2 abr. 2009

El marido de la peluquera / Le mari de la coiffeuse, de Patrice Leconte

David Guzmán.









Siempre he mencionado entre mis cintas favoritas de todos los tiempos, una película que no es espectacular en cuanto a efectos especiales, ni contiene una trama muy elaborada o complicada; es su gran sencillez la razón por la que ocupa uno de los sitios especiales entre las cintas de mi predilección.

Hay que mencionar que no es una película que se encuentre en exhibición actualmente y peor aún, El Marido de la Peluquera no se consigue en México. La distribuidora que comercializó la cinta en su momento quebró y los derechos de distribución quedaron en el aire sin que hasta la fecha exista alguna compañía que pueda comercializarla. Sin embargo, Paramount tiene los derechos en Estados Unidos y la película puede adquirirse en alguna tienda de comercio virtual como Amazon ó DVDGO.COM para quienes decidan traérsela subtitulada en español directamente de España en DVD región 2. Cuando se estrenó en México, fue exhibida en los peores cines y prácticamente nadie se enteró de su proyección.

La historia está narrada en una forma que ha quedado prácticamente en desuso con las tendencias actuales y por ello me parece que la connotación de joya cinematográfica es por demás merecida. Su director Patrice Leconte, ha sido duramente criticado por los especialistas debido a una supuesta falta de estilo propio, pero más allá de eso, la gran cualidad de este realizador francés es que ha sabido moverse de un género a otro realizando sin lugar a dudas, un cine de autor con un sello muy personal.

Y es que Leconte no ha mantenido una línea homogénea como un David Lynch por ejemplo, que siempre se conduce entre historias obscuras o inquietantes y que caen dentro de un mismo tipo de temática, Leconte está al otro lado de la acera y sus trabajos abarcan la comedia (Tango, la maté porque era mía), el drama romántico (El Perfume de Yvonne), la tragedia (Monsieur Hire) y el cine de época (Ridicule), siendo –como él manifestó- sus diferentes estados de ánimo los que lo han motivado a filmar en diferentes estilos, siempre sin perder su personalidad y resaltando los detalles que hacen reconocible su cine.

Es dos años después de dirigir la magnífica Monsieur Hire cuando realiza El Marido de la Peluquera, una historia mínima de tonalidad optimista, brillantemente contada y que parte de una anécdota que conserva varios elementos de Monsieur Hire aunque sin ese aura de tragedia y pesimismo de ésta última y con la que logra un resultado profundamente conmovedor.

La cinta abre con una toma de un inmenso mar azul y en el centro está Antoine, el protagonista; un niño de 9 años bailando música árabe en forma por demás graciosa. Instantes después, un rostro entrado en años, mira fijamente a la cámara en actitud nostálgica mientras se corta –él mismo- el cabello. Es Antoine (personificado con sutileza por Jean Rochefort - también actúa en la cinta dee Leconte El hombre del tren) 40 años después y en medio de flashbacks que comienzan a suceder, lo vemos en su niñez cuando su principal fascinación era ir a la peluquería del pueblo donde la Sra. Shaeffer (una mujer obesa que aunque soltera tenía fama de tener varios amantes) atendía únicamente a hombres. El gusto del pequeño Antoine por este lugar residía esencialmente en los olores que percibía en cuanto atravesaba el umbral, las lociones y perfumes, pero especialmente el aroma femenino de la peluquera. Es en este sitio donde Antoine comienza a descubrir su sexualidad y que marcará en su mente la idea obsesiva de casarse con una peluquera.






Y aquí ya entramos a los terrenos ampliamente dominados por el cine francés, que me han llevado a preguntarme sobre el porqué son tan fascinantes las películas del país galo. Invariablemente llego a la conclusión de que es un cine que transmite emociones sin necesidad de tanto diálogo. Las imágenes hablan por sí solas, el gesto de los actores, miradas profundas y grandes close ups (que a algunos les parecerán aburridos), logran conmover y eso es algo que muy raramente podemos ver en el cine norteamericano que es el que inunda el mercado mexicano.

