bajo la dirección de Luca Guadagnino, en el que ha causado sensación por su trabajo, señalándolo como uno de los logros actorales más destacados del año.

¿Cuál podríamos decir que es el tema central de Yo soy Amor?
La familia postmoderna y cómo retiene sus valores ante la revolución del amor. Personalmente siento que el amor es el gran motor de cambio en la vida de los humanos, el gran creador de crisis, el acelerador de metamorfosis. Emma, mi personaje, se enamora de otro personaje marginado como ella. Y, que ya sea por clase social o por edad, es una pasión inaceptable. En este aspecto, Emma tiene ilustres antepasados como lo son Madame Bovary – de hecho, el nombre no es coincidental- o Anna Karenina.




¿Cómo defines a Emma?
Es una mujer entre los 40 y los 50, rusa emigrada a Milán. Huyó de una miseria abyecta para convertirse en una señora de sociedad, mas ahora que sus hijos ya son mayores, no produce riqueza, ni produce cultura y que fue elegida por su marido, un rico industrial, por su belleza, como habría hecho con una obra de arte. Emma es propiedad suya, y se encuentra en un momento de su vida en que la jaula en la que ha vivido la encierra con un dramatismo explícito. Ella quiere vivir.

El amor y sus despropósitos y la familia anticonvencional: esos temas los tienes muy cercanos, ¿no?
El amor lo es todo y tiene muchas facetas. Mi familia es mi amor; mi compañero (el italiano Sandro Kopp, artista) y yo compartimos un hogar y una familia con John (Byrne), su novia y nuestros hijos. El amor es algo sólido, no una cosa quebradiza. Si el amor es real, nada tiene que romperse. ¡Y mis hijos se sienten cuádruplemente amados! Lo que me fascina es que la gente, cuando oye de nuestro arreglo, se imagine de inmediato que no son dos relaciones monógamas que viven bajo un mismo techo. ¡Por supuesto que lo somos! John y yo tuvimos dos hijos extraordinarios y no podríamos ser más felices en este aspecto. Y llevamos muchísimos años sin ser pareja sexual, pero es una de las personas más importantes de mi vida. Los dos vivimos felizmente otras relaciones, pero él es mi amigo más querido.

Es algo sorprendente y esperanzador...
¿Tú crees? ¿Esperanzador?

Sobre todo para familias que podrían evitar una fractura desagradable. Esperanzador para hijos de padres separados.
Eso sí, desde luego. Sinceramente creo que se puede evitar mucha animadversión y rencor al llegar a un acuerdo armonioso, tierno. Cuando la gente me dice que nuestra forma de vida es extraordinaria me entristezco, me hace suponer que lo habitual es la rabia y el desamor, que lo normal es no llevarse bien con los padres de tus hijos y romper los vínculos familiares. Yo no creo que eso sea demasiado normal. Es perfectamente posible amar a gente con la que no te acuestas y dar lo mejor de tu tiempo para ellos. Mis hijos son mi vida. Fui madre a los cuarenta y un años, ya no creí que lo sería. Me maravilló la maternidad: así que compartir a mis hijos con su padre, con mi amante y con otras personas que los quieren, me parece algo maravilloso, como decía. Multiplica su autoestima y su capacidad de amar. Eso es algo, curiosamente, que Emma, en la película, viene a descubrir ya tarde: la capacidad de amar. Pero tiene una enorme suerte al dejar que la arrase con tanta fuerza.

Tu trabajo te ha llevado por todo el mundo e incluso te ha llevado a Hollywood, pero no parece que te guste tanto como para quedarte ahí, ¿cierto?
Mi relación con Hollywood es... bueno, digamos que no nos conocemos demasiado bien. Eso sí: somos muy educados y correctos el uno con el otro. En Hollywood he ido a algunas fiestas, pero yo nunca he organizado ninguna. Yo voy a trabajar a donde me llamen, aunque es un misterio para mí saber cómo he llegado a estar ni siquiera en una producción de Hollywood. Si alguien de allí me quiere, tiene que ser para un papel con forma de Tilda. Nunca me he hecho ilusiones de encajar allí si no es con roles de este tipo. Pero a pesar de eso, es un lugar muy interesante. Lo que me maravilla es que quienes más me reconocen en América suelen ser los niños. Supongo que es por Narnia. Eso me gusta. A los adultos les suele costar trabajo ubicarme. Pero eso está bien, lo que debo reconocer es que siempre ha habido sitio para los europeos, desde Bertolt Brecht hasta Werner Herzog. A Luca Guadagnino y a mí nos encantaría hacer una película allí con un presupuesto, igual que hizo Hitchcock. Sería fascinante, ¿no?




Además de actriz, eres un icono de la moda. ¿Es algo natural?
Una de las grandes bendiciones de mi vida es que muchos de mis amigos son artistas, se dedican a la moda. Mi colaboración con Viktor y Rolf, por ejemplo, es una de las partes más satisfactorias de mi trabajo: encuentro un tipo de energía único, algo que tiene que ver con el aspecto absolutamente personal de la moda, con cómo invoca a nuestro espíritu y nos reta a ser auténticos. Ellos me han ayudado a crear estos aspectos de “disfraz” de una cierta androginia, que me gustan. Como lo que hacía David Bowie. Creo que tiene que ver con el hecho de ser alta (mido 1.80) y de no llevar maquillaje si no lo necesito. ¿Sabes? El otro día, en el aeropuerto de Los Ángeles ¡me cacheó un policía masculino! (risas)

¿Te gustaría ser condecorada como Dama del Imperio Británico, así como Helen Mirren o Judi Dench?
No. Creo que me gustaría más lo de ser Caballero. Sir Tilda suena bien, ¿verdad? Habrá que sugerírselo a la Reina. Si no le da un ataque, tal vez le guste la idea… (más risas)

Recién terminaste de rodar en Nueva York Tenemos que hablar de Kevin, un filme que se antoja polémico. ¿Qué te atrae a esa clase de cintas?
Que tienen algo qué decir, que no son la rutina de siempre. Mi personaje, Eva Khatchadourian, es una madre así como yo, cuyo hijo, Kevin, comete un acto de violencia indescriptible y ella trata de comprenderlo, al ver su realidad alterada para siempre. Esa es la clase de historias que me interesan. Las que sacuden la mente, la consciencia o el alma. No puedo imaginarme en una película dulce y luminosa… ¿Y sabes qué? No me molestaría hacerla.

¿Y por qué no?
¡Porque no me la han ofrecido! Pero yo siempre soy materia dispuesta.


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