Y es que basta ver en El Marido de la Peluquera como Leconte retrata el proceso del corte del cabello, como si fuese un arte, un ritual al que se le da un énfasis muy profundo en la película, de una actividad especial de contacto físico con otra persona, que puede provocar sensaciones encontradas cuando ésta finaliza. Son esas sensaciones las mismas que recuerda Leconte de su niñez y las que lo motivaron a llevar a la pantalla esta singular historia.

En una escena familiar en la que el padre de Antoine pregunta a sus hijos ¿qué es lo que quieren ser de grandes?: el mayor responde que quiere ser Ingeniero y cuando toca el turno a Antoine, el niño fascinado y sin pensar en consecuencias, se limita a decir que él quiere ser... el marido de la peluquera.



Esta promesa que hizo inocentemente en esa reunión familiar provocando el enojo de su padre, se lleva a cabo 40 años después, cuando Antoine conoce a Mathilde.



Y es justo ahí, cuando comienza una de las secuencias más hermosas y memorables de la cinta. Un desplazamiento de cámara que nos va descubriendo poco a poco, con sutileza y encanto fascinantes, la personalidad de la peluquera interpretada con sensibilidad por la actriz italiana Anna Galiena; es Mathilde quien con delicadeza hojea una revista, un gran close up a su bello rostro nos deja entrever la maestría del cinefotógrafo Eduardo Serra; es un momento mágico dentro de la cinta que logra transmitir la fascinación que ejerce Mathilde sobre Antoine, quien a distancia la observa detenidamente en ese cerrado universo formado por la peluquería.

Enmarcando el momento, la espléndida música de Michael Nyman, logrando captar y transmitir todo el encanto de la secuencia. Es obvio que Patrice Leconte se regodea con la imagen de Anna Galiena con escenas en cámara lenta donde la vemos desplazarse con su etérea y sensual personalidad y especialmente cuando ella observa a Antoine; este elemento cinematográfico sirve para enfatizar el nexo que existe entre ellos y el momento que están viviendo.

El score principal de Michael Nyman para la cinta, justifica perfecto el porqué Leconte volvió a llamarlo después de haber trabajado con él en Monsieur Hire. La banda sonora incluye temas árabes de diversos compositores y los escritos por el compositor en su habitual línea minimalista caracterizada por su sencillez melódica, delicadeza y espíritu intimista. Nyman participa incidiendo en la ambientación, subrayando los sentimientos de amor que existen entre los protagonistas y enfatizando también los momentos de sensualidad; que ciertamente existe desplegada en pantalla.

Son los flashbacks los que muestran cómo se fue originando esta historia de amor. En flashback vemos por ejemplo, cómo Mathilde se hizo de la peluquería: un obsequio de su anterior jefe (el memorable Sr. Agopian) que motivado por el tacto que ella tenía para atender a sus clientes no encuentra mejor candidata para cederle su negocio. Hay que remarcar que Anna Galiena está estupenda y no exagero al afirmar que es el mejor papel de toda su carrera; la ví en Jamón Jamón de Bigas Luna y en otras cintas pero nunca con esta personalidad que logra traspasar la pantalla y que hace que su personaje sea absolutamente inolvidable.

La historia está enmarcada en el melodrama romántico, esquivando los clásicos estereotipos como el del galán con la mujer guapa. Antoine, visiblemente entrado en años, conoce a Mathilde todavía joven y aunque la pareja visualmente podría no funcionar para ciertos estándares a los que nos tienen acostumbrados, creo que es de los detalles más acertados de Leconte para hacer más convincente la trama. La anécdota de cómo se conocen es crucial: Antoine (ya adulto) entra a la peluquería a cortarse el pelo y al terminar la sesión sorprende a Mathilde con una pregunta que ha esperado durante 40 años poder realizar:

-¿Se casaría conmigo?

(Nyman de nuevo, con un solo de piano, emotivo y nostálgico, delimitando esta conversación que tienen dos seres maduros y solitarios).

Las secuencias eróticas de la pareja podrían incomodar a más de uno, sin embargo hay que tener presente que lo que estamos presenciando es un amor entre personas maduras. Por ello la cámara de Leconte sorpresivamente realiza tomas sugerentes enfocadas a mostrar la sexualidad de los protagonistas cuyos encuentros se desarrollan siempre en la peluquería. Close ups al pecho de Mathilde, a sus piernas, hay incluso alguna secuencia en la que Antoine la seduce mientras ella disimula cortando el cabello a uno de sus clientes.

Va por ahí que en Estados Unidos la película se vendió con frases como: ‘Más erótica que una docena de Bajos Instintos’ y ciertamente es erótica pero el enfoque de la cinta no es ese. El enfoque es el amor y su consecución, después de muchos años de un anhelo que se tuvo en la infancia finalmente se alcanza; es el anhelo de Antoine materializado décadas después.

-¿Se casaría conmigo?

Mathilde no responde, termina su trabajo en silencio y permanece indiferente mientras hace cuentas y contesta: ‘son 35 francos’.

Antoine se disculpa y se retira.

Con algunas secuencias de la infancia de Antoine, el director nos remarca, en sentido figurado, la premisa principal de la cinta: conseguir a costa de esfuerzo y dedicación, los objetivos o sueños que nos hayamos propuesto.

-"El otro día probablemente usted se estuvo burlando de mí, pero…apreciaría su propuesta si todavía se mantiene en pie y sí… me casaré con usted” -Mi nombre es Mathilde.

La fotografía de Eduardo Serra es como siempre, espléndida y digna de destacarse; está realizada con bases en tonos naranja y un magnífico manejo de la luz. Es esa deslumbrante iluminación que penetra desde el exterior, la que da vida a la peluquería, el reducido espacio en el que los amantes viven su amor y el lugar al que llegan los clientes quienes se convierten en una especie de emisarios con las noticias de lo que acontece en el mundo exterior.

Dentro de los momentos cómicos que existen en todas las películas, vemos que Antoine conserva el gusto por bailar canciones árabes, aunque realmente no tiene ni idea de cómo bailarlas y es este, posiblemente, uno de los pequeños detalles poco afortunados de la película pues sobreviene la sensación de un exceso de secuencias de baile llegando a un punto en el que la gracia tiende a perderse.

¿El amor acaba?

-Abrázame Antoine, abrázame tan fuerte que no pueda respirar...tengo miedo de que llegue el día que ya no quieras bailar conmigo. He conocido a otros hombres, pero nadie como tú, abrázame fuerte... (Mathilde)

Naturalmente y como ya es el estilo de Leconte en este tipo de historias, el toque dramático no puede faltar...tal y como ocurre en la vida real. El miedo de Mathilde de que eso tan bello que están viviendo desaparezca un día, es el detonante para un sorpresivo desenlace, pero al final perdura la sensación de que las emociones y sentimientos experimentados, valieron la pena.

Me quedo con la imagen de Jean Rochefort, sentado en la peluquería, esperando con un cliente...a la peluquera, en una de las más bellas cintas que ha realizado Patrice Leconte y que elevó a Anna Galiena a la cúspide de su carrera. La película es, estimados lectores, un bello ejemplo del (cada vez menos realizado) cine de emociones.

Director: Patrice Leconte Intérpretes: Jean Rochefort (Antoine), Anna Galiena (Mathilde), Roland Bertin (padre de Antoine) Maurice Chevit (Agopian) Guión: Claude Klotz y Patrice Leconte Fotografía: Eduardo Serra Música: Michael Nyman Edición: Joelle Hache Producción: Thierry de Ganay Diseño de Producción: Iván Maussion País: Francia Año: 1990


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